PARTE 2: LA MAÑANA EN QUE CANCELÉ NUESTRO COMPROMISO, GABRIEL DESCUBRIÓ QUE DEFENDER A CAMILA NO SOLO LE HABÍA COSTADO UNA ESPOSA, SINO TAMBIÉN LA CASA Y EL DINERO QUE SOSTENÍAN SU EMPRESA.

A las siete de la mañana, Gabriel todavía creía que la fiesta de compromiso se celebraría.

Yo ya había cancelado el salón.

También el catering, las flores, el fotógrafo y las habitaciones reservadas para su familia.

No lo hice por venganza.

Simplemente no tenía sentido pagar una celebración para anunciar un matrimonio que ya no existiría.

Dormí en casa de mi hermana.

A las ocho y doce recibí la primera llamada.

Gabriel.

No contesté.

Después llegaron cuatro mensajes.

“Tenemos que hablar.”

“Anoche estabas alterada.”

“No puedes tirar dos años por una estupidez de Camila.”

El quinto consiguió que me quedara mirando la pantalla.

“Todos están esperando que recapacites.”

Ni una disculpa.

Ni una sola palabra reconociendo lo que había hecho.

A las nueve llamó el coordinador del salón.

—Señorita Valdés, hay un hombre aquí diciendo que usted canceló el evento sin su autorización.

Cerré los ojos.

—¿Gabriel Beaumont?

—Sí.

—La reserva está a nombre de Valdés Capital.

—Correcto.

—Entonces mantenga la cancelación.

Escuché una voz alterada al fondo.

Era Gabriel.

—¡Pásamela!

Segundos después lo tenía al teléfono.

—¿Cancelaste todo?

—Sí.

—Mi familia ya está en la ciudad.

—Lo siento por ellos.

—¿Por ellos? ¿Y yo?

—Tú sabías desde anoche que no habría compromiso.

—Pensé que estabas enfadada.

—Lo estaba.

Hice una pausa.

—Ahora simplemente estoy segura.

Su respiración se volvió pesada.

—Voy a casa. Hablaremos allí.

—Ya no estoy allí.

—Entonces esperaré.

Miré a mi hermana.

—Gabriel, también deberías buscar dónde quedarte.

Silencio.

—¿Qué significa eso?

—La casa pertenece al fideicomiso de mi familia. Hoy pedí que retiraran tu autorización de residencia.

—Llevamos viviendo allí dieciocho meses.

—Sí.

—¡Es nuestra casa!

—No. Era la casa donde yo te permitía vivir conmigo.

Colgó.

A las diez y media apareció en las oficinas de mi empresa.

No venía solo.

Camila caminaba detrás de él.

Cuando mi asistente me avisó, casi me reí.

Incluso para intentar recuperar a su prometida había llevado a la mujer que acababa de humillarla.

Los recibí en una sala de reuniones.

Gabriel dejó el anillo sobre la mesa.

—Devuélvetelo.

—No.

—Deja de comportarte como una niña.

Camila intervino.

—Yo vine precisamente para solucionar esto.

La miré.

—Tú no tienes nada que solucionar conmigo.

—Reconozco que la broma fue demasiado lejos.

—Eso no es una disculpa.

Apretó los labios.

—Perdón si te sentiste ofendida.

Sonreí.

—Y eso tampoco.

Gabriel golpeó suavemente la mesa.

—¿Qué quieres? ¿Que se arrodille?

—Quería que ayer mi prometido dijera: “No hables así de la mujer con la que voy a casarme”.

Lo miré.

—Pero ya es demasiado tarde.

Su expresión cambió.

—¿Por qué?

—Porque tuve que pedírtelo.

Camila cruzó los brazos.

—Esto es ridículo. Gabriel te aceptó sabiendo perfectamente lo de Daniel.

Aquella palabra volvió a aparecer.

Aceptó.

Como si casarse conmigo hubiera sido caridad.

Gabriel cerró los ojos.

—Camila, cállate.

Ella se quedó petrificada.

Probablemente era la primera vez que él le hablaba así.

Pero ya no significaba nada.

Mi teléfono vibró.

Era mi director financiero.

“Necesitamos tu aprobación sobre Beaumont Dynamics. La siguiente aportación vence hoy.”

Gabriel vio el nombre en la pantalla.

Y su rostro cambió.

—¿Qué ocurre con Beaumont Dynamics?

Lo miré.

Entonces comprendí que había llegado la conversación que él nunca imaginó tener.

—La siguiente ronda de financiación no será desembolsada.

Se puso rígido.

—¿Qué?

—Valdés Capital aprobó una línea de doce millones condicionada a mi respaldo personal. He retirado ese respaldo.

Camila dejó de parecer divertida.

—No puedes hacer eso por una pelea personal.

—Claro que puedo.

—Eso destruiría su proyecto.

—No.

Miré a Gabriel.

Simplemente significa que tendrá que financiarlo sin mi patrimonio.

Gabriel se levantó.

—La junta cuenta con ese dinero.

—Entonces deberías haberles explicado que nunca estuvo garantizado.

—Ya contratamos personal.

—Tu empresa contrató personal.

—Firmamos compromisos.

—Tu empresa firmó compromisos.

Su voz se quebró por primera vez.

—Me prometiste apoyarme.

—Cuando pensaba que íbamos a construir una vida juntos.

Camila se puso de pie.

—Gabriel, vámonos. Encontraremos otro inversor.

Él no se movió.

—No entiendes.

La miró.

