PARTE 2: LA HEREDERA REGRESÓ… Y EL TRAIDOR YA LA ESTABA ESPERANDO.

La limusina negra atravesó las avenidas iluminadas de Shanghái mientras la lluvia golpeaba los cristales con una fuerza inquietante.

La joven permanecía inmóvil en el asiento trasero, observando los enormes edificios que se alzaban ante ella como gigantes de acero y cristal.

Hasta aquella noche, su nombre había sido Elena.

El nombre que le habían dado en el orfanato.

Un nombre sencillo para una muchacha que había sobrevivido limpiando restaurantes, cargando cajas en el mercado y durmiendo muchas noches con el estómago vacío.

Pero el mayordomo sentado frente a ella acababa de revelar que esa identidad era una mentira.

—Su verdadero nombre es Gu Xinyue —dijo el anciano con solemnidad—. Usted es la única hija del señor Gu Zhenhai.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Mi padre sigue vivo?

El rostro del mayordomo se endureció.

Por primera vez desde que la había encontrado, el hombre pareció dudar.

—Sí, señorita. Pero se encuentra gravemente enfermo.

—¿Qué le ocurrió?

—Los médicos dicen que su corazón está fallando.

Elena percibió algo extraño en su respuesta.

El anciano había pronunciado aquellas palabras con demasiado cuidado, como si ocultara una verdad mucho más peligrosa.

—¿Y usted qué cree? —preguntó ella.

El mayordomo la miró directamente a los ojos.

—Creo que alguien lleva meses envenenándolo lentamente.

El ruido de la tormenta pareció desaparecer de repente.

Elena apretó el amuleto de jade que llevaba entre las manos.

—¿Quién quiere matarlo?

—En la familia Gu, señorita, todos sonríen frente al patriarca. Sin embargo, casi todos desean ocupar su silla.

La limusina abandonó el centro de la ciudad y tomó una carretera privada rodeada de árboles oscuros.

A lo lejos apareció una propiedad inmensa protegida por muros de piedra, cámaras de seguridad y hombres armados.

La mansión Gu parecía un palacio antiguo escondido entre jardines interminables.

Las puertas principales se abrieron lentamente.

Decenas de sirvientes esperaban formando dos filas perfectas frente a la entrada.

Cuando Elena bajó del automóvil, todos inclinaron la cabeza.

—Bienvenida a casa, señorita Gu.

Ella sintió que el corazón se le aceleraba.

Aquella palabra la golpeó con una fuerza inesperada.

Casa.

Nunca había tenido una.

Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso, una mujer elegante apareció en lo alto de las escaleras.

Vestía un traje blanco bordado con hilos dorados. Su cabello estaba recogido con una precisión impecable y una enorme esmeralda brillaba en su cuello.

Junto a ella se encontraba una joven de la misma edad que Elena, cubierta de joyas y con una sonrisa llena de desprecio.

—Así que esta es la supuesta heredera perdida —dijo la mujer.

El mayordomo se inclinó ligeramente.

—Señora Gu, el señor Zhenhai ordenó que la señorita fuera recibida con todos los honores.

La mujer bajó las escaleras sin apartar los ojos de Elena.

—Soy Su Meilin, la esposa de tu padre.

Elena comprendió de inmediato que aquella mujer era su madrastra.

La muchacha que estaba a su lado soltó una risa burlona.

—Y yo soy Gu Lian. La hija que sí estuvo al lado de nuestro padre durante todos estos años.

Lian observó las ropas desgastadas de Elena.

—Aunque supongo que ahora tendremos que llamarte hermana.

—No tienes que llamarme nada —respondió Elena con calma.

La sonrisa de Lian desapareció.

Su Meilin se acercó y examinó el amuleto de jade.

Por un instante, el miedo cruzó por sus ojos.

Fue apenas un segundo.

Pero Elena lo vio.

—Ese objeto puede ser falso —declaró la mujer—. Cualquier estafadora podría haberlo conseguido.

El mayordomo abrió una carpeta.

—La prueba genética fue realizada tres veces en laboratorios diferentes. No existe ninguna duda sobre su identidad.

Los sirvientes comenzaron a murmurar.

El rostro de Su Meilin perdió el color.

Gu Lian cerró los puños con rabia.

—Una prueba puede comprarse —protestó—. Esta vagabunda solo quiere nuestro dinero.

