Lucía cerró la mano herida alrededor de la astilla de porcelana.
La sangre descendía lentamente por su muñeca, pero el dolor físico ya no importaba.
Lo que realmente la hería era ver a Mateo de espaldas, incapaz de defenderla incluso después de encontrarla arrodillada entre vidrios rotos.
Doña Elena observaba la escena con una sonrisa satisfecha.
—Limpia bien las manchas —ordenó—. No quiero que arruines el mármol.
Lucía levantó la mirada.
Por primera vez no había miedo en sus ojos.
—No voy a limpiar nada más.
Mateo se giró.
—Lucía, no empeores la situación.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Empeorarla? Tu madre me humilla, me arroja cosas y después te miente delante de mí. Tú eliges creerle sin hacer una sola pregunta.
—Mi madre no tiene motivos para inventar algo así.
Doña Elena fingió secarse una lágrima.
—Déjala, hijo. Nunca aprendió a comportarse en una casa decente.
Lucía se puso de pie lentamente.
Tomó una servilleta y la envolvió alrededor de su mano.
—Tiene razón en algo.
La anciana levantó la barbilla.
—¿En qué?
—Nunca aprendí a comportarme como alguien capaz de soportar tanta crueldad en silencio.
Doña Elena dejó de sonreír.
Lucía caminó hacia el aparador del comedor.
Abrió el último cajón y sacó un sobre marrón que había escondido detrás de varias mantelerías.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—La razón por la que tu madre quería echarme de la casa antes de esta noche.
Doña Elena palideció.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabe.
Lucía dejó el sobre sobre la mesa.
Dentro había fotografías antiguas, copias de transferencias bancarias y un documento notarial.
Mateo se acercó.
—¿De dónde sacaste todo esto?
—De la habitación que tu madre mantiene cerrada junto a la biblioteca.
Doña Elena golpeó la mesa.
—¡Entraste en mis cosas!
—Buscaba las medicinas que usted escondió de mí.
Mateo miró a su madre.
—¿Qué medicinas?
Lucía sacó un pequeño frasco.
—Estas.
La etiqueta había sido retirada.
Doña Elena intentó arrebatárselo.
Lucía retrocedió.
—No se acerque.
—Devuélveme eso.
—¿Por qué? ¿Teme que alguien descubra lo que contiene?
Mateo tomó el frasco.
—¿Qué es?
—Una sustancia que provoca mareos, confusión y debilidad.
—Eso no demuestra nada.
—Tu madre la ponía en mi té.
El rostro de Mateo cambió.
—No puedes acusarla de algo así sin pruebas.
Lucía sacó su teléfono.
—Entonces escucha.
Reprodujo una grabación.
La voz de Doña Elena llenó el comedor.
“Ponle dos gotas más. Quiero que parezca incapaz de cuidarse sola.”
Después se escuchó otra voz femenina.
“Si Mateo descubre lo que hacemos, no permitirá que la declaremos incompetente.”
Doña Elena se quedó inmóvil.
Mateo miró a su madre con horror.
—¿Quién estaba contigo?
La anciana apretó los labios.
Lucía respondió:
—La doctora privada de la familia.
—¿Por qué querían declararte incompetente?
Lucía tomó el documento notarial.
—Para que Mateo pudiera administrar mis bienes.
Él soltó una carcajada incrédula.
—Tú no tienes bienes.
—Eso es lo que todos me hicieron creer.
Doña Elena cerró los ojos.
Mateo observó alternativamente a ambas mujeres.
—Explíquense.
Lucía extendió el documento.
—Mi madre no era una empleada doméstica, como siempre dijeron.
—¿Quién era?
—La socia fundadora de la empresa que sostiene esta mansión.
Mateo leyó la primera página.
El nombre de Isabel Fuentes aparecía junto al de su abuelo, don Ricardo Montenegro.
—Mi abuelo fundó la empresa solo.
—No.
Lucía señaló las firmas.
—Mi madre aportó el capital inicial y desarrolló la patente con la que la familia hizo su fortuna.
Doña Elena soltó una risa nerviosa.
—Esos papeles son falsos.
—Tienen sellos, firmas y registros bancarios.
—Cualquiera puede fabricar algo así.
—También encontré el contrato original.
Mateo pasó a la última página.
Una cláusula establecía que la participación de Isabel Fuentes debía pasar a su única hija si ella moría antes de recuperar el control de la empresa.
Mateo levantó lentamente la mirada.
—¿Esa hija eres tú?