—Sin esa aportación no llegamos al próximo trimestre.

Camila palideció.

Entonces entendió.

La “sobra” a la que había dedicado un grupo entero era también la persona cuyo capital mantenía funcionando la empresa de su mejor amigo.

Gabriel se pasó una mano por el rostro.

—Dame una semana.

—No.

—Tres días.

—No es una negociación.

—¿Vas a hundirme porque defendí a Camila?

Negué lentamente.

—Sigues sin entenderlo.

Me levanté.

—No estoy quitándote nada que sea tuyo. La empresa sigue siendo tuya. Tus acciones siguen siendo tuyas. Tus decisiones siguen siendo tuyas.

Señalé mi teléfono.

Lo único que estoy retirando es lo mío.

Ninguno respondió.

Antes de marcharse, Gabriel se volvió.

—Te arrepentirás cuando entiendas que nadie va a quererte soportando todos esos traumas.

La frase dolió.

Pero duró apenas un segundo.

—Eso mismo pensé después de Daniel.

Abrí la puerta.

—Y precisamente por eso nunca volveré a quedarme con alguien solo para demostrar que puedo conservarlo.

Tres días después, Gabriel dejó de llamarme.

Una semana después, Beaumont Dynamics anunció que aplazaría su lanzamiento.

Dos inversores que él había asegurado tener nunca aparecieron.

El problema no era que yo hubiera destruido su empresa.

El problema era que Gabriel había construido una compañía creyendo que mi dinero siempre estaría disponible.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Recibí un correo de un abogado.

Asunto:

“Daniel Ortega solicita reunión confidencial.”

Mi exnovio.

El hombre que me había abandonado cuarenta y ocho horas antes de nuestra boda.

No lo veía desde hacía tres años.

Mi primera reacción fue borrar el mensaje.

Hasta que leí la segunda línea.

“Señorita Valdés, esta reunión está relacionada con Gabriel Beaumont.”

Me quedé inmóvil.

El abogado adjuntó una captura.

Era una conversación antigua.

Tres años atrás.

Gabriel escribía:

“Si todavía tienes dudas, hazlo ahora. Después será peor.”

Daniel:

“No sé cómo decírselo.”

Gabriel:

No necesitas explicarle nada. Cancela la boda y desaparece. Yo me ocuparé de ella.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Revisé la fecha.

Dos días antes de que Daniel me abandonara.

Gabriel ya lo conocía.

No solo eso.

Había hablado con él justo antes de que cancelara nuestra boda.

Llamé inmediatamente al abogado.

Nos reunimos esa misma tarde.

Daniel entró en la sala con el rostro más envejecido de lo que recordaba.

No intentó abrazarme.

—Sé que me odias.

—No lo suficiente como para perder tiempo haciéndolo.

Bajó la mirada.

—Lo que hice fue cobarde.

—¿Qué tiene que ver Gabriel?

Daniel tardó varios segundos en responder.

—Él sabía que yo quería cancelar.

—Eso ya lo vi.

—No, Lucía.

Levantó los ojos.

Gabriel fue quien me convenció.

Sentí un vacío en el estómago.

Daniel sacó un sobre.

—Yo tenía dudas. Quería aplazar la boda. Gabriel me buscó y me dijo que tú jamás aceptarías una humillación pública, que sería mejor desaparecer completamente.

—¿Por qué haría eso?

Daniel deslizó varias hojas hacia mí.

—Porque ya estaba enamorado de ti.

Miré los mensajes.

Había decenas.

Gabriel preguntando por nuestra relación.

Gabriel alimentando las dudas de Daniel.

Gabriel diciéndole que yo estaría mejor sin él.

Y finalmente una transferencia.

Cincuenta mil dólares.

De Gabriel a Daniel.

Levanté la cabeza.

—¿Te pagó?

Daniel cerró los ojos.

—Me dio dinero para desaparecer durante seis meses.

Todo dentro de mí quedó en silencio.

Mi primera boda cancelada.

La depresión.

La vergüenza.

Los meses creyendo que nadie volvería a elegirme.

Y después Gabriel apareciendo como el hombre paciente que me enseñaría que yo seguía siendo digna de amor.

Él no me había rescatado después de que otro hombre me abandonara.

Había ayudado a provocar el abandono para poder convertirse en mi salvador.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Gabriel.

Lo dejé sonar.

Después llegó un mensaje.

“Sé que hablaste con Daniel.”

Otro.

“Puedo explicarlo.”

Y finalmente:

“No creas todo lo que te enseñó. Si descubres por qué Daniel realmente aceptó ese dinero, también descubrirás algo sobre tu familia que llevamos tres años intentando ocultarte.”

Miré a Daniel.

Su rostro había perdido el color.

—¿Qué significa eso?

Daniel no respondió.

—¿Qué sabe Gabriel de mi familia?

Se levantó lentamente.

—Lucía, antes de responderte necesito que entiendas una cosa.

—¿Cuál?

Daniel miró hacia el sobre que todavía permanecía cerrado sobre la mesa.

Gabriel no fue la persona que me pagó para cancelar nuestra boda.

Sentí que el corazón se detenía.

—Acabas de decir que la transferencia salió de él.

—Sí.

Daniel empujó el sobre hacia mí.

—Pero el dinero que Gabriel utilizó se lo entregó alguien de tu propia familia.

Y cuando abrí el sobre y vi el nombre escrito en el primer documento, comprendí que la traición que acababa de descubrir había comenzado mucho antes de conocer a Gabriel.

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