—Sí —respondí—. Lo he pensado bien.
El jefe Chu guardó silencio unos segundos.
—Entonces mañana presentaré la solicitud definitiva. Una vez firmada, no será fácil echarse atrás.
Miré hacia la puerta del baño.
El sonido del agua seguía cayendo.
—No pienso echarme atrás.
Colgué.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a alivio.
No era felicidad.
Todavía no.
Pero al menos ya no estaba esperando que otra persona decidiera cuánto valía mi vida.
A la mañana siguiente llegué temprano a la sede de Tinh Hai Airlines.
Firmé la transferencia.
Firmé el ascenso.
Firmé también la asignación de la ruta T028.
Cuando terminé, el jefe Chu deslizó las insignias nuevas hacia mí.
—Capitana Gian Van.
Me quedé mirando las cuatro barras doradas.
Había esperado aquel momento durante años.
Y, sin embargo, durante todo ese tiempo me había convencido de que mi lugar natural era el asiento derecho junto a Tham Ky Minh.
Como si avanzar significara abandonarlo.
Como si amar a alguien exigiera mantenerse siempre medio paso detrás.
Me coloqué las insignias.
—Gracias.
—No me las agradezcas. Te las ganaste hace mucho.
Aquella frase me acompañó todo el día.
Esa noche, Tham Ky Minh volvió a casa tarde.
Yo estaba doblando ropa.
—¿Qué haces?
—Preparando una maleta.
Frunció el ceño.
—¿Tienes vuelo?
—Pronto.
—No aparece nada en nuestro calendario.
Seguí doblando una camisa.
—Ya no tenemos el mismo calendario.
Sus movimientos se detuvieron.
—¿Qué quieres decir?
Lo miré.
—Acepté el ascenso.
Por un segundo pareció no entenderme.
—¿Qué ascenso?
Aquella pregunta terminó de apagar algo dentro de mí.
El formulario había estado frente a sus ojos.
Durante días.
—Capitana.
Su rostro cambió.
—¿Cuándo?
—Hoy quedó confirmado.
—¿Y no pensabas decírmelo?
—Te lo estoy diciendo.
—Gian Van, llevamos cinco años volando juntos.
—Lo sé.
—¿Qué ruta?
—T028.
Entonces sí comprendió.
—¿T028?
Su voz subió.
—Esa ruta va hacia el oeste.
—Exacto.
—La mía está asignada al corredor oriental.
—También lo sé.
Tham Ky Minh me observó como si yo hubiera cometido una traición imperdonable.
—Entonces nuestras rutas no volverán a coincidir.
—Ese era el objetivo.
El silencio fue inmediato.
—¿Estás haciendo esto por Lam Chi San?
Negué con la cabeza.
—Lo estoy haciendo por mí.
—Solo publiqué una foto.
Lo miré.
—No es una foto.
—Entonces ¿qué?
—Son cinco años reduciéndome a tu copiloto incluso fuera de la cabina.
Su mandíbula se tensó.
—Eso no es justo.
—Nunca te diste cuenta de que estaba de vacaciones. No viste el formulario de ascenso debajo del regalo. Me compraste el mismo brazalete que a ella y todavía esperabas que lo recibiera como si fuera especial.
—Ese brazalete…
—No importa.
—Puedo explicarlo.
—Tampoco importa.
Se acercó.
—¿Cómo que no importa?
Respiré despacio.
—Porque ya no necesito saber cuál de las dos recibió primero el regalo.
Eso pareció asustarlo más que si hubiera gritado.
—¿Qué estás diciendo?
—Que me voy de esta casa.
Su rostro se endureció.
—¿Por una discusión?
—No.
Cerré la maleta.
—Por todo lo que dejé de ver mientras intentaba conservar esta relación.
Tham Ky Minh apoyó una mano sobre la maleta.
—No te vas.
Lo miré.
—Quita la mano.
—Gian Van.
—Quita la mano.
Algo en mi tono hizo que obedeciera.
La mañana de mi primer vuelo como capitana, llegué al aeropuerto antes del amanecer.

La tripulación de T028 me esperaba junto a la puerta de embarque.
El jefe Chu estaba allí.
También varios compañeros.
Cuando aparecí con el uniforme completo y mis nuevas insignias, alguien empezó a aplaudir.
Después otro.
Y otro.
—¡Capitana Gian!
Sonreí.
No había sentido aquella clase de orgullo en años.
Mi nuevo copiloto, Zhou Ren, me entregó el plan de vuelo.
—Es un honor volar con usted.
—El honor será mutuo si hacemos nuestro trabajo bien.
Estábamos revisando las condiciones meteorológicas cuando escuché una voz detrás de mí.
—Gian Van.
No necesitaba girarme.
Tham Ky Minh.
Llevaba su uniforme.
A su lado estaba Lam Chi San.
Ella también debía volar aquel día.
Cuando me volví, ambos miraron mis insignias.
Lam Chi San fue la primera en reaccionar.
—¿Capitana?
—Desde hoy.
Tham Ky Minh parecía completamente inmóvil.
—Pensé que todavía podíamos hablar.
—Tenemos cinco minutos antes de la reunión de tripulación.
—No hablo del trabajo.
—Yo sí.
Su expresión se oscureció.
—¿Así vas a terminar cinco años?