Elena levantó la mirada lentamente.

Había soportado insultos durante toda su vida.

Pero algo dentro de ella había cambiado desde que cruzó aquellas puertas.

—Ayer no sabía que esta familia existía —dijo con firmeza—. No vine aquí para robarte nada.

Lian sonrió con crueldad.

—Entonces renuncia a la herencia.

El silencio cayó sobre la entrada.

Elena entendió que aquella no era una simple provocación.

Era una prueba.

Todos esperaban que la muchacha pobre se sintiera intimidada y huyera.

Elena dio un paso hacia ella.

—No sé qué me pertenece todavía —respondió—. Pero no renunciaré a nada hasta descubrir quién intentó matarme cuando era una niña.

Su Meilin dejó escapar un suspiro casi imperceptible.

Lian retrocedió.

El mayordomo sonrió discretamente.

—Su padre la está esperando.

Elena fue conducida hasta el ala privada de la mansión.

Dos médicos permanecían frente a una puerta vigilada por guardaespaldas.

Dentro de la habitación, un anciano descansaba en una cama rodeada de máquinas.

Su rostro estaba pálido y su respiración era débil.

Sin embargo, cuando Elena entró, el hombre abrió los ojos.

La miró durante varios segundos.

Después, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.

—Xinyue…

La voz apenas salió de su garganta.

Elena se quedó paralizada.

Había imaginado muchas veces cómo sería conocer a sus padres.

Pensaba que sentiría rabia.

Que exigiría respuestas.

Pero al contemplar a aquel hombre enfermo, solo sintió un vacío doloroso en el pecho.

Gu Zhenhai extendió una mano temblorosa.

—Mi hija… perdóname.

Elena se acercó lentamente.

Cuando sus dedos se tocaron, una imagen cruzó por su mente.

Un hombre más joven cargándola entre sus brazos.

Una mujer riendo bajo un árbol cubierto de flores.

Y después, fuego.

Mucho fuego.

Elena retiró la mano con un sobresalto.

—¿Qué ocurrió la noche en que desaparecí?

El anciano miró hacia la puerta, asegurándose de que nadie más estuviera escuchando.

—Hubo un incendio en nuestra casa de verano. Todos dijeron que habías muerto.

—Pero alguien me llevó al orfanato.

—Sí.

—¿Quién?

Gu Zhenhai respiró con dificultad.

—La persona que provocó el incendio.

Elena sintió que la sangre se le helaba.

—¿Por qué iba a salvarme después de intentar matarme?

—Porque no quería tu muerte —susurró el anciano—. Quería que desaparecieras para controlar la herencia de tu madre.

Elena bajó la mirada hacia el amuleto.

—¿Mi madre tenía una fortuna propia?

—Mucho más que eso. Tu madre pertenecía a la familia Shen. Antes de morir, puso todas sus acciones, sus propiedades y sus rutas comerciales a tu nombre.

Gu Zhenhai tosió violentamente.

Una alarma comenzó a sonar en una de las máquinas.

Elena llamó a los médicos, pero el anciano se aferró con fuerza a su muñeca.

—Escúchame.

—Necesita descansar.

—No confíes en nadie que lleve nuestro apellido.

La puerta se abrió.

Su Meilin entró acompañada por Gu Lian y uno de los médicos.

—La visita ha terminado —declaró la mujer.

Gu Zhenhai intentó incorporarse.

—Mañana… se leerá mi nuevo testamento.

El rostro de Su Meilin cambió de inmediato.

—Zhenhai, no estás en condiciones de tomar decisiones.

—He tomado la decisión más importante de mi vida.

El anciano miró a Elena.

—Xinyue será nombrada presidenta del Grupo Gu.

Gu Lian dejó caer el bolso que sostenía.

—¡Eso es imposible!

Su Meilin permaneció inmóvil, aunque sus ojos ardían de furia.

—Lian ha sido preparada durante años para ocupar ese puesto.

—Lian no es mi heredera principal.

La joven palideció.

—Papá…

Gu Zhenhai cerró los ojos.

—Fuera.

Su Meilin tomó a su hija del brazo y salió de la habitación.

Pero antes de cruzar la puerta, miró a Elena con una expresión aterradora.

No era una mirada de odio.

Era la mirada de alguien que ya había decidido matarla.

