PARTE 2: MI PROMETIDO LLEVÓ A SU AMANTE Y A SU SUPUESTO HIJO A NUESTRO ALTAR PARA OBLIGARME A ACEPTARLOS, PERO HORAS DESPUÉS REGRESÓ A MI CASA Y DESCUBRIÓ QUE LA BODA CANCELADA ERA SOLO EL PRINCIPIO DE LA CAÍDA DE SU FAMILIA.

A las ocho en punto, las cámaras de seguridad mostraron tres vehículos frente a la residencia Hastings.

Ethan bajó del primero.

Del segundo salió su abuela.

Y del tercero, Selena.

Llevaba al bebé en brazos.

Los tres habían venido.

Mi padre miró la pantalla del despacho.

—Qué considerados. Nos ahorraron varias llamadas.

No sonreí.

Desde que abandonamos el hotel, nuestro equipo legal había trabajado sin detenerse.

La segunda ronda de inversión de Hastings Capital en Hawthorne Aerospace quedó suspendida a las doce y seis.

A las dos, dos bancos solicitaron explicaciones sobre las garantías que dependían de aquella inversión.

A las cuatro, el consejo de Hawthorne convocó una reunión extraordinaria.

A las seis y media, las acciones privadas ofrecidas en la última ronda ya habían perdido compradores.

Ethan todavía creía que venía a discutir una boda.

Lo dejamos entrar.

La abuela Hawthorne fue la primera en hablar.

—Clara, todos hemos reaccionado emocionalmente.

La miré.

—Yo no.

Aquello la hizo callar.

Ethan se acercó.

—Necesitamos hablar solos.

—No tenemos nada que hablar en privado.

Selena permanecía detrás de él, demasiado silenciosa.

El bebé dormía.

Ethan respiró hondo.

—La boda puede celebrarse la próxima semana.

Mi padre levantó una ceja.

—¿Perdón?

—Lo ocurrido hoy fue desafortunado, pero puede solucionarse. Selena tendrá una residencia separada.

Lo miré durante varios segundos.

—Sigues sin entenderlo.

—Clara…

—No cancelé la ceremonia porque Selena fuera a vivir conmigo.

Me levanté.

Cancelé nuestro matrimonio porque intentaste humillarme públicamente hasta que aceptara algo que habías decidido a mis espaldas.

Su mandíbula se tensó.

—Es mi hijo.

—Entonces cuídalo.

—Necesita un apellido.

—Dáselo.

—Necesita seguridad.

—Proporciónasela.

Hice una pausa.

—Nada de eso requiere casarte conmigo.

La abuela Hawthorne golpeó su bastón contra el suelo.

—¡Ese matrimonio fue acordado durante años!

Mi padre deslizó una carpeta sobre la mesa.

—Precisamente.

Dentro estaba el acuerdo entre nuestras familias.

—La inversión de Hastings estaba condicionada a determinadas declaraciones financieras y a la estructura de la alianza —continuó—. Su nieto decidió modificar unilateralmente las circunstancias.

Ethan abrió la carpeta.

Su rostro cambió.

—No podéis retirar todo.

—Ya lo hicimos.

—Hawthorne tiene compromisos pendientes.

—Eso deberías haberlo considerado antes de convertir a mi hija en parte de un espectáculo.

Entonces Selena habló.

—Ethan me dijo que la inversión ya era irreversible.

El silencio cayó sobre la habitación.

Ethan giró lentamente.

—Selena.

Ella retrocedió.

—Me dijiste que después de la primera transferencia los Hastings no podrían retirarse.

La abuela Hawthorne cerró los ojos.

Yo comprendí de inmediato.

Aquella escena en la boda no había sido improvisada.

—Por eso elegisteis hoy —dije.

Nadie respondió.

—Esperasteis hasta creer que el dinero estaba asegurado.

Selena miró a Ethan.

Él perdió la paciencia.

—¡Cállate!

El bebé se despertó y comenzó a llorar.

Selena lo abrazó.

—No me hables así.

—Entonces deja de decir estupideces.

Observé cómo desaparecía rápidamente la imagen del hombre protector que había representado frente a las cámaras.

Mi padre también lo vio.

—Creo que esta reunión ha terminado.

Pero antes de marcharse, nuestro abogado entró en el despacho.

—Señor Hastings, necesitamos hablar.

Le entregó una tableta.

Mi padre leyó.

Después me la pasó.

Habían aparecido irregularidades en documentación financiera presentada por Hawthorne Aerospace antes de nuestra inversión inicial.