Lucía asintió.
—Mi madre murió cuando yo tenía seis años.
—En un accidente.
—Eso fue lo que me dijeron.
Doña Elena dio un paso atrás.
—No vuelvas a hablar de aquella mujer.
Lucía clavó los ojos en ella.
—¿Por qué? ¿Porque fue usted quien la vio por última vez?
El silencio se volvió insoportable.
Mateo miró a su madre.
—¿Conocías a Isabel?
Doña Elena no respondió.
Lucía sacó una fotografía.
En ella aparecían Isabel y Doña Elena discutiendo frente a la antigua fábrica familiar.
La imagen tenía una fecha escrita en el reverso.
Era del día anterior a la muerte de Isabel.
—¿Dónde encontraste esto? —preguntó Mateo.
—En la misma habitación cerrada.
Doña Elena intentó alcanzar la fotografía.
—Dámela.
—No.
—No sabes lo que ocurrió.
—Entonces cuéntelo.
La anciana respiró con dificultad.
—Tu madre quería destruir nuestra familia.
—Quería recuperar lo que le pertenecía.
—La empresa estaba a punto de quebrar.
—Y ustedes utilizaron su patente para enriquecerse.
Mateo leyó otro documento.
—Aquí aparecen transferencias desde la cuenta de Isabel hacia una sociedad controlada por ti.
Doña Elena endureció la mirada.
—Yo administraba las finanzas.
—Después de su muerte —respondió Lucía—, todo el dinero desapareció.
Mateo comenzó a comprender.
—¿Robaste la empresa?
—La salvé.
—¿Y luego ocultaste a la heredera?
Doña Elena señaló a Lucía.
—Ella no debía regresar a esta familia.
—¿Por qué permitiste que me casara con ella?
La anciana guardó silencio.
Lucía respondió:
—Porque pensaba que, si me convertía en tu esposa, podría controlar mis derechos a través de ti.
Mateo retrocedió.
—Eso es absurdo.
—Por eso insistió tanto en que firmara documentos después de la boda.
Él recordó las numerosas hojas que su madre había preparado: poderes, cuentas conjuntas y supuestas autorizaciones familiares.
—¿Firmaste algo?
—No todo.
—Me dijiste que los trámites estaban completos.
—Mentí porque no confiaba en ellos.
Doña Elena perdió la paciencia.
—¡Eres una malagradecida! Entraste a esta casa sin nada.
Lucía la miró con calma.
—Entré a una casa construida con el dinero de mi madre.
La anciana levantó la mano para golpearla.
Mateo la detuvo.
—No la toques.
Doña Elena lo miró con incredulidad.
—¿Ahora la defiendes?
—Ahora quiero saber la verdad.
—La verdad es que esa mujer te está manipulando.
—La grabación tiene tu voz.
—Fue sacada de contexto.
—¿Qué contexto puede justificar drogar a mi esposa?
Doña Elena se soltó con brusquedad.
—Todo lo hice para protegerte.
—¿De qué?
—De perder la empresa.
Mateo levantó el contrato.
—Si Lucía es la heredera, la empresa nunca fue nuestra.
—Tu abuelo trabajó toda su vida.
—También su madre.
La anciana lo señaló con furia.
—Sin mí no tendrías nada.
—Tal vez nunca tuve nada de verdad.
Lucía recogió sus documentos.
—No vine a quitarle nada a Mateo.
—Entonces, ¿qué quieres? —preguntó él.
—La verdad sobre mi madre.
Doña Elena comenzó a caminar hacia la puerta.
—Esta conversación terminó.
Lucía sacó una memoria electrónica.
—Todavía no.
La conectó al televisor del comedor.
La pantalla mostró un video antiguo de una cámara de seguridad.
La fecha coincidía con la noche de la muerte de Isabel.
En las imágenes se veía a Doña Elena entrando en el estacionamiento de la fábrica.
Minutos después aparecía Isabel.
Las dos discutían junto a un automóvil.
Aunque no había sonido, la tensión era evidente.
Después Doña Elena empujaba a Isabel hacia el interior del vehículo.
Un hombre aparecía desde las sombras y cerraba la puerta.
Mateo se acercó a la pantalla.
—¿Quién es él?
Lucía pausó la imagen.
El rostro del hombre era joven, pero reconocible.
Era don Ricardo, el abuelo de Mateo.
—Mi abuelo estaba allí.
—Sí.
Doña Elena comenzó a temblar.
—Apaga eso.
Lucía reprodujo el resto.