Aquella noche, Elena recibió una habitación más grande que todo el orfanato donde había crecido.

Los armarios estaban llenos de ropa nueva. Sobre la mesa había joyas, documentos bancarios y tarjetas que podían comprar cualquier cosa que deseara.

Pero Elena no tocó nada.

Su atención estaba puesta en un pequeño retrato encontrado dentro de un cajón.

En la fotografía aparecía su madre.

La mujer llevaba el mismo amuleto de jade.

Detrás de la imagen había una frase escrita a mano:

“Cuando las dos mitades vuelvan a unirse, la verdad despertará”.

Elena examinó el amuleto.

Entonces descubrió una fina línea en uno de sus bordes.

Presionó con cuidado.

El jade se abrió en dos partes.

En su interior había una pequeña llave dorada.

Elena apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Las luces se apagaron.

Un ruido seco llegó desde el pasillo.

La puerta de su habitación se abrió lentamente.

Una figura vestida de negro entró sosteniendo un cuchillo.

Elena retrocedió.

—¿Quién eres?

El intruso se lanzó contra ella.

La joven esquivó el primer ataque y tomó una lámpara para defenderse.

El cuchillo rozó su brazo, rasgando la tela.

Elena golpeó al atacante con todas sus fuerzas.

La figura cayó contra una mesa, pero volvió a levantarse inmediatamente.

Antes de que pudiera atacar otra vez, un disparo resonó en la habitación.

El intruso se desplomó.

El mayordomo estaba de pie en la entrada con una pistola en la mano.

—¿Está herida, señorita?

—Estoy bien.

Los guardaespaldas llegaron corriendo y encendieron las luces.

El atacante llevaba una máscara negra.

El mayordomo se agachó y descubrió su rostro.

Todos quedaron en silencio.

Era uno de los hombres encargados de proteger a Gu Zhenhai.

—Alguien de la mansión le ordenó hacerlo —dijo Elena.

El mayordomo registró los bolsillos del hombre.

Encontró un teléfono y una pequeña botella de cristal.

El líquido en su interior era transparente.

Uno de los médicos lo examinó rápidamente.

—Es el mismo compuesto que encontramos en la sangre del señor Gu.

Elena miró hacia el pasillo.

—El hombre que intentó matarme también estaba envenenando a mi padre.

De pronto, el teléfono del atacante comenzó a vibrar.

En la pantalla apareció un mensaje:

“¿La heredera está muerta?”

Elena tomó el aparato.

El número era desconocido.

Antes de que alguien pudiera detenerla, escribió una respuesta:

“Sí. Todo terminó”.

La contestación llegó pocos segundos después.

“Perfecto. Mañana, durante la lectura del testamento, acabaremos también con el anciano”.

El mayordomo levantó la mirada.

—Ahora sabemos cuándo atacarán.

Elena cerró el teléfono con una determinación fría.

—Y ellos creen que estoy muerta.

—¿Qué piensa hacer?

La joven observó su reflejo en el espejo.

La muchacha pobre y asustada que había llegado bajo la lluvia parecía haber desaparecido.

En su lugar había una heredera dispuesta a luchar.

—Dejaremos que sigan creyéndolo.

A la mañana siguiente, todos los miembros de la familia Gu se reunieron en el gran salón.

Abogados, socios y directivos ocupaban sus lugares alrededor de una mesa de madera oscura.

Su Meilin vestía completamente de negro.

Gu Lian fingía llorar frente a los invitados.

—Mi hermana sufrió un terrible ataque anoche —anunció con voz quebrada—. Lamentablemente, no sobrevivió.

Los presentes comenzaron a murmurar.

Gu Zhenhai fue trasladado al salón en una silla de ruedas.

Al escuchar la noticia, el anciano golpeó la mesa.

—¡Mentirosa! ¡Quiero ver a mi hija!

Su Meilin puso una mano sobre su hombro.

—Debes aceptar la realidad.

El abogado principal abrió el testamento.

—Debido al fallecimiento de la señorita Gu Xinyue, las acciones destinadas a ella deberán ser distribuidas entre los siguientes herederos…

Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de Su Meilin.

Pero antes de que el abogado continuara, las puertas del salón se abrieron de golpe.

Elena entró vestida con un elegante traje rojo.