Las cifras de dos subsidiarias no coincidían con los registros externos.

—¿Cuánto? —pregunté.

—Todavía estamos calculándolo.

Ethan se puso de pie.

—Eso no tiene nada que ver con Clara.

El abogado lo miró.

—Tiene mucho que ver con Hastings Capital si utilizaron información incorrecta para obtener financiación.

La abuela Hawthorne palideció.

Y entonces supe que ella sabía algo.


A la mañana siguiente, Hawthorne Aerospace suspendió temporalmente a Ethan de varias funciones ejecutivas mientras el consejo revisaba las cuentas.

Para el mediodía, me había llamado treinta y siete veces.

No respondí.

Selena sí llamó una vez.

Contesté.

—Necesito verte.

—No.

—Es sobre el niño.

Aquello me hizo detenerme.

Nos reunimos en el despacho de mi abogado.

Selena llegó sin maquillaje y sin aquella seguridad del hotel.

Colocó un sobre sobre la mesa.

—Ethan me mintió.

—Eso ya lo sé.

—No. Sobre algo más.

Sacó un documento.

—Cuando descubrí que estaba embarazada, él exigió una prueba de paternidad.

—Lógico.

—La hicimos.

Deslizó el informe hacia mí.

Leí el resultado.

Y luego volví a leerlo.

Ethan Hawthorne quedaba excluido como padre biológico.

Levanté la mirada.

—Entonces ¿por qué llevó al niño a nuestra boda?

Selena comenzó a llorar.

—Porque su abuela dijo que daba igual.

Sentí frío.

—Explícate.

—La familia necesitaba un heredero varón para mantener determinadas participaciones dentro del fideicomiso Hawthorne. Ethan sabía que el bebé no era suyo.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace seis meses.

Me quedé inmóvil.

Seis meses.

Durante seis meses había preparado aquella humillación sabiendo que el niño ni siquiera era suyo.

—¿Por qué aceptaste?

Selena bajó la cabeza.

—Me ofrecieron dinero.

No sentí compasión.

Pero tampoco necesitaba gritar.

—¿Y ahora por qué me lo cuentas?

Sacó su teléfono.

—Porque anoche Ethan dijo que, si la empresa caía, iba a decir que todo había sido idea mía.

Me mostró mensajes.

Había instrucciones.

Fechas.

Pagos.

Y un mensaje de la abuela Hawthorne:

«El bebé solo necesita parecer legítimo hasta que se complete la fusión.»

Mi abogado se inclinó hacia delante.

—Necesitamos copias de todo.

Selena asintió.

Entonces apareció otro mensaje en su pantalla.

Su rostro perdió color.

—¿Qué pasa?

Me entregó el teléfono.

Era Ethan.

«No firmes nada. Ya sabemos dónde estás.»

Mi abogado llamó inmediatamente a seguridad.

Pero yo seguía mirando los documentos.

Había algo que no encajaba.

—¿Quién es el verdadero padre?

Selena se quedó completamente inmóvil.

—Eso no importa.

—Si no importara, no tendrías miedo de responder.

Sus dedos se cerraron alrededor del bolso.

Finalmente susurró:

—No puedo decirlo.

—¿Por qué?

—Porque cuando la abuela Hawthorne descubrió quién era, todo cambió.

Antes de poder continuar, la puerta se abrió.

Mi padre entró acompañado por nuestro director jurídico.

Llevaba una carpeta antigua.

—Clara, encontramos el origen de las irregularidades.

La dejó frente a mí.

—Y creo que también encontramos la razón por la que necesitaban desesperadamente presentar un heredero antes de vuestra boda.

Abrí la carpeta.

Era una copia del fideicomiso familiar Hawthorne.

Había una cláusula marcada.

La leí lentamente.

Si Ethan no tenía descendencia biológica reconocida antes de cierta fecha, el control de una participación decisiva pasaría a otra rama de la familia.

Debajo figuraba el nombre de la persona que recibiría esos derechos.

Selena vio el nombre.

Dejó escapar un sonido ahogado.

—Dios mío.

La miré.

—¿Qué?

Sus ojos se llenaron de auténtico terror.

Señaló la página.

Ese es el padre de mi hijo.

Mi padre se quedó inmóvil.

Yo volví a mirar el nombre.

Y comprendí por qué los Hawthorne habían estado dispuestos a montar una boda falsa, comprar el silencio de Selena y hacer pasar a aquel bebé por hijo de Ethan.

Porque si la verdad salía a la luz, el niño que habían utilizado para salvar el imperio podía ser precisamente quien se lo arrebatara.

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