—No los estoy terminando hoy.
Lo miré directamente.
—Llevaban mucho tiempo terminándose.
Lam Chi San bajó la mirada.
Tham Ky Minh se acercó.
—Cuando vuelvas, hablaremos.
—Mi rotación dura doce días.
—Te esperaré.
—No hace falta.
Di media vuelta.
Entonces Lam Chi San habló.
—Gian Van.
Me detuve.
—El brazalete…
Casi reí.
—Quédatelo.
Su rostro se tensó.
—No fue como crees.
—Ya te dije que no importa.
Entré en la cabina.
La puerta se cerró detrás de mí.
Aquel sonido fue extrañamente definitivo.
Durante las siguientes dos semanas atravesé montañas, tormentas y aeropuertos que jamás había visitado como copiloto.
Tomé decisiones.
Dirigí a mi propia tripulación.
Escuché a pasajeros felicitarme después de aterrizajes difíciles.
Y cada día me sentía un poco menos como la mujer que había construido su vida alrededor de Tham Ky Minh.
Él me escribió cuarenta y siete veces.
No respondí.
Llamó doce.
No contesté ninguna.
Después comenzaron los mensajes de compañeros.
«El capitán Tham está preguntando cuándo regresas».
«Hoy discutió con Lam Chi San».
«Dicen que pidió cambiar su ruta».
Aquello sí me hizo detenerme.
Abrí el sistema interno.
Había una solicitud pendiente.
Tham Ky Minh había pedido ser transferido al corredor oeste.
La cerré sin reaccionar.
Dos días después, el jefe Chu me llamó.
—Tengo una situación.
—¿Qué pasó?
—Ky Minh solicitó entrar en T028.
Miré por la ventana del hotel.
—¿Se la aprobaron?
—No.
—Bien.
—Pero insistió en que quiere dejar el C919 si es necesario.
Eso sí me sorprendió.
Durante años, aquel avión había sido su orgullo.
Su obsesión.
—¿Por qué me cuenta esto?
El jefe Chu suspiró.
—Porque dijo que solo aceptará la transferencia si puede volar contigo.
Mi voz salió tranquila.
—Entonces rechácela.
—Gian…
—No necesito un copiloto que confunda una cabina con una reconciliación.
Hubo un silencio.
—Entendido.
Cuando regresé a Chengdu, Tham Ky Minh estaba esperando afuera de la zona de tripulaciones.
Parecía cansado.
—¿Por qué bloqueaste mi transferencia?
—No la bloqueé.
—Chu dijo…
—Pedí que cualquier asignación se decidiera por criterios profesionales.
—Quiero volar contigo.
—Yo ya no quiero volar contigo.
Sus ojos se enrojecieron.
—¿Tan fácil puedes borrarme?
Lo miré durante varios segundos.
—¿Fácil?
Me acerqué.
—Pasé cinco años rechazando ascensos porque quería permanecer a tu lado.
Su rostro cambió.
—¿Qué?
—Tres oportunidades.
—Nunca me dijiste.
—Nunca preguntaste.
El silencio entre nosotros se volvió pesado.
Entonces mi teléfono vibró.
Era una notificación interna de operaciones.
Abrí el mensaje.
Nueva asignación temporal.
Un vuelo internacional de prueba.
Mi nombre aparecía como comandante.
Y debajo, el nombre del copiloto.
No era Tham Ky Minh.
Sonreí apenas.
—Tengo que irme.
Él agarró suavemente mi muñeca.
—Gian Van, dime al menos si todavía me quieres.
La pregunta llegó demasiado tarde.
Antes de que pudiera responder, escuchamos unos pasos apresurados.
Lam Chi San apareció.
Tenía el rostro pálido.
—Ky Minh.
Él soltó mi muñeca.
—¿Qué?
Ella levantó su teléfono.
—El departamento de seguridad está revisando el vuelo 728.
Tham Ky Minh frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Lam Chi San me miró.
Y en ese instante supe que aquello sí tenía que ver conmigo.
—Encontraron una manipulación en el registro de tripulación —dijo—. Alguien cambió una asignación hace tres meses.
Sentí frío.
—¿Qué asignación?
Lam Chi San tragó saliva.
—La de Gian Van.
Tham Ky Minh se quedó inmóvil.
—No entiendo.
Ella bajó la voz.
—Ese vuelo debía ser suyo. Pero alguien utilizó tus credenciales para eliminarla de la ruta y ponerme a mí en su lugar.
Lo miré.
Toda la sangre desapareció de su rostro.
—Gian, yo nunca…
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un correo del departamento de seguridad.
Abrí el archivo adjunto.
Registro de acceso.
Hora.
Terminal.
Usuario.
THAM.KM.
Pero debajo aparecía otra línea.
ACCESO REMOTO AUTORIZADO DESDE DISPOSITIVO SECUNDARIO.
Y el número asociado a ese dispositivo no pertenecía a Tham Ky Minh.
Pertenecía a alguien que yo conocía muy bien.
Levanté lentamente la mirada hacia Lam Chi San.
Ella retrocedió.
Entonces comprendí que quizá la fotografía, el brazalete y la supuesta reconciliación con su antiguo amor no eran lo peor.
Porque alguien había estado manipulando mi carrera desde dentro de la aerolínea.
Y acabábamos de encontrar la primera prueba.