PARTE 2: PENSÉ QUE VOLVER A ENCONTRAR AL HOMBRE DE LA CAMIONETA SERÍA MI MAYOR VERGÜENZA, HASTA QUE SU MADRE REVELÓ POR QUÉ TRISTÁN BELLAMY HABÍA REGRESADO REALMENTE AL HOSPITAL.

Sentí que el calor me subía hasta las orejas.

Eleanor miró alternativamente a su hijo y a mí.

—¿Ustedes se conocen?

—No —respondí demasiado rápido.

Tristán arqueó una ceja.

—Brevemente.

Quise desaparecer.

—Fue un error con un vehículo —expliqué—. Nada importante.

—Durmió casi veinte minutos.

Lo fulminé con la mirada.

Eleanor soltó una carcajada.

—Ahora definitivamente quiero escuchar esta historia.

—Mamá.

La sola palabra bastó para que Eleanor sonriera todavía más.

Yo respiré hondo y regresé a mi trabajo.

—Señora Bellamy…

—Eleanor.

—Eleanor, necesito revisar su presión.

Durante los siguientes minutos intenté ignorar a Tristán.

No fue fácil.

Permanecía junto a la ventana, contestando mensajes mientras observaba discretamente cada movimiento que yo hacía.

Cuando terminé, Eleanor me tomó de la muñeca.

—¿Vuelves esta tarde?

—Sí.

—Perfecto.

Luego señaló a su hijo.

—Y tú deja de asustar a mi enfermera.

—No la estoy asustando.

Lo miré.

—Estoy considerando esconderme en otro piso.

Por primera vez vi a Tristán reír de verdad.

Fue breve.

Pero transformó completamente su rostro.

Salí de la habitación antes de cometer el error de seguir mirándolo.

Pensé que aquello terminaría allí.

Me equivocaba.

Durante los dos días siguientes, Tristán apareció todas las mañanas.

Siempre puntual.

Siempre impecable.

Siempre llevando flores o algo para Eleanor.

Nunca intentó interferir mientras yo trabajaba.

Pero empezamos a hablar.

Primero fueron frases pequeñas.

Después conversaciones.

Descubrí que Bellamy no era sólo un apellido rico.

Tristán dirigía Bellamy Holdings, un conglomerado valorado en miles de millones de dólares.

Lo descubrí cuando una compañera casi dejó caer su café al verlo salir de la habitación.

—Bianca, ¿sabes quién es?

—El hijo de mi paciente.

—Ese hombre podría comprar medio hospital.

Eso debería haber creado distancia.

Curiosamente, hizo lo contrario.

Porque cuando estábamos dentro de aquella habitación, Tristán no parecía un multimillonario.

Parecía simplemente un hijo preocupado por su madre.

La tarde del viernes encontré a Eleanor dormida.

Tristán estaba sentado junto a ella leyendo unos informes.

—Está estable —susurré.

Él cerró la carpeta.

—Gracias.

—Sólo hago mi trabajo.

—No hablaba únicamente de eso.

Me detuve.

—Mi madre lleva meses evitando esta operación —continuó—. Desde que llegaste, dejó de discutir con todo el mundo.

Sonreí.

—La amenacé con gelatina de hospital durante una semana.

—Cruel.

—Tenemos métodos sofisticados.

Su mirada se suavizó.

Entonces sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta.

Mi tarjeta de identificación del hospital.

Abrí mucho los ojos.

—¿Dónde encontró eso?

—En mi camioneta.

Me llevé una mano al cuello.

Había solicitado otra después de perderla.

—Pensé que se había caído en la calle.

—La encontré después de que huiste.

Extendió la tarjeta.

Cuando fui a tomarla, se detuvo.

—Por cierto, eso explica cómo sabía tu nombre.

Lo miré.

—¿Estaba esperando que creyera que investigó a la mujer extraña que invadió su coche?

—Consideré dejarte creerlo.

Solté una risa.

Entonces nuestros dedos tocaron accidentalmente la tarjeta.

Fue apenas un segundo.

Aun así, ambos nos quedamos quietos.

La voz de Eleanor rompió el momento.

—Si van a coquetear, al menos háganlo cuando no estoy intentando dormir.

Retiré la mano inmediatamente.

—¡Eleanor!

Ella abrió un ojo.

—Tengo sesenta y ocho años, no estoy muerta.

Tristán se pasó una mano por el rostro.

—Mamá.

Salí de la habitación riendo.

Pero al llegar al pasillo encontré a mi supervisora esperándome.

Y no estaba sonriendo.

—Bianca, necesito hablar contigo.

La seguí hasta una oficina pequeña.

La puerta se cerró.

—Recibimos una queja.