Detrás de ella caminaban el mayordomo, varios policías y dos agentes de la unidad financiera.

El rostro de Gu Lian se deformó por el terror.

Su Meilin se levantó bruscamente.

—Tú… estás viva.

Elena avanzó hasta el centro del salón.

—Lamento arruinar mi propio funeral.

Los invitados comenzaron a grabar la escena con sus teléfonos.

Elena dejó la botella de veneno sobre la mesa.

—Anoche intentaron asesinarme. El atacante llevaba el mismo veneno utilizado contra mi padre.

Su Meilin mantuvo la calma.

—¿Y pretendes acusarnos sin pruebas?

Elena mostró el teléfono.

—El hombre recibió órdenes de alguien que se encuentra en esta habitación.

Gu Lian comenzó a temblar.

Su madre la miró con una advertencia silenciosa.

Elena pidió al mayordomo que conectara el dispositivo a la pantalla principal.

Enseguida apareció el historial de llamadas.

El número desconocido había contactado al asesino más de veinte veces.

Los agentes rastrearon la señal.

Un teléfono comenzó a sonar dentro del salón.

Todos volvieron la cabeza.

El sonido provenía del bolso de Gu Lian.

La joven se quedó completamente inmóvil.

—No es mío —balbuceó—. Alguien lo puso allí.

Los policías abrieron el bolso.

Encontraron el teléfono y varios frascos idénticos al veneno.

Gu Zhenhai miró a su hija adoptiva con una profunda decepción.

—Lian… ¿por qué?

—¡Yo no hice nada! —gritó ella—. ¡Fue mi madre!

El silencio fue absoluto.

Su Meilin se volvió lentamente hacia su hija.

—Cállate.

Pero Lian ya había perdido el control.

—¡Tú dijiste que Xinyue nunca regresaría! ¡Tú dijiste que el incendio había destruido todas las pruebas!

Elena sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—¿Ella provocó el incendio?

Lian comenzó a llorar.

—Mi madre pagó a un conductor para secuestrarte. Pero él no quiso matarte. Te abandonó frente al orfanato y huyó del país.

Su Meilin levantó la mano para golpearla.

Los agentes la sujetaron de inmediato.

—¡Inútil! —gritó la mujer—. ¡Te di una vida de princesa y lo has destruido todo!

Gu Zhenhai observó a su esposa como si estuviera viendo a una desconocida.

—¿Mataste a la madre de Xinyue?

Su Meilin dejó de luchar.

Después sonrió.

Una sonrisa fría, vacía y aterradora.

—Shen Yue iba a quitarte el control de la empresa.

—Ella confiaba en ti.

—La confianza es una debilidad.

Elena avanzó hacia la mujer.

—Me robaste diez años de vida.

Su Meilin se inclinó hacia ella.

—Y habría sido mejor que hubieras muerto aquella noche.

Elena sostuvo su mirada sin retroceder.

—Eso fue lo que hiciste mal.

—¿Qué cosa?

—Dejarme vivir.

Los agentes se llevaron a Su Meilin y a Gu Lian.

Sin embargo, antes de salir del salón, la madrastra soltó una carcajada.

—Crees que has ganado porque encontraste a una asesina.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Yo no era la persona que daba las órdenes.

Su Meilin miró lentamente hacia los miembros de la familia reunidos alrededor de la mesa.

—El verdadero enemigo está mucho más cerca de lo que imaginas.

En ese instante, Gu Zhenhai comenzó a convulsionar.

Los médicos corrieron hacia él.

El anciano cayó de la silla mientras las máquinas emitían alarmas desesperadas.

—¡Papá! —gritó Elena.

El médico examinó sus pupilas.

—Ha recibido otra dosis de veneno.

Elena miró la taza de té que permanecía sobre la mesa.

Solo una persona se había acercado a ella antes de comenzar la reunión.

El abogado principal.

Pero cuando los policías intentaron detenerlo, el hombre sacó un arma.

—Nadie se mueva.

Apuntó directamente al pecho de Elena.

—La heredera debió morir hace diez años.

El mayordomo intentó acercarse.

—Baje el arma.

El abogado sonrió.

—Esto apenas comienza.

Apretó el gatillo.

Un disparo estremeció toda la mansión.

Y Elena cayó al suelo mientras el grito de su padre atravesaba el gran salón.

CONTINUARÁ…

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