El automóvil salió de la fábrica.
Horas después, Isabel apareció oficialmente muerta en una carretera alejada de la ciudad.
Mateo giró hacia su madre.
—¿Qué hicieron?
—No queríamos que muriera.
—Entonces, ¿qué querían?
—Que firmara la renuncia.
—¿La secuestraron?
—Solo íbamos a asustarla.
Lucía sintió que la rabia le quemaba el pecho.
—Mi madre murió porque ustedes querían quedarse con su empresa.
—El automóvil perdió el control.
—¿Quién conducía?
Doña Elena no respondió.
—¿Quién? —insistió Mateo.
La anciana cerró los ojos.
—Tu padre.
El silencio cayó sobre la habitación.
Mateo retrocedió.
—Mi padre murió cuando yo era niño.
—No murió.
La respuesta lo dejó inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
—Tu abuelo lo envió fuera del país después del accidente.
—Toda mi vida me dijeron que había muerto de una enfermedad.
—Era más fácil así.
—¿Dónde está?
Doña Elena bajó la mirada.
—No lo sé.
Lucía negó.
—Sí lo sabe.
Sacó un recibo bancario reciente.
—Cada mes envía dinero a una cuenta en Suiza.
Mateo tomó el papel.
El beneficiario era Alejandro Montenegro.
Su padre.
—Está vivo —susurró.
Doña Elena se sentó lentamente.
Por primera vez parecía derrotada.
—Tu padre no podía regresar.
—¿Por qué?
—Porque Isabel no murió inmediatamente.
Lucía sintió que el corazón se detenía.
—¿Qué quiere decir?
—Sobrevivió al accidente.
—Entonces, ¿quién confirmó su muerte?
—El médico de la familia.
—¿Dónde la llevaron?
Doña Elena levantó los ojos.
—A una clínica privada.
Lucía se acercó.
—¿Mi madre estuvo viva después del accidente?
—Durante varios años.
La joven dejó caer la memoria.
—¿Dónde está ahora?
—No lo sé.
—Miente.
—Tu abuelo se encargó de todo.
—¿La mantuvieron encerrada?
Doña Elena comenzó a llorar.
—Isabel perdió parte de la memoria. Ricardo dijo que era mejor mantenerla lejos.
Lucía sintió que las piernas le fallaban.
Mateo la sostuvo.
Ella se apartó.
Todavía no podía confiar en él.
—¿Mi madre murió realmente?
Doña Elena negó lentamente.
—No puedo asegurarlo.
Lucía tomó su teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
La anciana se levantó de golpe.
—No puedes.
—Acaba de confesar un secuestro.
—Si denuncias esto, Mateo también perderá todo.
—Eso ya no me importa.
Mateo la miró con dolor, pero asintió.
—Llama.
Doña Elena se volvió hacia su hijo.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Por primera vez sí.
Lucía marcó el número de emergencias.
Antes de que pudiera hablar, todas las luces de la mansión se apagaron.
El comedor quedó en oscuridad.
Un golpe resonó en el pasillo.
Después se escuchó cómo la puerta principal se cerraba.
Mateo encendió la linterna de su teléfono.
Doña Elena había desaparecido.
—¿Dónde está? —preguntó Lucía.
La puerta de la biblioteca estaba abierta.
Corrieron hacia ella.
Detrás de una estantería encontraron un pasadizo estrecho.
—Viví aquí toda mi vida y nunca vi esto —dijo Mateo.
Descendieron por unas escaleras de piedra.
El corredor terminaba en una habitación subterránea.
Había archivadores, fotografías y varias pantallas de vigilancia.
Doña Elena estaba frente a una caja fuerte.
—Aléjate —ordenó Mateo.
Ella sacó una carpeta roja.
—No entienden lo que hay aquí.
—Entrégamela.
—Si estos documentos salen a la luz, la empresa caerá.
Lucía avanzó.
—La empresa se construyó sobre un crimen.
—También alimenta a miles de familias.
—Eso no justifica lo que hicieron.
Doña Elena abrió la carpeta.
Dentro había un certificado de nacimiento.
—Antes de destruirlo todo, deberías saber quién eres.
Lucía lo tomó.
El documento mostraba el nombre de Isabel Fuentes como madre.
Pero el padre no era el hombre humilde que Lucía había conocido durante su infancia.
Era Ricardo Montenegro.
El abuelo de Mateo.
Ambos se miraron.
—Eso significaría que mi madre tuvo una hija con tu abuelo —susurró Lucía.