Mi estómago se encogió.

—¿Sobre qué?

Deslizó una hoja hacia mí.

—Sobre tu conducta con la familia Bellamy.

Leí las primeras líneas.

Alguien afirmaba que yo estaba intentando desarrollar una relación personal con el hijo de una paciente extremadamente rica.

—Esto es absurdo.

—También dice que aceptaste transporte privado suyo.

Sentí que se me helaba la sangre.

—Eso ocurrió antes de saber quién era. Me subí accidentalmente a su camioneta después de un turno.

—¿Hay testigos?

—Su conductor.

Mi supervisora suspiró.

—No estoy acusándote. Pero debido al perfil de la familia, debemos documentarlo.

Salí veinte minutos después sintiéndome humillada.

No le dije nada a Tristán.

Pero aparentemente no necesitaba hacerlo.

Esa noche, cuando terminé mi turno, estaba esperándome cerca de los elevadores.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Bianca.

—No debería hablar con usted fuera de la habitación de su madre.

Su expresión cambió.

—¿Quién dijo eso?

—No importa.

Intenté pasar.

—Recibiste una queja.

Me detuve.

—¿Cómo lo sabe?

—Mi madre escuchó a dos empleados hablando.

Cerré los ojos.

Perfecto.

—Alguien cree que intento acercarme a usted por dinero.

Tristán guardó silencio.

—Y técnicamente —continué— me subí a su vehículo antes de conocerlo, así que todo parece bastante ridículo.

—¿Quién presentó la queja?

—Fue anónima.

Algo frío apareció en su mirada.

—Déjalo así.

—No.

—Tristán…

—Alguien está intentando perjudicar tu carrera.

—Y yo puedo defender mi carrera sola.

Me observó durante unos segundos.

Después asintió.

—Entendido.

Aquella respuesta me sorprendió.

No discutió.

No intentó rescatarme.

Simplemente respetó mi decisión.

A la mañana siguiente, sin embargo, todo cambió.

Llegué al hospital y encontré dos administradores frente a la habitación de Eleanor.

Mi supervisora estaba con ellos.

—Bianca, no puedes entrar.

—¿Qué ocurrió?

—La señora Bellamy tuvo una complicación durante la madrugada.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Está bien?

—Está estable.

Entonces vi a Tristán al fondo del pasillo.

Tenía la mandíbula tensa.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Uno de los administradores respondió:

—Alguien modificó una indicación en su expediente electrónico anoche.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Qué indicación?

—Todavía estamos investigándolo.

Tristán caminó hacia nosotros.

—Mi madre recibió un medicamento que su historial señalaba claramente que debía evitarse.

Miré a mi supervisora.

—Yo documenté esa advertencia personalmente.

—Lo sabemos.

—Entonces revisen el registro. Cada modificación tiene usuario y hora.

Nadie respondió.

Y su silencio me asustó.

—¿Qué?

Mi supervisora me llevó aparte.

—La modificación se realizó a las 2:13 de esta madrugada.

—Yo me fui a las once.

—Lo sé.

—Entonces ¿cuál es el problema?

Me mostró una tableta.

Sentí que se me doblaban las rodillas.

El sistema indicaba que la modificación había sido realizada con mis credenciales.

—Eso es imposible.

Tristán se acercó.

—¿Estás segura?

Lo miré directamente.

—Completamente.

Mi supervisora bajó la voz.

—Hasta aclararlo, quedas suspendida de atención clínica.

Me quitaron temporalmente el acceso al sistema.

Entregué mi identificación.

Y mientras caminaba hacia los vestidores intentando entender quién podía haber conseguido mi contraseña, mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Había una fotografía adjunta.

Era una imagen mía dormida dentro de la camioneta de Tristán aquella primera noche.

Tomada desde afuera.

Debajo había un mensaje:

“Debiste mantenerte lejos de los Bellamy.”

Me quedé inmóvil.

Llegó una segunda fotografía.

Esta vez era de esa misma mañana.

Yo entrando al hospital.

Alguien me había estado siguiendo.

Entonces apareció el tercer mensaje.

“Pregunta a Tristán por qué su madre necesitaba realmente esa operación.”

Levanté la cabeza.

Al otro extremo del pasillo, Tristán estaba mirándome.

Y detrás de él, dos hombres con trajes oscuros acababan de entrar en el hospital.

Uno le entregó una carpeta.

Tristán la abrió.

Su rostro cambió inmediatamente.

Luego levantó lentamente los ojos hacia mí.

—Bianca —dijo—, no vuelvas a tu apartamento.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

Cerró la carpeta.

—Porque la persona que utilizó tus credenciales estuvo dentro de tu casa anoche.

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