—Alguien nos mintió —dije.
Ethan frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
Victoria acababa de alcanzarnos y se detuvo unos pasos detrás de él.
—Ethan, tenemos una cena en veinte minutos.
Él ni siquiera la miró.
Sus ojos seguían clavados en Leo.
—Sarah, necesito entender esto.
—Entonces ven conmigo.
Caminé hasta mi habitación.
No sabía si estaba cometiendo un error, pero había esperado demasiado tiempo para escuchar una explicación.
Al entrar, dejé a Leo en la alfombra con sus juguetes y saqué de mi maleta un sobre amarillento.
Ethan lo reconoció inmediatamente.
Su expresión cambió.
—Ese es mi membrete personal.
—Lo sé.
Saqué la carta.
Había memorizado cada palabra.
Me había llegado dos semanas después de descubrir que estaba embarazada.
Se la entregué.
Ethan comenzó a leer.
Su mandíbula se tensó.
La carta decía, en esencia, que nuestra relación había terminado, que no quería más contacto conmigo y que cualquier intento de involucrarlo en asuntos personales sería tratado por sus abogados.
Pero había una frase que me había destruido.
“No confundas lo que tuvimos con una obligación permanente.”
Ethan levantó lentamente la cabeza.
—Yo nunca escribí esto.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—Tiene tu firma.
—No es mi firma.
—Ethan…
—Sarah, mírame.
Lo hice.
—Nunca te envié una carta.
Mi corazón golpeó con fuerza.
Victoria apareció en la puerta.
—¿Qué está pasando?
Ethan le entregó el documento.
Ella apenas lo miró antes de quedarse inmóvil.
Ese pequeño gesto no pasó desapercibido.
—Victoria —dije—. ¿La reconoces?
—No.
Respondió demasiado rápido.
Ethan también lo notó.
—¿Por qué reaccionaste así?
—Porque esto es absurdo.
Victoria dejó la carta sobre la mesa.
—Una mujer aparece después de años con un niño que se parece a ti y una carta conveniente, ¿y simplemente le crees?
No dije nada.
No necesitaba defenderme.
Leo estaba sentado a pocos metros.
Ethan lo miró.
Después volvió a mirar a Victoria.
—Sal de la habitación.
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—Necesito hablar con Sarah a solas.
—Soy tu prometida.
—Y él puede ser mi hijo.
El silencio fue brutal.
Victoria agarró su bolso.
Antes de salir, me dirigió una mirada que no parecía sorpresa.
Parecía miedo.
Cuando la puerta se cerró, Ethan se sentó.
—Cuéntamelo todo.
Respiré profundamente.
—Descubrí que estaba embarazada tres semanas después de que te fueras de Chicago.

Ethan palideció.
—Intenté llamarte. Tu número había cambiado. Envié correos.
—Nunca recibí ninguno.
—Llamé a tu oficina.
—¿Con quién hablaste?
—Con tu asistente. Marcus.
Ethan levantó la cabeza.
—Marcus dejó de trabajar conmigo hace dos años.
—Me dijo que no querías hablar conmigo.
Ethan se pasó una mano por el rostro.
—Dios.
Continué.
—Después llegó la carta.
Creí que era suficiente.
Creí que Ethan había sabido del embarazo y había elegido desaparecer.
—¿Por qué no acudiste a mis abogados?
Solté una risa amarga.
—Porque la carta decía específicamente que no lo hiciera.
Ethan volvió a tomarla.
Esta vez estudió el papel.
—¿Conservaste el sobre original?
—Sí.
Se lo entregué.
Miró el sello postal.
Luego el remitente.
Y se quedó completamente quieto.
—¿Qué?
Ethan señaló una pequeña línea impresa.
—Este código corresponde al servicio postal interno utilizado por Blackwood Holdings.
Sentí frío.
—Entonces salió de tu empresa.
—Sí.
—Pero dices que tú no la enviaste.
—No la envié.
Leo comenzó a caminar torpemente hacia nosotros.
