Miré aquella pequeña grabadora durante varios segundos.
De pronto recordé por qué la había encendido.
Horas antes de que Elena apareciera en nuestra casa, había recibido un mensaje desde un número desconocido.
«Elena piensa ir a verte esta tarde. No discutas con ella. Graba todo.»
No sabía quién lo había enviado.
Pero después de tres años viendo cómo aquella mujer aparecía cada vez que Gabriel y yo conseguíamos acercarnos un poco, decidí hacer caso.
El doctor Wells dejó la grabadora sobre la mesa.
—La policía preguntó por ella.
Levanté la mirada.
—¿La policía?
—Una lesión como la suya requiere documentación. Y usted llegó inconsciente.
Mi voz salió tranquila.
—Entonces quiero presentar cargos.
Adrian hizo una pausa.
—¿Contra su esposo?
—Contra cualquiera que resulte responsable.
No quería únicamente destruir a Gabriel.
Quería saber por qué Elena había ido a mi casa aquel día.
El doctor llamó al investigador encargado del caso.
Cuarenta minutos después, el detective Marcus Reed estaba sentado junto a mi cama mientras una enfermera conectaba la grabadora a una computadora.
Gabriel seguía en el hospital.
Cuando supo que íbamos a escucharla, exigió estar presente.
No me opuse.
Quería verle la cara.
La grabación comenzó con sonidos normales.
Mis pasos.
Un vaso sobre la mesa.
Después, el timbre.
Mi propia voz:
—Elena, ¿qué haces aquí?
Su respuesta fue completamente diferente a la mujer temblorosa que Gabriel había encontrado después.
—Vine a darte una última oportunidad.
Gabriel frunció el ceño.
La grabación continuó.
—¿Una oportunidad para qué?
—Para desaparecer.
Silencio.
Luego Elena soltó una pequeña risa.
—Gabriel nunca te amó, Clara.
—Entonces no necesitas venir a convencerme.
—Necesito que firmes el divorcio.
—Eso es asunto de Gabriel y mío.
La voz de Elena cambió.
—No entiendes nada. Si no te vas voluntariamente, haré que él mismo te eche.
Gabriel se puso de pie.
—No…
El detective levantó una mano.
—Escuche.
Entonces llegó el momento que lo cambió todo.
Se escuchó un golpe.
Después mi voz:
—¿Qué estás haciendo?
Elena respondió:
—Necesito algo convincente.
Otro sonido.
Como metal rozando una superficie.
Y después:
—Con esto bastará.
Yo recordaba perfectamente aquella escena.
Elena había sacado una pequeña cuchilla de manicura de su bolso y se había hecho el rasguño en el brazo.
Ella misma.
Gabriel cerró los ojos.
Pero la grabación todavía no había terminado.
Mi voz volvió a escucharse:
—Estás enferma.
—No. Conozco a Gabriel.
Elena rio.
—Si entro llorando y digo que me atacaste, ni siquiera te preguntará.
La habitación quedó completamente silenciosa.
Miré a Gabriel.
Él parecía incapaz de respirar.
—Clara…
No contesté.
Entonces, desde la grabadora, se escuchó el timbre de mi casa.
Gabriel llegando.
Y Elena empezó a llorar.
La transformación fue escalofriante.

Segundos antes hablaba tranquila.
Ahora parecía aterrorizada.
—¡Gabriel!
Después escuchamos su acusación.
Mi intento de explicarme.
La voz de Gabriel exigiendo respuestas.
Y finalmente el caos.
El detective detuvo la reproducción antes de que continuara.
—Es suficiente.
Gabriel estaba completamente blanco.
—Ella sabía…
Lo miré.
—Sí.
—Ella sabía que yo…
—Sabía exactamente qué clase de hombre eras cuando se trataba de ella.
Aquello pareció destruirlo más que cualquier insulto.
Porque era verdad.
Elena había preparado la mentira.
Pero Gabriel había elegido qué hacer con ella.
Nadie lo obligó.
Nadie controló su mano.
El detective guardó una copia de la grabación.
—Necesitaremos entrevistar a la señorita Moore.
Gabriel levantó la cabeza.
—Yo la encontraré.