Mateo palideció.
—Entonces eres hermana de mi padre.
—Y tía de Mateo —añadió Doña Elena.
Lucía retrocedió.
El matrimonio que había construido con tanto esfuerzo se volvió repentinamente una mentira imposible de comprender.
—No —dijo Mateo—. Ese documento puede ser falso.
—No lo es.
—¿Sabías esto antes de nuestra boda?
Doña Elena guardó silencio.
—¡Respóndeme!
—Sí.
Lucía sintió que el asco reemplazaba al dolor.
—Nos permitió casarnos sabiendo que éramos familia.
—No comparten una relación directa prohibida.
—Eso no cambia la monstruosidad de lo que hizo.
—La boda era necesaria.
—¿Para qué?
—Para unir nuevamente las acciones de Isabel con las de Ricardo.
Mateo golpeó la caja fuerte.
—¡Nos utilizaste!
—Intentaba mantener la empresa dentro de la familia.
Lucía levantó el certificado.
—¿Por qué me criaron en la pobreza si era hija de Ricardo?
—Porque él nunca quiso reconocerte.
—Pero mi madre sí.
—Por eso tuvimos que apartarla.
Lucía cerró los ojos.
Doña Elena no había humillado únicamente a una muchacha pobre.
Había castigado durante años a la hija de la mujer que amenazaba con revelar sus crímenes.
—No me despreciaba por ser pobre —dijo Lucía—. Me odiaba porque me parecía a mi madre.
La anciana no respondió.
Mateo abrió otro archivador.
Encontró informes médicos de una mujer llamada Isabel Fuentes.
El último había sido fechado hacía apenas seis meses.
—Está viva —susurró.
Lucía corrió hacia él.
El documento pertenecía a una clínica llamada Santa Clara.
—¿Dónde está esa clínica?
Doña Elena se quedó callada.
Mateo la sujetó por los hombros.
—¿Dónde?
—Fuera de la ciudad.
—Llévanos.
—No pueden ir.
—¿Por qué?
—Porque Ricardo también está allí.
Mateo soltó a su madre.
—Mi abuelo murió hace ocho años.
—Fingió su muerte igual que tu padre.
Lucía ya no podía sorprenderse.
—¿Todos siguen vivos?
—No todos.
Doña Elena miró a Mateo.
—Tu madre sí murió.
—¿Qué tiene que ver ella?
—Descubrió la clínica e intentó liberar a Isabel.
Mateo comenzó a temblar.
—Me dijeron que sufrió un accidente doméstico.
—Ricardo ordenó que la detuvieran.
—¿La mató?
Doña Elena cerró los ojos.
—Sí.
Mateo retrocedió, destruido.
La mujer que había defendido durante toda su vida acababa de confesar que encubrió la muerte de su propia nuera.
Las sirenas comenzaron a escucharse fuera de la mansión.
Lucía había logrado enviar la ubicación antes de que cortaran la electricidad.
Doña Elena miró hacia la escalera.
—Si la policía encuentra esta habitación, todos iremos a prisión.
—Eso espero —respondió Lucía.
La anciana sacó un encendedor.
—Entonces no encontrarán nada.
Acercó la llama a varios documentos.
Mateo se abalanzó sobre ella y le quitó el encendedor.
La carpeta cayó al suelo.
Entre los papeles apareció una fotografía reciente.
Lucía la recogió.
Mostraba a Isabel en una silla de jardín dentro de la clínica.
A su lado había una joven de aproximadamente veinte años.
La muchacha era casi idéntica a Lucía.
—¿Quién es ella?
Doña Elena palideció.
—No importa.
—Tiene mi rostro.
Mateo tomó otra hoja.
Era una prueba genética.
—Esta joven también es hija de Isabel.
Lucía miró a la anciana.
—¿Tengo una hermana?
—Sí.
—¿Dónde está?
—En la clínica.
—¿Por qué nunca me dijeron nada?
—Porque ella era la heredera que Ricardo decidió conservar.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Qué significa conservar?
Doña Elena señaló la prueba.
—Isabel tuvo gemelas.
—¿Nos separaron?
—Ricardo permitió que te llevaran porque creyó que eras débil. Se quedó con la niña que consideraba capaz de dirigir la empresa.
Mateo apretó los puños.
—¿Cómo se llama?
La anciana respondió en un susurro:

—Valeria.
Las puertas superiores se abrieron con fuerza.
La policía comenzó a registrar la mansión.
