PARTE 2: VALERIA DESCUBRIÓ POR QUÉ ARTURO QUERÍA QUE SU MADRE MURIERA ANTES DEL AMANECER

Arturo avanzó otro paso.

Valeria apretó el fragmento de cristal entre los dedos. El filo le cortó ligeramente la piel, pero no sintió dolor. Toda su atención estaba puesta en el hombre que bloqueaba la puerta.

A sus pies, la señora Mercedes dejó escapar un débil gemido.

Seguía viva.

—Necesita un médico —dijo Valeria, intentando mantener la voz firme—. Si muere, no podrás ocultarlo.

Arturo miró a su madre con absoluta frialdad.

—Eso es precisamente lo que necesito.

Valeria sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—¿Qué acabas de decir?

Un trueno sacudió las ventanas de la mansión.

Arturo se acercó a la mesa de noche y tomó el teléfono celular antes de que ella pudiera alcanzarlo. Lo apagó y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.

—A medianoche entra en vigor el nuevo testamento —explicó—. Si mi madre sigue viva, toda la herencia pasará a una fundación.

Valeria lo miró horrorizada.

—¿Y si muere antes?

—El documento anterior seguirá siendo válido.

—Y tú recibirás todo.

Arturo sonrió.

Aquella expresión confirmó la verdad.

No había sido un ataque provocado por la ira.

Había sido un intento de asesinato cuidadosamente calculado.

Valeria miró el reloj de pared.

Faltaban cuarenta y tres minutos para la medianoche.

—Por eso la golpeaste —susurró—. Necesitabas que muriera esta noche.

—Yo intenté hacerla entrar en razón.

—Le rompiste un jarrón en la cabeza.

Arturo apretó la mandíbula.

—Ella destruyó años de trabajo por un sentimiento absurdo de culpa.

Valeria bajó la mirada hacia Mercedes.

La anciana tenía una mano cerrada sobre el pecho. Entre sus dedos sobresalía una pequeña llave dorada.

Valeria comprendió que la mujer había intentado proteger algo antes de caer.

—¿Qué culpa? —preguntó para ganar tiempo.

Arturo comenzó a caminar por la habitación.

—Mi padre murió creyendo que la empresa quedaría en manos de la familia. Pero hace una semana, mi madre decidió entregar todo a una fundación para víctimas de violencia doméstica.

Valeria lo observó con incredulidad.

—¿Por qué haría algo así?

Arturo se detuvo.

—Porque comenzó a hablar demasiado.

La tormenta golpeó las ventanas con más fuerza.

Mercedes volvió a gemir.

Valeria aprovechó el ruido para arrodillarse a su lado. Fingió buscarle el pulso, pero en realidad retiró con cuidado la llave de su mano y la escondió dentro de la manga.

Arturo no lo notó.

—¿Qué significa que hablaba demasiado? —preguntó.

Él la miró directamente.

—Mi madre descubrió que algunas cuentas de la empresa no coincidían.

—¿Robaste dinero?

—No lo robé. Lo moví.

—¿Cuánto?

Arturo guardó silencio.

Valeria comprendió que la cifra debía ser enorme.

—Ella iba a denunciarte mañana —continuó—. Por eso intentaste matarla.

—Mamá no entendía cómo funciona el mundo real. La empresa estaba perdiendo poder. Yo hice lo necesario para mantener nuestro apellido.

Valeria sintió náuseas.

Durante cuatro años había admirado a Arturo por su aparente inteligencia y disciplina. Ahora descubría que todo aquello se sostenía sobre mentiras.

—¿Y qué pensabas hacer conmigo? —preguntó.

Arturo la observó de arriba abajo.

—Al principio esperaba que cooperaras.

—¿Cooperar significa mentir ante la policía?

—Dirías que llegaste y encontraste a mi madre en el suelo.

—¿Y el jarrón?

—Una caída accidental.

Valeria apretó el cristal.

—Nadie creería una historia tan absurda.

Arturo sacó lentamente un pañuelo del bolsillo.

—Te creerían a ti.

La joven frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque el jarrón tiene tus huellas.

Valeria quedó inmóvil.

