Tham Thoi Dien no dijo nada.
Sus ojos permanecieron sobre el vientre de To Niem durante tanto tiempo que Lam Dong comenzó a sentirse incómodo.
—Señor Tham…
—¿De cuánto tiempo estás?
La pregunta salió seca.
To Niem apretó el formulario prenatal contra el pecho.
—No creo que sea asunto tuyo.
Los ojos del hombre se oscurecieron.
—Te hice una pregunta.
Ella casi se rio.
Dos meses sin verla.
Dos meses desde que había firmado aquellos papeles y desaparecido de su vida.
Y seguía hablándole como si todavía tuviera derecho a exigir respuestas.
—Y yo ya no tengo obligación de contestarte.
Se volvió hacia la sala de ecografías.
Entonces escuchó sus pasos detrás.
—To Niem.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
Thoi Dien la examinó de arriba abajo.
Su rostro estaba más delgado que antes. Llevaba zapatos baratos, un bolso sencillo y aquel chaleco demasiado grande que evidentemente había utilizado para esconder el embarazo.
Su mirada se endureció.
—Si estás enferma, ¿vienes sola?
To Niem bajó los ojos hacia su vientre.
Después se acarició suavemente la curva que escondía a su hijo.
Y se rio.
—No estoy enferma.
La expresión de Thoi Dien cambió apenas.
—Estoy embarazada.
—Eso ya lo veo.
—Entonces no hagas preguntas absurdas.
La enfermera volvió a llamarla.
To Niem entró sin despedirse.
Pero antes de que la puerta se cerrara, vio que Thoi Dien seguía exactamente en el mismo lugar.
Durante la ecografía intentó olvidarlo.
La doctora deslizó el transductor sobre su abdomen.
—El bebé está creciendo muy bien.
La pantalla mostró una pequeña figura moviéndose.
To Niem sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Está sano?
—Todo parece normal. Casi dieciséis semanas.
Dieciséis semanas.
Las palabras parecieron resonar demasiado fuerte.
Porque detrás de la puerta se oyó algo caer.
To Niem giró la cabeza.
La puerta estaba entreabierta.
Y al otro lado estaba Lam Dong.
Pálido.
Había escuchado.
Cuando terminó el examen, To Niem salió y lo encontró esperándola.
—A Niem… dieciséis semanas significa que…
—Lam Dong.
Su tono lo detuvo.
—No digas nada.
—Pero el señor Tham…
—Ya no es mi esposo.
—Ese niño…
—Es mío.
Guardó la ecografía dentro del bolso.
—Y así seguirá siendo.
—¿Él sabe?
To Niem lo miró.
—Si lo supiera, ¿crees que estaría preguntándome de cuánto tiempo estoy?
Lam Dong quedó sin palabras.
Ella se marchó.
No vio a Thoi Dien.
Pensó que había regresado con el profesor.
Sin embargo, cuando salió del hospital, un Maybach negro esperaba junto a la acera.
La ventanilla trasera descendió.
—Sube.
Thoi Dien estaba dentro.
—Tomaré el autobús.
—Está lloviendo.
—He sobrevivido dos meses sin tu coche.
La mandíbula del hombre se tensó.
—To Niem, no quiero discutir en la entrada de un hospital.
—Entonces no discutas.
Pasó de largo.
El coche comenzó a avanzar lentamente a su lado.

Ella aceleró.
El coche también.
Finalmente se detuvo.
—¿Qué quieres?
Thoi Dien abrió la puerta y bajó.
—¿De quién es el niño?
Aquella pregunta dolió más de lo que ella esperaba.
No porque tuviera dudas.
Sino porque después de tres años de matrimonio, él podía mirarla y creer que ella habría tenido otro hombre.
To Niem sonrió.
—¿Importa?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque hace cuatro meses todavía eras mi esposa.
—Y hace dos meses dejé de serlo.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Lo miró directamente.
—Tú fuiste quien dijo que entre nosotros todo terminaba allí. Firmé. Me marché. No pedí dinero, acciones ni la casa. ¿Qué más quieres?
Thoi Dien guardó silencio.
La lluvia golpeaba el techo del coche.
—Quiero saber quién es el padre.
To Niem sintió al bebé moverse.
Colocó una mano sobre su vientre.
—Alguien que ya no forma parte de mi vida.
El rostro de Thoi Dien se volvió terriblemente frío.
Ella se dio la vuelta.
Esta vez él no la siguió.
Aquella noche, To Niem recibió una llamada de su antigua compañera del Grupo Tham.
—¿Dónde estás?
—En casa.
