Mariana retrocedió un paso, apretando con fuerza la mano de Sofía.
La niña estaba completamente inmóvil.
Su respiración era tan rápida que apenas podía mantenerse en pie.
Del otro lado de la puerta volvió a escucharse la misma voz.
—Mariana, por favor. No tengo mucho tiempo. Si abres dentro de los próximos treinta segundos, todavía puedo ayudarte.
Ella no respondió.
Tomó el teléfono con una mano temblorosa y escribió un mensaje al 911, compartiendo su ubicación antes incluso de llamar.
Después abrió discretamente la aplicación de las cámaras exteriores.
La imagen tardó unos segundos en aparecer.
Frente a la puerta no había un desconocido encapuchado.
Había un hombre de unos cincuenta años, traje gris, cabello entrecano y un portafolio negro.
No parecía un ladrón.
Parecía un abogado.
Pero eso no significaba que fuera menos peligroso.
—¿Quién es usted? —preguntó Mariana sin abrir.
El hombre respiró hondo.
—Me llamo Arturo Salgado.
—No lo conozco.
—Lo sé. Pero conozco muy bien a su esposo.
Sofía levantó la cabeza de inmediato.
—Mamá… esa no es la voz del señor con el que hablaba papá.
Mariana sintió un leve alivio.
Si la niña tenía razón, el hombre de afuera no era quien había escuchado la noche anterior.
—¿Qué quiere?
Arturo bajó ligeramente la voz.
—Si Diego le escribió que no abriera la puerta, significa que ya descubrió que yo llegué antes que la otra persona. Eso nos deja muy poco tiempo.
Aquellas palabras helaron la sangre de Mariana.
—¿Qué otra persona?
El hombre no respondió directamente.
Solo levantó una credencial frente a la cámara.
Era una licencia profesional.
Después mostró otra identificación.
Investigador privado.
Mariana frunció el ceño.
—¿Quién lo contrató?
—Hace tres semanas… su propio esposo.
La respuesta cayó como un balde de agua helada.
Mariana abrió apenas unos centímetros la puerta, manteniendo puesta la cadena de seguridad.
Arturo deslizó lentamente una carpeta por la abertura.
—No confíe en mí todavía.
—Entonces, ¿por qué está aquí?
—Porque hace cuarenta y ocho horas dejé de trabajar para Diego.
Mariana no apartaba la vista de sus manos.
Necesitaba comprobar que no llevaba ningún arma.
—Explíquese.
Arturo asintió.
—Su esposo me contrató para investigar sus movimientos.
—¿Los míos?
—Durante casi un mes.
Mariana sintió un nudo en el estómago.
El investigador abrió la carpeta.
Había fotografías.
Ella llevando a Sofía a la escuela.
Comprando medicamentos.
Entrando al banco.
Visitando la clínica.
Cada imagen tenía fecha y hora.
—¿Por qué hizo esto?
—Porque era mi trabajo.
—¿Y por qué ahora viene a entregármelo?
El hombre bajó la mirada.
—Porque hace dos noches Diego quiso cambiar el objetivo de la investigación.
Mariana dejó de respirar.
—¿Cambiarlo cómo?
Arturo habló despacio.
—Ya no quería saber dónde estaba usted.
Quería saber cuándo estaría completamente sola.

El silencio que siguió fue insoportable.
En ese momento sonó otro mensaje en el teléfono de Mariana.
Era Diego.
“Amor, por favor, no escuches a nadie. Solo espera a que regrese mañana. Todo tiene explicación.”
Casi inmediatamente llegó otro.
“Si alguien toca la puerta, llama a la policía.”
Arturo sonrió con tristeza.
—Eso significa que sabe perfectamente quién soy.
—¿Por qué me está ayudando?
El investigador respiró profundamente.
—Porque tengo una hija de ocho años.
Miró a Sofía.
—Y anoche entendí que, si seguía aceptando ese trabajo, podía convertirme en cómplice de algo que jamás podría perdonarme.
Antes de que Mariana pudiera hacer otra pregunta, el teléfono de Arturo comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió de inmediato.
—Es él.
Contestó.
Activó el altavoz.
La voz de Diego sonó tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿Ya terminó?
Arturo improvisó.
—Estoy llegando.
—Perfecto.
Hubo una breve pausa.
Después Diego añadió algo que hizo que Mariana abrazara instintivamente a Sofía.
—Asegúrate de que no quede ningún testigo incómodo cuando todo termine.
La llamada se cortó.
Nadie habló durante varios segundos.
Sofía rompió a llorar por primera vez desde la mañana.
Mariana la abrazó con todas sus fuerzas.
Ya no había espacio para las dudas.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Arturo levantó la mano.
—No puedo quedarme cuando llegue la policía.
—¿Por qué?
—Porque todavía estoy vinculado oficialmente al caso.
Sacó una memoria USB del bolsillo interior del saco.
—Aquí está todo.
Grabaciones.
Correos electrónicos.
Órdenes de seguimiento.
Conversaciones.
Y algo más.
Mariana tomó el dispositivo.
—¿Qué más?
Arturo la miró fijamente.
—Un video que Diego nunca supo que quedó respaldado automáticamente.
—¿Qué aparece?
—Una reunión ocurrida hace cinco días.
Diego no estaba solo.
Había otras dos personas.
Y hablaban precisamente de esa póliza de tres millones de pesos.
Las patrullas llegaron menos de un minuto después.
Arturo dio dos pasos hacia atrás.
—Una última cosa.
Mariana lo observó.
—Revise cuidadosamente la fecha en que contrataron ese seguro.
Ella abrió nuevamente la copia de la póliza.
Buscó la fecha.
Y sintió que el corazón se detenía.
Había sido emitida apenas cuatro días antes.
Pero eso no era lo extraño.
Lo realmente aterrador era el nombre del agente que autorizó el contrato.
Mariana conocía perfectamente a esa persona.
Era Ricardo Fuentes.
El mejor amigo de Diego.
Y también…
el padrino de bautizo de Sofía.
En ese instante, una camioneta negra sin placas dobló lentamente la esquina y se detuvo frente a la casa.
Dos hombres permanecieron dentro sin bajar del vehículo.
Arturo perdió el color del rostro.
Retrocedió un paso.
Y murmuró apenas lo suficiente para que Mariana pudiera escucharlo:
—Ellos no venían por usted… venían por la memoria USB.