Doña Elena dejó caer los hombros.
La derrota parecía completa.
Entonces una de las pantallas de vigilancia se encendió sola.
Apareció una transmisión en directo desde la clínica Santa Clara.
Isabel estaba sentada frente a la cámara.
La mujer a su lado sostenía una carpeta.
—Mamá —susurró Lucía.
Isabel levantó la mirada como si pudiera escucharla.
Valeria habló:
—Si Lucía encontró esta habitación, significa que Doña Elena ya confesó solo la mitad.
Doña Elena perdió el color del rostro.
Mateo se acercó a la pantalla.
—¿Qué falta?
Valeria sonrió.
—La razón por la que Lucía fue enviada a vivir en la pobreza.
—Ya lo sabemos —respondió Lucía—. Ricardo eligió quedarse contigo.
—No.
Valeria abrió la carpeta.
—Fuiste tú quien heredó todas las acciones al nacer.
Lucía quedó inmóvil.
—Entonces, ¿por qué me abandonaron?
—Porque nuestra madre descubrió que tú no eras hija de Ricardo.
El silencio llenó la habitación.
Lucía miró el certificado que tenía en las manos.
—Este documento dice lo contrario.
—Fue falsificado.
—¿Quién era mi padre?
Valeria miró a Isabel.
La mujer mayor comenzó a llorar.
—El padre de Mateo.
Él retrocedió.
—Eso es imposible.
Valeria negó.
—Alejandro Montenegro tuvo una relación secreta con Isabel antes de casarse con nuestra tía.
Lucía sintió que el aire desaparecía.
—Entonces Mateo y yo…
—Son medio hermanos.
Doña Elena cerró los ojos.
Mateo dejó caer los documentos.
—Tú lo sabías —dijo mirando a su madre.
—Lo descubrí después de la boda.
—¡Mientes!
—Juro que no lo sabía antes.
Valeria continuó desde la pantalla:
—Doña Elena sí sabía algo más importante.
Lucía la miró.
—¿Qué?
—Mateo no es hijo biológico de Alejandro.
Todos quedaron en silencio.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Quién es mi padre?
Valeria mostró otra prueba genética.
—El hombre que Lucía creyó su padre durante toda la infancia.
La verdad cambió de nuevo.
Lucía apretó la fotografía de aquel hombre humilde que la había criado con ternura antes de morir.
—Entonces Mateo y yo no compartimos sangre.
—No —respondió Valeria—. Pero el problema no termina ahí.
—¿Qué más puede quedar?
Isabel habló por primera vez.
Su voz era débil, pero clara.
—Mateo es hijo de Doña Elena.
Él miró a la anciana.
—Claro que soy tu hijo.
Isabel negó lentamente.
—No como crees.
Doña Elena comenzó a temblar.
—Corta la transmisión.
—Mateo no nació de tu esposo —continuó Isabel—. Nació de Ricardo.
Lucía miró a Mateo.
Eso lo convertía en hijo de su supuesto abuelo y hermano del padre que lo había criado.
La estructura entera de la familia se desmoronaba.
Mateo se acercó a Doña Elena.
—¿Ricardo era mi padre?
Ella comenzó a llorar.
—Me obligó a guardar silencio.
—¿Por qué Alejandro me crio?
—Porque Ricardo le prometió la empresa.
Valeria levantó la última página de la prueba genética.
—Y ahora viene la parte que Doña Elena jamás quería que descubrieran.
Lucía sintió que apenas podía respirar.
—Dila.
—El hombre humilde que te crio no murió.
—Yo estuve en su funeral.
—El ataúd estaba vacío.
—¿Dónde está?
Valeria giró la cámara.
Al fondo de la clínica apareció un hombre mayor sentado junto a la ventana.
Lucía reconoció inmediatamente su rostro.
—Papá.
Él se levantó con lágrimas en los ojos.
—Perdóname, hija.
Lucía tocó la pantalla.
—¿Por qué me dejaste creer que estabas muerto?
—Porque Ricardo amenazó con matar a Mateo si yo revelaba quién era su verdadero padre.
Mateo miró a Lucía.
—¿Tu padre sabía quién era yo?
El hombre asintió desde la pantalla.
—Porque yo también soy tu padre.
La habitación quedó en un silencio absoluto.
Lucía negó lentamente.
—Eso no puede ser.
—Doña Elena me obligó a entregar una muestra genética para registrar a Mateo como hijo de Alejandro.
Doña Elena gritó:
—¡Está mintiendo!