Recordó haberlo limpiado esa misma mañana después de cambiar las flores de la habitación.

Arturo lo sabía.

Lo había planeado todo.

—También encontré mensajes interesantes en tu teléfono —añadió—. Discusiones con mi madre. Quejas sobre la forma en que te trataba.

Valeria retrocedió.

—Esas discusiones no prueban nada.

—Prueban que tenías motivos.

—Quieres culparme.

—Quiero darte una oportunidad de sobrevivir.

Arturo extendió la mano.

—Dame el cristal, siéntate y escucha lo que tienes que decir cuando llegue la policía.

Valeria lo miró con desprecio.

—Prefiero morir antes que ayudarte.

La sonrisa de Arturo desapareció.

Se lanzó hacia ella.

Valeria levantó el fragmento de cristal y lo sostuvo frente a su cuerpo. Arturo frenó apenas a unos centímetros.

—No te acerques.

—No te atreverías a usarlo.

—Hace una hora tampoco habría creído que tú fueras capaz de atacar a tu propia madre.

Arturo intentó rodearla.

Valeria retrocedió hasta quedar junto a una antigua cómoda de madera. Sentía la llave escondida dentro de su manga.

Mercedes movió débilmente los labios.

—Biblioteca…

La palabra fue apenas un susurro.

Valeria inclinó la cabeza.

—¿Qué dijo? —preguntó Arturo.

—Nada.

Él miró con sospecha a su madre.

Valeria comprendió el mensaje.

La llave pertenecía a algo escondido en la biblioteca.

Pero para llegar allí debía salir de la habitación.

Un nuevo relámpago iluminó el pasillo a través de la ventana. Durante un segundo, la electricidad parpadeó.

Valeria vio su oportunidad.

Lanzó una lámpara contra la pared.

La habitación quedó completamente a oscuras.

Arturo soltó una maldición.

Valeria corrió hacia la puerta.

Él intentó atraparla, pero sus manos solo alcanzaron a rozar su vestido. La joven giró la llave, abrió y salió al pasillo.

—¡Valeria!

La voz de Arturo retumbó detrás de ella.

Corrió descalza por el corredor mientras los truenos estremecían la mansión.

Las luces de emergencia se encendieron con un resplandor rojizo.

La biblioteca estaba al otro extremo de la casa.

Valeria escuchó los pasos de Arturo acercándose rápidamente.

Entró en la biblioteca y cerró la puerta con pestillo.

—¡Abre ahora mismo! —gritó él desde afuera.

Valeria buscó desesperadamente una cerradura que coincidiera con la pequeña llave.

Había cajones, vitrinas y antiguos escritorios.

Arturo golpeó la puerta.

La madera crujió.

—Cuando entre, no volveré a darte ninguna oportunidad.

Valeria encontró una pequeña caja fuerte escondida detrás de varios libros.

Introdujo la llave.

Encajaba perfectamente.

La caja se abrió con un clic seco.

Dentro había una memoria electrónica, varios documentos y un sobre con su nombre.

“PARA VALERIA, SI ARTURO DESCUBRE LA VERDAD”.

Sus manos comenzaron a temblar.

Abrió el sobre.

La carta estaba escrita por Mercedes.

“Valeria, sé que durante años me viste como una mujer fría. Lo fui porque tenía miedo. Arturo no es el hombre que crees. Su padre tampoco murió de forma natural”.

Valeria sintió un escalofrío.

Continuó leyendo.

“Hace cinco años descubrí que Arturo alteró los medicamentos de su padre para quedarse con el control de la empresa. No pude demostrarlo. Desde entonces he reunido pruebas en secreto”.

La puerta recibió otro golpe.

Una parte del marco se desprendió.

Valeria tomó la memoria electrónica.

También había extractos bancarios, grabaciones y fotografías.

Una de ellas mostraba a Arturo reuniéndose con un médico que había trabajado para su padre.

En otra aparecía entregándole un sobre lleno de dinero.

—¡Valeria! —rugió él—. ¡Abre!

Ella buscó un teléfono dentro de la biblioteca.

El aparato fijo no tenía línea.

Entonces recordó un antiguo botón de emergencia instalado detrás del escritorio de Mercedes.

