Me recosté en la silla.
—¿La familia Lu?
La señora Lam asintió.
—Lu Dien probablemente no sabe que usted controla el proyecto Van Linh. Durante vuestro matrimonio, toda la inversión se hizo mediante filiales.
Sonreí.
Eso no me sorprendía.
Durante tres años, Lu Dien había pensado que yo era simplemente To Niem, una mujer con algunos ahorros familiares y demasiado tiempo libre.
Nunca preguntó realmente a qué me dedicaba.
Y yo dejé de explicárselo cuando comprendí que solo prestaba atención cuando Chu Dao hablaba.
—No hagas nada todavía —dije—. Quiero saber cuánto depende Lu Thi de ese proyecto.
La señora Lam abrió otra carpeta.
—Mucho.
La revisé.
Préstamos.
Garantías.
Proyecciones de liquidez.
Lu Thi había comprometido una cantidad enorme esperando participar en el desarrollo de Van Linh.
Si nuestra empresa abandonaba la operación, podían perder cientos de millones.
—Interesante.
Mi teléfono personal comenzó a sonar.
Lu Dien.
Llamada número treinta y siete.
Esta vez contesté.
—¿Qué?
Su voz llegó inmediatamente.
—¿Has vuelto a Beicheng?
Miré a la señora Lam.
—¿Quién te lo dijo?
—Te vieron en el aeropuerto.
—Entonces ya tienes la respuesta.
—Ven al hospital.
—No.
—To Niem, Chu Dao está empeorando.
Cerré los ojos un instante.
—¿Y?
—¡Podría morir!
—Entonces busca un donante.
—¡No encontramos ninguno!
Golpeé suavemente el escritorio con un dedo.
—¿Y por qué supones que yo soy compatible?
Silencio.
Fue demasiado largo.
Abrí los ojos.
—Lu Dien.
—¿Qué?
—Yo nunca me hice una prueba de compatibilidad.
No respondió.
Mi voz se volvió fría.
—Entonces explícame cómo sabes que mi médula puede servirle.
La llamada terminó.
No porque yo colgara.
Él colgó.
La señora Lam me miró.
—Director To…
—Llama al hospital.
Media hora después teníamos una cita con el doctor Vuong Kien Quoc.
Llegué al Hospital Beicheng a las diez y veinte de la noche.
No avisé a Lu Dien.
El doctor Vuong parecía incómodo desde el momento en que entramos.
Coloqué el informe delante de él.
—Doctor, mi exmarido me ha llamado treinta y seis veces para pedirme que done médula a esta paciente.
—Entiendo.
—Yo no me he sometido a ninguna prueba.
El hombre se quedó callado.
—Entonces, ¿por qué están tan seguros de que debo presentarme?
Vuong se quitó las gafas.
—Señorita To, hay información que no puedo revelar sobre otra paciente.
—No le estoy pidiendo su historial. Le estoy preguntando por mis propios datos médicos.
La señora Lam colocó una autorización y varios documentos sobre la mesa.
—Queremos saber si alguna muestra biológica perteneciente a la señorita To fue analizada o registrada sin su consentimiento.
El médico palideció.
Eso fue suficiente.
—¿Quién entregó mi muestra? —pregunté.
—Yo no gestioné personalmente esa parte.
—¿Quién?
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Lu Dien estaba allí.
Parecía no haber dormido en días.
Al verme, primero mostró alivio.
Después vio a la señora Lam.
Luego los documentos.
—To Niem.
Me levanté.
—Perfecto. Precisamente quería hablar contigo.
—Chu Dao necesita ayuda.
—Primero responde una pregunta.
Me acerqué.
—¿Cómo sabías que yo podía ser compatible?
Su expresión se endureció.
—Hicimos una comparación preliminar.
—¿Con qué muestra?
Silencio.
—¿Con qué muestra, Lu Dien?
Finalmente dijo:
—Durante tu examen médico del año pasado quedaron muestras almacenadas.
Sentí que algo dentro de mí se congelaba.
—¿Y tú autorizaste que las utilizaran?
—Era una emergencia.
—No tenías derecho.
—¡Estamos hablando de una vida!
Solté una risa breve.
—Curioso. Hace tres días firmaste nuestro divorcio sin pestañear. Hoy mi cuerpo vuelve a pertenecerte porque Chu Dao lo necesita.
—No quise decir eso.
—Siempre dices eso después.
Lu Dien bajó la voz.
—La compatibilidad preliminar es muy alta.
—¿Cuánto?
El doctor Vuong intervino.
—No deberíamos…
—¿Cuánto?
Lu Dien respondió:
—Casi completa.
La señora Lam y yo nos miramos.
Eso era extraño.
Muy extraño.
—Quiero el informe original —dije.

—No puedes llevártelo.
La señora Lam sacó su teléfono.
—Entonces nuestro departamento legal solicitará formalmente toda la trazabilidad de la muestra.
El médico palideció aún más.
Lu Dien me agarró del brazo.
—To Niem, deja de convertir esto en una guerra.
Miré su mano.
La soltó inmediatamente.
—La guerra empezó cuando alguien utilizó mi información médica sin preguntarme.
Me giré para marcharme.
Entonces una voz débil llegó desde el pasillo.