—No —dijo Reed—. Usted no contactará con ella.
—Pero…
—Señor Cross, usted también forma parte de esta investigación.
Gabriel se quedó inmóvil.
Por primera vez parecía comprender que su apellido y su dinero quizá no pudieran arreglar aquello.
Esa misma tarde Elena desapareció.
Su apartamento estaba vacío.
Su teléfono apagado.
Y su automóvil apareció abandonado en el estacionamiento del aeropuerto.
Pero no había registro de que hubiera tomado ningún vuelo.
Gabriel movilizó investigadores privados.
Yo contraté a mi propio abogado.
Y presenté oficialmente la solicitud de divorcio.
Dos días después, Gabriel recibió los documentos dentro del hospital.
Entró en mi habitación sosteniéndolos.
—No voy a firmar.
—No necesito tu permiso para querer salir de este matrimonio.
—Clara, dame una oportunidad.
Lo miré.
—Te di tres años.
—Estaba ciego.
—No.
Negué lentamente.
—Estabas dispuesto a creer lo peor de mí porque resultaba más fácil que dudar de Elena.
Gabriel bajó la cabeza.
—Déjame arreglarlo.
—Hay cosas que no pueden arreglarse.
Miró mi abdomen vendado.
No volvió a insistir.
Cuando llegó a la puerta, dije:
—Gabriel.
Se volvió inmediatamente.
—Prometí darte tres días para descubrir la verdad.
—Lo sé.
—Te queda uno.
Su expresión cambió.
—¿Qué más quieres saber?
—Por qué Elena estaba tan desesperada por separarnos.
Gabriel frunció el ceño.
—Porque me quería.
—Eso es lo que ella quería que pensaras.
Aquella noche recibí otro mensaje del número desconocido.
Sólo contenía una dirección.
Y una frase.
«Si quieres saber por qué Elena necesitaba destruir tu matrimonio, busca la cuenta 7719.»
Se lo mostré al detective Reed.
A la mañana siguiente localizaron la cuenta.
No pertenecía a Elena.
Pertenecía a una empresa fantasma registrada en Delaware.
Durante tres años había recibido transferencias procedentes de varias subsidiarias del Grupo Cross.
En total:
8,4 millones de dólares.
Cuando Gabriel vio la cifra, dejó de hablar.
—Yo nunca autoricé esto.
Su equipo financiero comenzó una auditoría inmediata.
Al caer la noche encontraron algo peor.
Cada transferencia había sido aprobada usando las credenciales personales de Gabriel.
Y la persona que había accedido al sistema conocía sus contraseñas, sus horarios y hasta las preguntas de seguridad.
—Elena —murmuró Gabriel.
Pero yo no estaba convencida.
Entonces Reed recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Después me miró.
—Encontramos a Elena.
Gabriel se levantó.
—¿Dónde?
—En una propiedad a nombre de la empresa fantasma.
La policía había registrado el lugar.
Encontraron documentos financieros.
Pasaportes.
Teléfonos desechables.
Y una computadora.
Pero Elena no estaba sola.
Había otra persona.
Alguien que había trabajado durante años dentro del Grupo Cross.
Reed giró su computadora hacia nosotros.
—Recuperamos un archivo de audio eliminado.
Presionó reproducir.
Primero escuchamos a Elena.
—Gabriel hará exactamente lo que siempre hace. Me creerá.
Luego respondió una voz masculina.
Gabriel dejó de respirar.
Yo nunca había escuchado a aquel hombre hablar personalmente.
Pero Gabriel sí.
Lo supe porque se agarró al borde de la mesa.
—No puede ser…
La voz continuó:
—Una vez que Clara desaparezca, él estará emocionalmente destruido. Entonces podremos terminar las transferencias sin que revise nada.
Elena preguntó:
—¿Y si ella sobrevive?
El hombre respondió con absoluta tranquilidad:
—Entonces asegúrate de que Gabriel sea quien cargue con la culpa.
Reed detuvo el audio.
Gabriel parecía haber envejecido diez años.
—¿Reconoce esa voz?
Él tardó varios segundos en responder.
Finalmente levantó la mirada hacia mí.
—Sí.
Su voz se quebró.
—Es mi padre.