PARTE 2: LA MEMORIA USB QUE MI NIETO ESCONDIÓ EN SU BOLSILLO REVELÓ POR QUÉ MI HIJA NO HABÍA LLEGADO A MI BODA Y QUÉ PLANEABA PATRICIA HACER DESPUÉS DE CASARSE CONMIGO.

Patricia extendió la mano hacia Mateo.

—Ven conmigo, corazón. Tu abuelo necesita prepararse.

Mateo se aferró inmediatamente a mi pantalón.

—No.

Nunca había escuchado a mi nieto decir aquella palabra con tanto miedo.

Guardé la memoria USB dentro del bolsillo interior de mi saco.

—Patricia, necesito cinco minutos.

Su sonrisa permaneció intacta.

—Ernesto, tenemos ciento veinte invitados esperando.

—Cinco minutos.

Entonces sus ojos bajaron hacia mi bolsillo.

Fue apenas un segundo.

Pero lo vi.

Patricia sabía exactamente qué acababa de entregarme Mateo.

—¿Qué te dio? —preguntó.

—Un juguete.

—Parecía una memoria.

La miré fijamente.

Su sonrisa desapareció por primera vez.

—¿Por qué te interesa?

Antes de que respondiera, Teresa apareció al final del pasillo.

Venía caminando rápido.

Sin maquillaje.

Sin vestido de fiesta.

Y con una expresión que me heló la sangre.

—Ernesto.

—¿Dónde está Lucía?

Teresa miró a Patricia antes de contestar.

—En mi casa.

—¿Por qué?

—Porque esta mañana la encontré prácticamente inconsciente en su departamento.

Sentí que el ruido del salón desaparecía.

—¿Qué?

Patricia soltó una exclamación perfectamente ensayada.

—¡Dios mío! ¿Está bien?

Teresa la miró con un desprecio que nunca le había visto.

—Qué curioso que preguntes.

Patricia palideció.

Tomé a Mateo en brazos.

—Explícame qué pasó.

Teresa sacó su teléfono.

—Lucía me llamó anoche. Apenas podía hablar. Me pidió que fuera por Mateo. Cuando llegué, estaba mareada, confundida y casi no podía mantenerse despierta.

—¿La llevaste al hospital?

—Sí. Pero se negó a quedarse porque tenía miedo de que alguien fuera por Mateo.

Miré al niño.

Su cabeza descansaba contra mi hombro.

—¿Alguien?

Teresa señaló mi bolsillo.

—Mira primero lo que te dio.

Patricia dio un paso hacia nosotros.

—Esto es ridículo. Ernesto, tu hija lleva meses intentando destruir nuestra relación.

No contesté.

Entré en una pequeña oficina administrativa del hotel con Teresa y Mateo.

Patricia intentó seguirnos.

Cerré la puerta frente a ella.

—Ernesto.

Golpeó una vez.

—¡No puedes hacerme esto diez minutos antes de nuestra boda!

No respondí.

Había una computadora sobre el escritorio.

Saqué la memoria.

Mis dedos temblaban cuando la conecté.

Aparecieron cuatro carpetas.

FOTOS.

DOCUMENTOS.

AUDIOS.

SI ALGO ME PASA.

Sentí que el estómago se me cerraba.

Abrí la última.

Había un video grabado por Lucía.

Mi hija apareció frente a la cámara con el cabello recogido y unas profundas ojeras.

La fecha era de hacía seis días.

—Papá, si estás viendo esto, significa que no conseguí hablar contigo antes de la boda.

Me quedé sin respirar.

—Sé que vas a pensar que estoy exagerando. Sé que Patricia lleva meses diciéndote que estoy celosa porque vas a rehacer tu vida. Por eso dejé de intentar convencerte y empecé a guardar pruebas.

Teresa me tomó del brazo.

Lucía continuó.

—Hace cuatro meses descubrí que Patricia estaba preguntando por tus propiedades.

Fruncí el ceño.

Yo poseía una empresa de transporte, dos bodegas y varios inmuebles que había comprado durante treinta años de trabajo.

Nunca había ocultado aquello.

Pero tampoco hablaba de dinero con Patricia.

—Al principio pensé que era normal —continuó Lucía—. Hasta que encontré correos enviados desde una cuenta que ella dejó abierta en tu computadora.

Abrí la carpeta DOCUMENTOS.

Había capturas.

Una conversación con un despacho jurídico.

Otra con una inmobiliaria.

Después apareció un borrador.

PODER GENERAL.

Mi nombre figuraba arriba.

Patricia aparecía como representante.

—Yo jamás firmé esto.

Teresa respondió:

—Sigue leyendo.