—Niem…
Chu Dao.
Estaba en una silla de ruedas.
Más delgada que en la universidad, con el rostro pálido.
Durante un instante vi a la chica que había compartido dormitorio conmigo durante cuatro años.
La misma que conocía mis secretos.
La misma que terminó con mi marido.
—¿Puedes ayudarme? —susurró.
La miré.
—¿Sabías que utilizaron mi muestra?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
No contestó.
Y aquello fue una respuesta.
—Lo sabías.
—Tenía miedo.
—¿Desde cuándo?
Chu Dao empezó a llorar.
Lu Dien se acercó.
—No la presiones.
Lo ignoré.
—¿Desde cuándo sabes que podía ser compatible contigo?
Chu Dao bajó la cabeza.
—Desde antes de vuestro divorcio.
Lu Dien se quedó inmóvil.
Esta vez él también parecía sorprendido.
—¿Qué?
Chu Dao levantó los ojos.
—Lo siento.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Lu Dien.
—Yo sabía que Niem podía ayudarme.
—¿Cómo?
Chu Dao comenzó a temblar.
El doctor intentó llevársela.
Ella se aferró a la rueda.
—Porque mi madre me lo dijo.
Sentí un extraño vacío en el pecho.
—¿Tu madre?
Chu Dao asintió.
—Me dijo que si alguna vez enfermaba debía buscarte.
—¿Por qué?
Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—No lo sé todo.
No le creí.
Pero antes de poder insistir, la señora Lam recibió un mensaje.
Leyó la pantalla y se acercó.
—Director To, encontramos algo en los archivos antiguos.
Me mostró un documento.
Era un registro de nacimiento.
El nombre de Chu Dao aparecía claramente.
Debajo figuraba el nombre de su madre.
Pero la casilla correspondiente al padre había sido modificada años después.
—¿Qué tiene que ver esto conmigo?
—Mire la dirección original.
La reconocí.
Era la antigua residencia de mi familia.
Levanté lentamente la mirada hacia Chu Dao.
Ella estaba llorando.
Lu Dien parecía completamente perdido.
Mi teléfono corporativo vibró entonces.
Era el director financiero.
—Director To, disculpe la hora. Tenemos un problema con Van Linh.
—Habla.
—Lu Thi acaba de solicitar una reunión urgente. Parece que descubrieron quién es el propietario real del terreno.
Miré a Lu Dien.
Su teléfono empezó a sonar exactamente en ese momento.
Contestó.
Escuchó durante unos segundos.
Luego me miró.
Su rostro perdió el color.
—¿Tú eres…?
Colgué mi llamada.
—¿Soy qué?
—El accionista controlador de To Capital.
No respondí.
Su expresión fue suficiente.
Por primera vez entendía que la mujer de la que se había divorciado tres días antes tenía en sus manos el proyecto del que dependía el futuro financiero de su familia.
Pero ya no me importaba su empresa.
Volví a mirar el registro de nacimiento.
—Chu Dao, quiero la verdad.
Ella cerró los ojos.
—Niem, hay algo que nunca te conté sobre nuestras familias.
—Dilo.
—Mi madre trabajó para la tuya antes de que naciéramos.
—Eso no explica una compatibilidad casi completa.
Chu Dao comenzó a llorar con más fuerza.
Entonces el doctor Vuong habló desde detrás de nosotros.
—Señorita To, creo que deberían realizar otra prueba antes de sacar conclusiones.
Me giré.
—¿Por qué?
El médico sostuvo mi mirada.
—Porque revisé personalmente los resultados esta tarde.
Hizo una pausa.
—La compatibilidad entre usted y la señorita Chu no parece la de dos antiguas compañeras de universidad elegidas al azar.
Lu Dien frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
El doctor abrió el expediente.
—Quiero decir que necesitamos verificar si existe una relación biológica.
Nadie habló.
Chu Dao se cubrió el rostro.
Yo la miré.
Y entonces recordé algo que llevaba quince años enterrado en mi memoria.
Una discusión entre mis padres.
Una mujer llorando en nuestra casa.
Mi madre diciendo:
«Esa niña nunca debe descubrir quién es su verdadera familia».
Di un paso hacia Chu Dao.
—Tú ya sabías esto.
Ella apartó lentamente las manos.
—No todo.
—¿Qué sabías?
Sus labios temblaron.
—Que cuando nacimos… nuestras madres estuvieron en el mismo hospital.
Y antes de que pudiera preguntarle qué significaba aquello, la señora Lam recibió un segundo archivo.
Lo abrió.
Palideció.
—Director To…
—¿Qué?
Giró la pantalla hacia mí.
Era un registro hospitalario de hacía veintinueve años.
Dos niñas.
Dos números de identificación.
Y una anotación escrita en rojo junto a ambos expedientes:
«INCIDENTE DE IDENTIFICACIÓN NEONATAL — INVESTIGACIÓN INTERNA CONFIDENCIAL».
Miré a Chu Dao.
Ella también lo había visto.
Y de repente las treinta y seis llamadas de mi exmarido dejaron de ser lo más importante.
Porque si aquel documento significaba lo que parecía significar, quizá Chu Dao y yo llevábamos veintinueve años viviendo las vidas equivocadas.