—Elena.
Mi sangre se heló.
Conocía aquella voz.
Lorenzo también debió notar mi reacción porque volvió el arma hacia la puerta.
—¿Quién es?
No pude responder inmediatamente.
Leo seguía contra mi pecho, pero había dejado de comer. Su respiración se había vuelto débil otra vez.
Desde el pasillo llegó una risa apagada.
—Pregúntale a tu sirvienta por qué unos hombres llevan semanas buscándola.
Lorenzo me miró.
—Habla.
—Es por mi exnovio.
—¿Nombre?
Tragué saliva.
—Marcus Vale.
Por primera vez, vi auténtica sorpresa en el rostro de Lorenzo Rossi.
—¿Marcus Vale?
Asentí.
Él soltó una maldición.
Luego golpeó la puerta.
—¡Marco!
Nada.
—¡Stefan!
Silencio.
Aquello parecía preocuparlo más que la cerradura.
—Mis hombres deberían estar al otro lado.
Miró el monitor.
Leo comenzó a inquietarse.
—¿Qué necesita?
—No lo sé.
Me acerqué a la cuna.
Entonces vi la botella preparada sobre una bandeja.
La levanté.
Un olor extraño permanecía alrededor de la tetina.
—¿Siempre utilizan esto?
Lorenzo se acercó.
—La enfermera prepara todas sus tomas.
Ambos miramos a la mujer dormida.
Demasiado dormida.
Lorenzo le tocó el cuello y después observó la copa.
—No está dormida por elección.
Alguien también había incapacitado a la enfermera.
Saqué mi teléfono.
Sin señal.
Lorenzo hizo lo mismo.
Nada.
—Han bloqueado las comunicaciones.
El susurro regresó desde fuera.
—Elena, abre la ventana.
Me estremecí.
Marcus solía decir mi nombre exactamente así cuando quería hacerme creer que todavía tenía una elección.
Lorenzo lo comprendió.
—Es él.
Asentí.
—¿Qué quiere contigo?
—No conmigo.
Miré a Leo.
—Marcus debe dinero. Mucho. Antes de que lo dejara escuché conversaciones sobre Rossi.
Lorenzo se quedó completamente quieto.
—¿Qué conversaciones?
—Decía que tenía algo que podía utilizar para pagar su deuda.
La mirada de Lorenzo cayó sobre su hijo.
No necesitamos decirlo.
Leo empezó a llorar débilmente.
Lo sostuve con más cuidado.
Lorenzo fue hasta la ventana, comprobó el cierre y después examinó la habitación.
—Hay una salida de seguridad detrás del armario.
—¿Cómo lo sabe?
Me miró con frialdad.
—Es mi casa.
Movió el mueble.
Detrás apareció un panel estrecho.
Antes de abrirlo, señaló la botella.
—Llévala.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber qué demonios lleva semanas tomando mi hijo.
Entramos en un corredor oscuro.
Lorenzo iba delante.
Yo detrás, protegiendo a Leo.
Recorrimos apenas veinte metros cuando escuchamos voces.
—Rossi está encerrado.
—¿Y el niño?
—Todavía arriba.
Lorenzo levantó una mano.
Nos detuvimos.
Reconocí la segunda voz.
Era el doctor Adrian Keller, el pediatra privado de Leo.

Sentí que se me cerraba el estómago.
Lorenzo se volvió hacia mí.
Su expresión había cambiado.
Ya no era rabia.
Era comprensión.
El médico que aseguraba que Leo sufría una misteriosa intolerancia estaba hablando con las personas que acababan de encerrarnos.
—¿Cuánto falta? —preguntó otra voz.
Keller respondió:
—Si continúa debilitándose, no mucho. Después parecerá una complicación natural.
Lorenzo cerró los ojos un segundo.
Cuando volvió a abrirlos, tuve miedo incluso por los hombres del otro lado.
Pero no salió.
Esperó.
—¿Y Rossi? —preguntó alguien.
—Cuando pierda al niño será más fácil moverlo. Su hermano está preparado.
Su hermano.
Lorenzo se quedó inmóvil.
Entonces entendí por qué nadie había acudido cuando gritó los nombres de sus guardias.
Aquello no era un secuestro improvisado.
Era una operación desde dentro.
Leo gimió.
Una tabla crujió bajo mi pie.
Las voces cesaron.
—¿Escuchaste eso?
Lorenzo agarró mi brazo y abrió el panel más cercano.
Entramos en otra habitación segundos antes de que aparecieran pasos.
