Elena no arrancó el automóvil de inmediato.
Las manos seguían sujetando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
A su lado, Diego abrazaba la caja de roles de canela.
—Mamá…
Ella giró lentamente.
—¿Sí, mi amor?
—¿Papá ya no quería desayunar con nosotros?
Aquella pregunta le desgarró el alma.
Lo abrazó con cuidado.
—No hiciste nada malo, campeón.
Nunca.
Diego asintió sin entender del todo.
Pero ya no volvió a sonreír.
Dentro de la base naval, Rafael seguía convencido de que todo estaba bajo control.
Camila hojeaba unos documentos mientras bebía café.
—¿Tu esposa ya dejó de sospechar?
Él soltó una risa despreocupada.
—Elena siempre confía.
—¿Y si aparece?
—No puede entrar sin autorización.
En ese instante sonó su teléfono.
Era el comandante administrativo.
—Capitán Castañeda, preséntese inmediatamente en la sala de juntas.
—¿Ahora?
—Ahora mismo.
El tono no admitía preguntas.
Mientras Rafael caminaba por el pasillo, Elena ya estaba en otra parte de la ciudad.
Había llegado a la sede de la Fundación Aranda.
Un edificio discreto, lejos de los reflectores.
Su hermano Santiago la esperaba junto a la sala de reuniones.
Al verla, comprendió que algo muy serio había ocurrido.
—¿Fue él?
Ella respondió con una sola mirada.
Santiago cerró los ojos.
—Entonces no hay vuelta atrás.
Entraron juntos.
Alrededor de la mesa había cinco personas.
Todos miembros del consejo directivo.
La Fundación Aranda financiaba desde hacía quince años becas para hijos de militares caídos, rehabilitación de veteranos y programas educativos dentro de distintas instalaciones navales.
Nadie fuera del alto mando conocía el verdadero origen del dinero.
Porque Elena nunca permitió que apareciera su apellido.
—Necesito suspender todos los apoyos vinculados al capitán Rafael Castañeda y a la consultora Camila Duarte —dijo.
Uno de los consejeros levantó la vista.
—Eso afectará varios proyectos.
—Lo sé.
—¿Existe una causa legal?
Elena respiró profundamente.
—Todavía no.
Pero pronto existirá.
A las once y cuarenta y cinco, Rafael entró en la sala de juntas de la base.
No estaba el comandante.
Estaba el vicealmirante Herrera.
Y junto a él, el director de asuntos institucionales.
Algo no iba bien.
—Capitán…
—Mi almirante.
—Siéntese.
Herrera dejó una carpeta sobre la mesa.
—Acabamos de recibir una notificación oficial.
Rafael permaneció en silencio.
—La Fundación Aranda retiró, con efecto inmediato, todo financiamiento relacionado con los programas que usted coordina.
Rafael abrió los ojos.
—¿Qué?
—También canceló la remodelación del centro de apoyo familiar.

El laboratorio de simulación.
Y las becas del próximo semestre.
El capitán sintió un vacío en el estómago.
Aquellos proyectos representaban años de trabajo.
—¿Cuál fue el motivo?
Herrera sostuvo su mirada.
—Eso mismo queremos preguntarle nosotros.
Camila recibió la noticia veinte minutos después.
Su contrato como consultora externa acababa de quedar suspendido.
Corrió hasta la oficina de Rafael.
—¿Qué está pasando?
Él negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
Pero ambos sabían perfectamente quién podía haber provocado aquel movimiento.
Elena.
Mientras tanto, Diego permanecía sentado en el despacho de su tío Santiago.
Dibujaba un barco azul sobre una hoja blanca.
Sin levantar la cabeza preguntó:
—¿Mi papá ya no nos quiere?
Santiago tardó varios segundos en responder.
—Tu papá siempre será tu papá.
El niño siguió coloreando.
—Entonces… ¿por qué abrazaba a otra señora?
El adulto sintió un nudo en la garganta.
No encontró ninguna respuesta capaz de proteger a un niño de ocho años.
A media tarde, Rafael decidió ir directamente a casa.
Necesitaba hablar con Elena.
Pero al llegar encontró el portón abierto y varios empleados embalando cuadros, documentos y computadoras.
—¿Qué significa esto?
El administrador de la propiedad respondió con respeto.
—Instrucciones de la señora Elena.
—¡Esta es mi casa!
El hombre vaciló.
—En realidad, capitán…
Sacó una carpeta.
—La propiedad está registrada únicamente a nombre de la señora Elena Aranda.
Rafael quedó completamente inmóvil.
Durante doce años había vivido allí convencido de que aquella residencia era parte del patrimonio familiar.
Jamás preguntó de quién era realmente.
Entró apresurado buscando a su esposa.
Solo encontró una carta sobre la mesa del comedor.
La abrió.
Era breve.
“Los roles de canela siguen en el coche. Diego ya no quiso dártelos.”
“No voy a discutir contigo.”
“Esta vez hablarán los hechos.”
No había insultos.
No había amenazas.
Solo una firma.
Elena.
En ese momento sonó nuevamente su teléfono.
Era un número desconocido.
Contestó.
—¿Capitán Rafael Castañeda?
—Sí.
—Le habla el órgano interno de control.
Necesitamos que se presente mañana a las ocho de la mañana.
Hay una revisión extraordinaria sobre varios convenios firmados por usted y por la consultora Camila Duarte.
Rafael sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Revisión por qué motivo?
La voz respondió con absoluta frialdad.
—Porque hace una hora recibimos un expediente anónimo con documentos, transferencias y fotografías que sugieren un posible conflicto de interés.
La llamada terminó.
Rafael permaneció inmóvil.
No sabía qué lo aterraba más.
Perder a Elena.
Perder su carrera.
O descubrir que quien había enviado aquel expediente… conocía movimientos que solo dos personas en toda la base podían haber visto.