—¿Has visto las noticias internas?
—Renuncié. ¿Por qué iba a verlas?
Su amiga bajó la voz.
—El presidente Tham canceló todas sus reuniones de esta tarde.
To Niem guardó silencio.
—¿Y?
—Y Lam Dong bajó personalmente a Recursos Humanos para pedir tu expediente.
Ella se incorporó.
—¿Mi expediente?
—Contrato, seguro médico, permisos, controles físicos… todo.
El corazón le dio un vuelco.
—¿Para qué?
—Nadie lo sabe.
Colgó y llamó inmediatamente a Lam Dong.
No respondió.
Una hora después alguien llamó a su puerta.
To Niem miró por la mirilla.
Era Thoi Dien.
No abrió.
—Sé que estás ahí —dijo él.
Silencio.
—Vete.
—Abre.
—No.
Entonces escuchó el sonido de unos papeles deslizándose bajo la puerta.
To Niem bajó la mirada.
Era una copia de su antiguo registro médico corporativo.
En la parte superior aparecía una fecha.
Diecisiete semanas atrás.
Su último reconocimiento antes de abandonar la empresa.
Debajo había una anotación que ella nunca había visto:
“Posible embarazo temprano. Recomendada prueba confirmatoria.”
To Niem sintió que las piernas se debilitaban.
La voz de Thoi Dien llegó desde el otro lado.
—El médico calculó hoy casi dieciséis semanas.
Ella cerró los ojos.
—Eso no demuestra nada.
—No.
Una pausa.
—Pero demuestra que probablemente estabas embarazada antes de que firmáramos el divorcio.
To Niem no respondió.
—¿Lo sabías?
Sus dedos comenzaron a temblar.
—Vete.
—¿Lo sabías cuando firmaste?
—¡Vete!
Esta vez hubo un largo silencio.
Después sus pasos se alejaron.
To Niem apoyó la espalda contra la puerta.
Pensó que había terminado.
Hasta que escuchó el ascensor abrirse otra vez.
Voces.
Una mujer.
—¿Thoi Dien?
To Niem reconoció inmediatamente aquel tono.
Chu Nhu.
La mujer cuyo historial médico él había ido a buscar aquella mañana.
To Niem se acercó a la mirilla.
Chu Nhu estaba frente a Thoi Dien.
—Me dijeron que habías salido del hospital sin terminar de hablar con el profesor.
Entonces la mujer vio los documentos que él sostenía.
Su expresión cambió.
—¿Es el expediente de To Niem?
Thoi Dien no respondió.
Chu Nhu palideció.
—¿La viste?
—Sí.
—¿Y?
Él levantó lentamente la mirada.
—Está embarazada.
El rostro de Chu Nhu perdió todo el color.
No parecía sorprendida.
Parecía aterrorizada.
Y aquello hizo que To Niem contuviera la respiración.
Porque Chu Nhu susurró:
—Eso es imposible.
Thoi Dien frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Chu Nhu retrocedió.
—Nada.
Él le sujetó la muñeca antes de que pudiera marcharse.
—¿Por qué dijiste que era imposible?
—Suéltame.
—Chu Nhu.
La voz de Thoi Dien se volvió glacial.
—¿Qué sabes del embarazo de mi exesposa?
La mujer comenzó a temblar.
—Yo no…
—Habla.
Chu Nhu cerró los ojos.
Y entonces pronunció una frase que dejó a To Niem inmóvil detrás de la puerta.
—Porque antes del divorcio tu madre me pidió que cambiara los resultados de sus análisis.
El pasillo quedó completamente silencioso.
Thoi Dien soltó lentamente su muñeca.
—¿Qué resultados?
Chu Nhu lo miró con los ojos llenos de miedo.
—Los que demostraban que To Niem ya estaba embarazada.
To Niem se cubrió la boca.
Pero Chu Nhu todavía no había terminado.
—Tu madre sabía del bebé antes que cualquiera de vosotros.
Thoi Dien parecía incapaz de respirar.
—¿Por qué me lo ocultó?
Chu Nhu negó con la cabeza.
—No fue solo para que te divorciaras.
Una pausa.
—Había algo en el testamento de tu abuelo relacionado con el primer hijo que tuvierais tú y To Niem.
Thoi Dien levantó la cabeza.
—¿Qué?
Chu Nhu miró hacia la puerta del apartamento.
Directamente hacia donde To Niem estaba escondida.
—Ese bebé no solo es tu hijo.
Tragó saliva.
—Si nace, puede convertirse en el verdadero heredero de todo el Grupo Tham.