Era un pequeño despacho.
Lorenzo cerró silenciosamente.
—Necesito sacar a Leo.
—Primero necesita un hospital.
—No puedo llevarlo a ninguno de los médicos que han estado tratándolo.
—Entonces busque otro.
Me observó.
—¿Confías en alguien?
Pensé en la única persona que había visto después de perder a Lily.
La doctora Sarah Mitchell.
Había atendido mi recuperación y jamás hizo preguntas crueles cuando yo apenas podía hablar.
—Sí.
Veinte minutos después conseguimos llegar a un garaje secundario.
Allí encontramos a Marco, uno de los hombres de Lorenzo, inconsciente pero respirando.
Lorenzo tomó sus llaves.
Salimos por una entrada trasera.
Cuando llegamos a una clínica privada, Sarah estaba esperándonos.
No preguntó por qué Lorenzo Rossi llevaba un arma.
No preguntó por qué yo sostenía a su hijo.
Solo examinó a Leo.
Mandó analizar inmediatamente la leche preparada.
Una hora después regresó.
Su expresión era grave.
—El bebé no está rechazando el alimento.
Lorenzo se levantó.
—Entonces ¿qué tiene?
Sarah dejó los resultados sobre la mesa.
—Hay indicios de que algo añadido repetidamente a sus tomas podría estar provocando somnolencia, pérdida de apetito y deterioro progresivo.
Lorenzo dejó de respirar.
—¿Durante cuánto tiempo?
—No puedo determinarlo todavía.
Miró el historial que habíamos llevado.
—Pero por su peso, probablemente semanas.
Me llevé una mano a la boca.
Todo encajaba.
Las fórmulas.
La leche donada.
Los supuestos rechazos.
Leo quizá había intentado comer todo ese tiempo.
Alguien necesitaba que pareciera incapaz de hacerlo.
Lorenzo llamó a un número que aparentemente nadie más conocía.
—Cierra la finca. Nadie sale.
Escuchó.
—Incluido mi hermano.
Colgó.
Después me miró.
—Tú y Leo os quedáis aquí.
—Yo no formo parte de esto.
—Marcus conoce tu nombre. Estaba dentro de mi casa. Ahora sí formas parte.
Aquello era precisamente lo que temía.
Pero entonces Sarah regresó con otro informe.
—Hay algo más.
Lorenzo levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Revisé los registros médicos anteriores de Leo.
Dejó varias páginas frente a nosotros.
—Algunos resultados no coinciden.
—Explíquese.
—Las muestras enviadas durante las últimas semanas presentan inconsistencias.
Lorenzo frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que falsificaron análisis?
—Estoy diciendo que necesito comprobar si todas esas muestras pertenecían realmente a Leo.
El silencio cayó sobre la habitación.
Lorenzo miró a su hijo.
—Hazlo.
Sarah tomó una nueva muestra y salió.
Mientras esperábamos, recibí un mensaje en mi teléfono.
Número desconocido.
Una fotografía.
Era la habitación de hospital donde había dado a luz tres semanas atrás.
Mi corazón se detuvo.
Debajo apareció una frase:
«Marcus no te contó todo sobre Lily.»
Casi dejé caer el teléfono.
Lorenzo lo tomó antes de que pudiera impedirlo.
Leyó.
—¿Quién es Lily?
No conseguí responder.
Entonces llegó una segunda fotografía.
Era una pulsera hospitalaria de recién nacido.
En ella podía leerse mi apellido.
VALE, LILY.
Pero había algo imposible.
Una fecha escrita debajo no correspondía al día en que me dijeron que mi hija había muerto.
—Esto es falso —susurré.
Lorenzo amplió la imagen.
Su rostro cambió.
—Elena…
La puerta se abrió.
Sarah regresó sosteniendo los resultados preliminares de Leo.
Estaba pálida.
—Señor Rossi, tenemos un problema.
—¿Qué problema?
Sarah miró primero a Leo.
Después mi teléfono.
—Acabo de comparar una de las muestras antiguas con la que tomamos esta noche.
Hizo una pausa.
—Una de las muestras archivadas bajo el nombre de Leo Rossi pertenece a una niña.
Sentí que el mundo se detenía.
Lorenzo me miró.
Yo miré la pulsera de Lily en la pantalla.
Y entonces Sarah añadió las palabras que hicieron que mis piernas dejaran de sostenerme:
—Y hay razones para creer que esa muestra podría estar relacionada biológicamente contigo.