La siguiente carpeta contenía fotografías de documentos con firmas que parecían mías.

Demasiado parecidas.

Había copias de mi identificación.

Estados de cuenta.

Escrituras.

Hasta información sobre mi seguro de vida.

Sentí un frío terrible.

Entonces abrí AUDIOS.

La voz de Patricia llenó la habitación.

—Después de la boda será más sencillo.

Una voz masculina respondió:

—Mientras Aguilar firme el poder.

Reconocí aquella voz.

Tardé varios segundos en aceptar de quién era.

Mauricio Robles.

El hermano de Patricia.

El hombre que ella me había presentado como un empresario inmobiliario.

—¿Y la hija? —preguntó Mauricio.

Patricia soltó una pequeña risa.

—Lucía es el único problema.

Mi cuerpo se tensó.

La grabación continuó.

—Ya sospecha demasiado. Pero Ernesto cree que está celosa. Mientras siga pensando eso, estamos bien.

Cerré los ojos.

Recordé todas las discusiones.

Lucía diciéndome:

—Papá, algo no me gusta de Patricia.

Y yo respondiendo:

—No tienes derecho a decidir con quién rehago mi vida.

Cada advertencia de mi hija había terminado convirtiéndose en una discusión.

Ahora entendía por qué.

Patricia no necesitaba que yo desconfiara de Lucía para siempre. Sólo necesitaba que desconfiara de ella hasta después de la boda.

Golpearon nuevamente la puerta.

—Ernesto —gritó Patricia—. Los invitados están preguntando qué ocurre.

Ignoré su voz.

Había otro audio.

Esta vez escuché a Lucía.

—¿Qué pusiste en mi café?

Después la voz de Patricia.

—No empieces otra vez.

—Me siento rara.

—Estás cansada.

Se escuchó un golpe.

Luego la grabación terminó.

Miré a Teresa.

—¿Cuándo fue esto?

—Ayer.

Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

Mateo levantó la cabeza.

—Ella le dio la taza a mamá.

Me agaché frente a él.

—¿Tú lo viste?

Asintió.

—Mamá dijo que sabía feo.

Tuve que apartarme.

Teresa tomó mi teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

—Ya lo hice.

Me miró sorprendida.

Mientras escuchábamos los audios había enviado silenciosamente nuestra ubicación y explicado que existían posibles documentos falsificados y una grabación relacionada con lo ocurrido a Lucía.

Pero antes de guardar el teléfono recibí una llamada.

Era mi hija.

Contesté inmediatamente.

—Lucía.

Su respiración sonaba débil.

—Papá… ¿Mateo está contigo?

—Sí. Está seguro.

Escuché cómo soltaba el aire.

—Gracias a Dios.

—Encontré la memoria.

Silencio.

Entonces empezó a llorar.

—Perdóname.

—No tienes nada que perdonar. El que no quiso escucharte fui yo.

Del otro lado de la puerta comenzó a escucharse movimiento.

Voces.

Pasos.

Patricia gritaba mi nombre.

Salí al pasillo.

Los invitados comenzaban a abandonar el salón para ver qué ocurría.

Margaret, una de las damas de honor, sostenía el ramo de Patricia.

El mariachi había dejado de tocar.

Patricia vino directamente hacia mí.

—¿Qué demonios estás haciendo?

—La boda terminó.

Ciento veinte personas quedaron en silencio.

Su rostro cambió.

Ya no parecía la mujer amable que había conocido durante dos años.

—No puedes cancelar todo por las mentiras de una niña resentida.

—Esa “niña” es mi hija.

—Y yo iba a ser tu esposa.

—Ya no.

Patricia miró hacia la salida.

Fue entonces cuando escuchamos las primeras sirenas.

Su rostro perdió el color.

Pero ocurrió algo extraño.

No intentó escapar.

Sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Segura.

Luego se acercó lo suficiente para que sólo yo pudiera escucharla.

—Llegaste tarde, Ernesto.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Patricia inclinó ligeramente la cabeza.

—La memoria que tienes era la copia.

Mi corazón golpeó contra mis costillas.

—¿Copia de qué?

Sacó lentamente su teléfono.

En la pantalla había una fotografía tomada aquella misma mañana.

Era un documento.

En la última página aparecía mi nombre.

Y debajo…

una firma idéntica a la mía.

—Patricia, ¿qué hiciste?

Las puertas principales se abrieron y entraron dos policías.

Pero Patricia seguía mirándome.

—Tu hija descubrió casi todo.

Hizo una pausa.

—Lo que nunca descubrió fue quién de tu propia familia me ayudó a hacerlo.

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