Parte 2: DANIEL CREYÓ QUE ME HABÍA DEJADO UNA DEUDA DE 18 AÑOS, HASTA QUE DESCUBRIÓ QUIÉN QUERÍA COMPRAR MI DEPARTAMENTO

Durante los siguientes cuatro días, Daniel no dejó de llamarme.

Primero fueron mensajes arrogantes.

—Clara, deja el drama. Tenemos que organizar la mudanza de mis padres.

Después intentó ser amable.

—Sé que estás herida. Hablemos como adultos.

Finalmente llegó el miedo.

—Por favor, no metas abogados. Podemos arreglar lo de los 237.600 yuanes entre nosotros.

No respondí.

Mi abogado, Chen Wei, sí.

Le envió una notificación formal detallando cada cantidad que Daniel había recibido bajo conceptos que podían demostrarse mediante mensajes, pagarés y transferencias.

La respuesta llegó esa misma tarde.

Daniel quería negociar.

Pero ese no era su problema más urgente.

El verdadero golpe llegó el lunes.

Me llamó Patricia.

Contesté porque quería escucharla.

—Clara, ¿qué hiciste con las llaves?

—¿Qué llaves?

—¡Las del departamento!

Sonreí.

—Nunca se las entregaron.

Hubo silencio.

—El agente dijo que pediste que solo tú puedas recibirlas.

—Soy la propietaria.

—¡Mis padres ya cancelaron el contrato de su departamento!

Eso sí me sorprendió.

—¿Por qué harían eso?

Patricia tardó demasiado en responder.

Entonces entendí.

—Porque pensaban mudarse al mío gratis.

—Daniel dijo que era el plan.

—Daniel también dijo que iba a casarse conmigo.

Colgué.

Dos semanas después recibí las llaves.

Entré sola.

El departamento estaba vacío.

Caminé hasta el balcón y observé el río.

Debería haber sentido tristeza.

En cambio, saqué una cinta métrica.

Porque había algo que Daniel nunca supo sobre mi trabajo.

Yo no solo tenía buen salario.

Trabajaba como directora financiera para una empresa especializada en alojamiento corporativo.

Conocía perfectamente el mercado.

Y aquel edificio acababa de ser seleccionado para una nueva zona empresarial que abriría al año siguiente.

La mensualidad de 22.000 yuanes parecía enorme.

Pero un departamento amueblado de aquel tamaño podía rentarse a ejecutivos por bastante más.

Por eso había aceptado aquella propiedad específica.

Daniel creyó que me había convencido.

La verdad era que yo había hecho mis propios cálculos antes de firmar.

Tres semanas después conseguí mi primer inquilino corporativo.

Contrato de dos años.

Renta mensual: 31.500 yuanes.

Cuando Daniel se enteró, apareció en mi oficina.

—¿Lo rentaste?

—Sí.

—¡Ese iba a ser nuestro hogar!

Levanté la vista.

—Terminaste conmigo doce minutos después de firmarlo.

—Estaba confundido.

Casi me reí.

—Qué coincidencia. Recuperaste la claridad cuando descubriste que el departamento produce dinero.

Se sentó frente a mí.

—Quiero volver contigo.

—No.

—Tres años no desaparecen así.

—Tienes razón.

Saqué una carpeta.

—Por eso todavía me debes dinero.

Su expresión cambió.

—Clara…

—Mi abogado te espera el jueves.

Entonces soltó algo inesperado.

—Patricia me presionó.

Lo miré fijamente.

—¿Perdón?

—La idea de terminar después de la firma fue de ella.

Ahí estaba.

Daniel intentando salvarse entregando a su propia hermana.

—¿Y también te obligó a aceptar mi dinero durante tres años?

No respondió.

—¿Te obligó a usar 86.000 yuanes para tu supuesto emprendimiento?

Silencio.

—¿Te obligó a firmar dos pagarés?

Bajó la cabeza.

—No.

—Entonces no eres una víctima.

Se levantó furioso.

—¡Vas a arrepentirte!

Mi asistente abrió la puerta.

Daniel se marchó.

Pero su amenaza terminó beneficiándome.

Porque Patricia entró en pánico.

Dos días después me llamó.

—Necesito verte.

Nos encontramos en un café.

Llegó con una memoria USB.

—Daniel te está culpando de todo —dijo—. También me está culpando a mí.

—Eso no me sorprende.

—A mí sí.

Empujó la memoria hacia mí.

—Aquí están las conversaciones familiares.

No la toqué.

—¿Por qué me las das?

