PARTE 2: LA ÚLTIMA TRANSFERENCIA LOS HIZO CREER QUE HABÍAN GANADO, PERO CADA DÓLAR ROBADO LOS ACERCÓ AL DÍA QUE LO PERDERÍAN TODO

Elena no respondió de inmediato.

Observó a Clara —todavía con el labio partido, un hematoma formándose bajo el ojo izquierdo y el brazo conectado al suero— como si intentara decidir si el golpe le había nublado el juicio.

—¿Qué significa “dejar que roben una cosa más”? —preguntó finalmente.

Clara respiró despacio.

—Durante seis semanas han desviado dinero poco a poco. Nunca cantidades tan grandes como para despertar sospechas inmediatas.

Elena asintió.

Ya conocía parte del expediente.

—Pero mañana…

Clara tomó la memoria USB.

—Mañana harán el movimiento grande.

El oficial que permanecía junto a la puerta intervino.

—¿Cómo puede estar tan segura?

—Porque yo preparé la contabilidad de esa empresa durante ocho años.

Miró directamente al policía.

—Y porque Derek sigue creyendo que soy demasiado estúpida para entender sus propios libros contables.


Mientras tanto, en la residencia, Derek limpiaba con tranquilidad las pequeñas gotas de sangre que habían quedado sobre el piso del dormitorio.

Marlene apareció con una copa de vino en la mano.

—¿La encontraron?

—No todavía.

Ella sonrió.

—Volverá.

—No esta vez.

Derek abrió la caja fuerte del despacho.

Dentro había varios contratos y una carpeta marcada como Proyecto Atlas.

La colocó sobre el escritorio.

—Mañana transferimos el resto.

Marlene levantó la copa.

—Y cuando el dinero salga del país…

—La empresa quebrará oficialmente.

—Y todos creerán que fue culpa de ella.

Los dos rieron.

Ninguno imaginaba que, en ese mismo instante, cada una de sus palabras estaba siendo respaldada por horas de grabaciones, documentos bancarios y registros digitales.


A las siete de la mañana, la oficina central de la constructora comenzó a llenarse.

Los inversionistas llegaban uno tras otro.

Los abogados preparaban contratos.

Los auditores externos esperaban en la sala de juntas.

Derek caminaba por los pasillos con la confianza de quien se siente intocable.

—¿Dónde está Clara? —preguntó uno de los socios.

Él fingió preocupación.

—Tuvo una crisis emocional durante la madrugada.

Ha desaparecido.

Todos bajaron la mirada con aparente compasión.

—Pobrecita.

Derek suspiró.

—Llevo meses intentando ayudarla.

Marlene añadió con expresión solemne:

—Después de la muerte de su padre nunca volvió a ser la misma.

La mentira sonaba perfecta.

Hasta conmovedora.


En el hospital, Elena recibió una llamada.

Era un especialista en delitos financieros.

—Licenciada Ruiz.

Ya analizamos la documentación.

—¿Y?

—La falsificación de firmas es mucho peor de lo que pensábamos.

Clara levantó inmediatamente la cabeza.

El hombre continuó.

—No hablamos solo de fraude societario.

Hay indicios de lavado de dinero y evasión fiscal.

Clara cerró los ojos.

Exactamente como sospechaba.


A las once y veinte de la mañana, Derek autorizó la operación.

Una transferencia internacional por tres millones novecientos veinte mil dólares.

El director financiero dudó.

—¿La señora Clara ya aprobó el movimiento?

Derek mostró una autorización firmada.

—Aquí está.

El hombre observó el documento apenas unos segundos.

No encontró nada extraño.

Tecleó la clave.

La operación quedó programada.

En cuanto el dinero abandonara la cuenta…

Ya no habría forma sencilla de recuperarlo.

Derek sonrió satisfecho.

—Por fin.


En el hospital, el teléfono de Elena vibró exactamente tres minutos después.

Miró la pantalla.

Después miró a Clara.

—Lo hicieron.

Clara sonrió por primera vez desde la agresión.

—Perfecto.

El oficial no entendía.

—¿Perfecto?

Ella asintió lentamente.

—Necesitábamos que terminaran el delito.

—¿Por qué esperar?

Clara sostuvo la memoria USB entre los dedos.

—Porque intento de fraude y fraude consumado no tienen las mismas consecuencias.

El policía guardó silencio.

Comenzaba a comprender.


Una hora después, Derek convocó una conferencia con los accionistas.

—Lamentablemente, la empresa atraviesa dificultades financieras inesperadas.

Algunos comenzaron a murmurar.

—Pero ya estamos tomando medidas.

En ese momento, la puerta de la sala de juntas se abrió.

No era un empleado.

Ni un cliente.

Entró Elena Ruiz acompañada por dos auditores forenses y varios agentes especializados en delitos financieros.

Derek dejó de hablar.

Marlene sintió un escalofrío.

Elena dejó una carpeta sobre la mesa.

—Buenos días.

Venimos a revisar varias operaciones realizadas esta mañana.

Derek recuperó rápidamente la compostura.

—No tienen autorización para entrar así.

Elena sonrió.

—La tenemos.

Y bastante amplia.

Sacó una orden firmada por un juez.

El silencio cayó sobre toda la sala.


Los auditores comenzaron inmediatamente a revisar computadoras, servidores y contratos.

Uno de ellos levantó la vista apenas diez minutos después.

—Encontré la autorización de la transferencia.

Elena tomó el documento.

Lo comparó con otro.

Después miró directamente a Derek.

—Curioso.

—¿Qué?

—La firma de Clara aparece aquí.

Él sonrió con suficiencia.

—Exactamente.

Ella dejó ambos papeles uno junto al otro.

—El problema es que…

Sacó un tercer documento.

Era el registro del hospital.

Con fecha y hora.

A las 11:20 de esa mañana, Clara seguía ingresada, bajo vigilancia médica, después de denunciar una agresión.

Elena sostuvo la supuesta autorización frente a todos.

Resulta bastante difícil firmar una transferencia internacional desde una cama de hospital mientras la policía fotografía las lesiones provocadas por su esposo.

Los murmullos estallaron alrededor de la mesa.

Derek perdió el color.

Pero el golpe definitivo llegó cuando uno de los agentes recibió una llamada por radio.

Escuchó unos segundos.

Luego miró directamente a Elena.

—Licenciada…

La transferencia acaba de cruzar la última validación internacional.

Ya salió completamente del país.

Elena cerró lentamente la carpeta.

Miró a Derek con absoluta serenidad.

—Perfecto.

Ahora ya no estamos investigando una tentativa.

Acaban de convertir cuatro millones de dólares en la prueba más contundente del caso.

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