Presionó el interruptor.

Nada ocurrió.

Arturo golpeó nuevamente la puerta.

Esta vez el pestillo comenzó a soltarse.

Valeria tomó la memoria y los documentos más importantes. Los escondió bajo su ropa.

La puerta se abrió de golpe.

Arturo entró respirando con violencia.

Observó la caja fuerte abierta.

—¿Qué tomaste?

Valeria permaneció en silencio.

Él avanzó hacia ella.

—Mi madre te dio la llave, ¿verdad?

—Tu madre dejó pruebas de todo.

Arturo se detuvo.

Por primera vez, el miedo apareció claramente en su rostro.

—No sabes lo que has encontrado.

—Sé que mataste a tu padre.

—Eso es mentira.

—También sé que desviaste millones de la empresa.

—Dame los documentos.

—La policía los verá.

Arturo cerró la puerta detrás de él.

—La policía nunca llegará.

Valeria levantó el fragmento de cristal otra vez.

—Entonces tendrás que pasar sobre mí.

Arturo miró su mano ensangrentada.

—Así será más fácil explicar que perdiste el control.

Se lanzó contra ella.

Valeria intentó apartarse, pero él la sujetó por la muñeca. El cristal cayó al suelo.

Arturo la empujó contra el escritorio.

—No quería hacerte daño —dijo entre dientes—. Pero siempre fuiste demasiado curiosa.

Valeria forcejeó desesperadamente.

Entonces se escuchó una voz detrás de ellos.

—Suéltala.

Arturo se giró.

Mercedes estaba de pie en la entrada de la biblioteca.

Tenía el rostro cubierto de sangre y apenas podía sostenerse. En una mano llevaba un pequeño control remoto.

—Mamá…

—Todo quedó grabado —susurró la anciana.

Arturo miró hacia las cámaras ocultas entre los estantes.

Una luz roja parpadeaba.

—Las instalé cuando descubrí lo que hiciste con tu padre —continuó Mercedes—. Y esta noche activé la transmisión automática.

Arturo soltó a Valeria.

—¿A quién la enviaste?

Mercedes sonrió débilmente.

—A todos los miembros de la junta directiva.

La furia transformó el rostro de Arturo.

Corrió hacia su madre.

Pero antes de alcanzarla, las puertas principales de la mansión se abrieron con violencia.

Se escucharon pasos, órdenes y radios policiales en el vestíbulo.

El botón de emergencia sí había funcionado.

Arturo miró alrededor buscando una salida.

Valeria recogió la memoria del suelo.

—Se terminó.

—No —respondió él con una calma aterradora—. Apenas está comenzando.

Sacó un teléfono oculto dentro de su chaqueta y presionó una tecla.

Desde el sótano llegó una explosión.

Las luces se apagaron por completo.

El suelo tembló.

Mercedes cayó de rodillas.

Una alarma comenzó a sonar por toda la mansión.

—¿Qué hiciste? —gritó Valeria.

Arturo retrocedió hacia la ventana.

—Destruí el servidor donde mi madre guardaba las copias.

Valeria levantó la memoria electrónica.

—No todas.

La mirada de Arturo se clavó en ella.

En ese instante, los policías entraron en la biblioteca.

—¡Manos arriba!

Arturo levantó lentamente las manos.

Parecía derrotado.

Pero al pasar junto a Valeria, susurró algo que solo ella pudo escuchar:

—Cuando revises esa memoria, descubrirás que tu nombre también aparece en las cuentas.

Valeria quedó helada.

Los agentes se llevaron a Arturo mientras Mercedes era atendida por los paramédicos.

La anciana tomó la mano de su nuera.

—No creas todo lo que encuentres ahí.

—¿Por qué aparece mi nombre?

Mercedes cerró los ojos con dolor.

—Porque Arturo no comenzó a vigilarte cuando te casaste con él.

Valeria sintió que el corazón se le detenía.

—Te eligió muchos años antes de conocerte.

La tormenta comenzó a alejarse.

Pero dentro de la memoria quedaba un último archivo titulado con una fecha.

Era el día en que los padres de Valeria murieron en un accidente que jamás había sido esclarecido.

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