—Porque quiero protegerme.

En aquellos mensajes estaba la segunda sorpresa.

La familia Moreno llevaba meses hablando del departamento como si ya fuera suyo.

Discutían quién ocuparía cada habitación.

Patricia quería instalarse temporalmente con sus padres.

Incluso hablaban de convencerme, después del matrimonio, para que Daniel administrara mis ingresos.

Pero había algo todavía mejor para mi caso.

Daniel había escrito:

“Primero necesitamos que aprueben todo con Clara. Después resolveré lo nuestro.”

En otro mensaje Patricia preguntaba:

“¿Y si no acepta que tus padres vivan ahí?”

Daniel respondió:

“Cuando ya esté pagando la hipoteca será más difícil echarse atrás.”

Guardé una copia y entregué todo a Chen Wei.

No necesitábamos convertir aquello en una película de conspiraciones.

Bastaba para desmontar la historia de Daniel de que todo había sido un simple regalo entre novios sin expectativas ni acuerdos.

Cuando llegó la negociación, su actitud era completamente distinta.

Chen colocó sobre la mesa los pagarés, transferencias y mensajes.

El abogado de Daniel pidió hablar con su cliente a solas.

Regresaron veinte minutos después.

Aceptaron devolver 168.000 yuanes inmediatamente y establecer pagos por el resto de las cantidades que podían sostenerse documentalmente.

No recuperé absolutamente cada yuan gastado durante la relación.

Tampoco pretendía hacerlo.

Una cena era una cena.

Un regalo era un regalo.

Pero un préstamo seguía siendo un préstamo solo porque el novio hubiera decidido convertirse en exnovio.

Patricia tuvo que devolver varios muebles que todavía estaban almacenados en casa de sus padres.

Y Daniel tuvo que vender el automóvil que había comprado cuando su “emprendimiento” supuestamente empezó a ir bien.

Seis meses después ocurrió la última ironía.

El desarrollador del edificio me contactó.

Un grupo de inversión quería adquirir varias unidades para convertirlas en residencias corporativas.

Me ofrecieron por mi departamento una cantidad considerablemente superior al precio de compra.

Llamé a mi asesor.

Revisamos impuestos, penalizaciones y números.

No acepté inmediatamente.

Negocié.

La oferta mejoró.

Vendí.

Después de liquidar la hipoteca y todos los gastos asociados, todavía quedaba una ganancia que jamás habría obtenido si Daniel no hubiera insistido tanto en aquel edificio.

La noticia llegó a los Moreno.

Esa noche recibí una llamada desde un número desconocido.

Era Daniel.

—¿Vendiste?

—Sí.

—¿Cuánto ganaste?

Me eché a reír.

—¿En serio esa es tu pregunta?

—Yo encontré ese proyecto.

—Y yo firmé.

—Si hubiéramos seguido juntos…

—Pero no seguimos juntos.

—Clara, podríamos intentarlo otra vez.

Por un segundo recordé al hombre de la oficina de ventas.

Su mano soltando la mía.

Su voz diciendo que yo era demasiado fuerte.

Su alivio cuando creyó haberme dejado sola con dieciocho años de deuda.

—Daniel, tú ya tuviste exactamente la vida que querías.

—¿Qué quieres decir?

—Una vida sin mí.

Y colgué.

Un año después compré un departamento más pequeño.

Dos habitaciones.

Mucha luz.

Sin cuarto reservado para los padres de nadie.

La primera noche me senté en el suelo porque todavía no habían llegado los muebles.

Abrí una botella de vino.

Y pensé en Patricia llamándome “cuñadita”.

Pensé en Daniel diciéndome que aquella hipoteca era mi compensación.

Tenía razón en una sola cosa.

Aquel departamento terminó compensándome.

Pero no por los tres años que había perdido.

Me compensó enseñándome exactamente qué clase de personas estaba a punto de convertir en familia.

Daniel creyó que había diseñado una trampa perfecta:

la casa sería para ellos y la deuda para mí.

Solo olvidó revisar la parte más importante.

El contrato.

La propiedad.

La capacidad de pago.

Todo estaba a mi nombre.

Y cuando decidió terminar conmigo justo después de la firma, no me dejó atrapada durante dieciocho años.

Renunció voluntariamente al único activo valioso de toda su estafa.

Al final, Daniel sí consiguió quitarse aquella “piedra del pecho”.

Solo que la piedra tenía ciento veintiséis metros cuadrados, vista al río y una escritura donde su nombre jamás apareció.

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