Valeria levantó dos pruebas.
—No miente.
Mateo observó a Lucía.
Si ambos eran hijos del mismo hombre, volvían a ser hermanos.
Pero el padre de Lucía continuó:
—Lucía no es mi hija biológica.
Ella sintió que la última certeza de su vida desaparecía.
—Entonces, ¿quién soy?
Isabel cerró los ojos.
Doña Elena retrocedió hasta la pared.
Valeria respondió:
—La hija biológica de Doña Elena.
Lucía miró a la anciana.
—No.
Doña Elena comenzó a llorar.
—Te cambiaron al nacer.
—¿Quién?
—Ricardo.
—¿Por qué?
—Porque quería criar a mi verdadera hija lejos de la familia y utilizarte para controlar a Isabel.
Lucía sintió una mezcla de rabia, incredulidad y dolor.
—Entonces usted me humilló durante años sabiendo que era su hija.
Doña Elena negó desesperadamente.
—No lo supe hasta hace poco.
Valeria levantó una fotografía del hospital.
—Lo supo desde que Lucía tenía diez años.
Mateo observó a su madre con absoluto desprecio.
—Todo lo que le hiciste…
—Quería endurecerla.
—La maltrataste.
—Tenía que aprender a sobrevivir.
Lucía se acercó a ella.
—No me enseñó a sobrevivir. Me enseñó qué clase de persona jamás quiero ser.
Los agentes bajaron finalmente al sótano.
Doña Elena fue rodeada.
Antes de que la esposaran, miró a Lucía.
—Todavía no puedes destruirme.
—Ya lo hizo usted sola.
La anciana sonrió entre lágrimas.
—Si yo caigo, la herencia pasa a mi hija biológica.
Lucía levantó el mentón.
—Acaba de decir que soy yo.
—No.
Señaló la pantalla.
—Mi hija verdadera es Valeria.
Lucía miró a su hermana.
Valeria no mostró sorpresa.
Doña Elena continuó:
—Tú eres hija de Isabel y Ricardo después de todo.
—Pero las pruebas dijeron…
—Todas las pruebas fueron cambiadas.
Mateo soltó una risa amarga.
—¿Cuál de sus mentiras debemos creer?
Doña Elena miró a uno de los agentes.
—Pregúntele a él.
El policía se quitó lentamente la gorra.
Isabel palideció al verlo desde la pantalla.
—Ricardo.
El anciano sonrió.
—La familia siempre fue demasiado fácil de manipular.
Mateo retrocedió.
—Tú estabas muerto.
—Morir es sencillo cuando uno puede comprar certificados.
Lucía comprendió que el hombre había entrado con la policía utilizando una identidad falsa.
Ricardo sacó una tarjeta electrónica.
—Todos los registros originales están aquí.
Doña Elena extendió las manos esposadas.
—Dámela.
—Ya no la necesitas.
Ricardo miró a Lucía.
—La auténtica heredera no eres tú.
Después miró a Valeria en la pantalla.
—Tampoco ella.
—Entonces, ¿quién? —preguntó Mateo.
Ricardo señaló a Doña Elena.
—La mujer que todos creen culpable.
La anciana comenzó a reír.
Lucía sintió que todavía faltaba la peor verdad.
—¿Por qué?
Ricardo abrió los documentos digitales.
—Porque Doña Elena no es la madre de Mateo.
—¿Quién es? —preguntó él.
El anciano miró a Isabel.
—Ella.
Mateo quedó inmóvil.
—Eso me convertiría en hermano de Lucía y Valeria.
Ricardo negó.
—Lucía y Valeria tampoco son hijas de Isabel.
Isabel comenzó a llorar.
—Basta.
—No. La verdad finalmente debe salir.
Ricardo levantó la tarjeta.
—Los tres niños fueron llevados a esa familia como parte de un acuerdo.
Lucía apretó los puños.
—¿Quiénes eran nuestros padres?
El anciano sonrió.
—Los verdaderos propietarios de la empresa.
—¿Dónde están?
—Uno está muerto.
—¿Y el otro?
Ricardo miró hacia la entrada del sótano.
Un hombre elegante apareció acompañado por varios abogados.
Lucía reconoció su rostro de las noticias económicas.
Era Sebastián Ferrer, el empresario que llevaba años intentando comprar la compañía.
—He venido por mis hijos —dijo.
Mateo se colocó frente a Lucía.
—¿Cuáles de nosotros?
Sebastián sonrió.
—Los tres.