Ethan dejó inmediatamente la carta.
Mi hijo se apoyó en su rodilla.
Los dos se miraron.
Por primera vez vi desaparecer al multimillonario.
Ethan extendió una mano, pero se detuvo antes de tocarlo.
—¿Puedo?
Asentí.
Él tomó a Leo con una delicadeza que me sorprendió.
Leo estudió su rostro y después agarró su nariz.
Ethan soltó una risa ahogada.
Entonces sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Me perdí todo.
No supe qué responder.
Porque yo también había perdido algo.
Había pasado el embarazo sola.
El nacimiento.
Las noches de fiebre.
Los primeros pasos.
Cada momento en que Leo necesitó un padre.
Y quizá Ethan nunca había sabido que existía.
—Quiero una prueba de paternidad —dijo finalmente.
Mi cuerpo se tensó.
—No porque dude de ti.
Me miró inmediatamente.
—Porque si alguien hizo esto deliberadamente, quiero una prueba legal antes de empezar a hacer preguntas.
Eso tenía sentido.
—Está bien.
Ethan sacó el teléfono.
—También necesito que mi equipo revise esta carta.
Lo sujeté del brazo.
—No.
Se detuvo.
—No quiero que desaparezca dentro de tu empresa.
Comprendió inmediatamente.
—Entonces utilizaremos un laboratorio independiente y un perito externo.
Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta.
Era Victoria.
Pero ya no estaba sola.
Un hombre de traje oscuro estaba con ella.
Lo reconocí de fotografías.
Alexander Blackwood.
El padre de Ethan.
Entró sin esperar invitación.
Sus ojos fueron directamente hacia Leo.
Su rostro cambió.
—Así que era verdad.
Ethan se levantó.
—¿Qué acabas de decir?
Alexander pareció darse cuenta demasiado tarde.
—Victoria me llamó.
Miré a Victoria.
Ella evitó mis ojos.
Ethan entregó Leo a mis brazos.
—Papá, ¿qué significa “era verdad”?
Alexander guardó silencio.
—Contéstame.
—Hace tiempo escuché rumores de que Sarah podía estar embarazada.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Cuándo?
—Después de que terminasteis.
Ethan avanzó hacia él.
—¿Y nunca me dijiste nada?
—No había confirmación.
—¿Quién te lo dijo?
Alexander miró hacia la ventana.
Ese silencio confirmó que sabía mucho más.
Ethan recogió la carta.
—¿Habías visto esto?
Su padre la miró.
Y palideció.
La reconocía.
—Papá.
—Ethan, algunas decisiones se tomaron para protegerte.
La habitación quedó en silencio.
Sentí que mi estómago se hundía.
—¿Protegerlo de qué? —pregunté.
Alexander me miró finalmente.
—De una situación que podía destruir todo lo que estaba construyendo.
Ethan dio un paso atrás como si su propio padre acabara de golpearlo.
—¿Tú enviaste la carta?
—Yo no la escribí.
No era una negación completa.
Ethan también lo entendió.
—¿Quién lo hizo?
Antes de que Alexander respondiera, mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Había llegado una fotografía.
La abrí.
Era una imagen tomada desde el pasillo del hotel.
Ethan entrando en mi habitación minutos antes.
Debajo había un mensaje.
“Si quieres saber quién escribió realmente aquella carta, pregunta por lo que ocurrió el 17 de abril en la oficina de Victoria Hayes.”
Levanté la mirada.
Victoria seguía junto a la puerta.
Ethan vio mi expresión.
—¿Qué pasa?
Giré lentamente el teléfono hacia él.
Victoria leyó el mensaje desde donde estaba.
Y por primera vez desde que la había conocido, la perfecta prometida de Ethan Blackwood perdió completamente la compostura.
—Eso es mentira.
Ethan todavía no había preguntado nada.
La miró fijamente.
—Victoria…
Ella retrocedió.
Alexander cerró los ojos.
Y entonces entendí lo peor.
Los dos sabían exactamente qué había ocurrido aquel 17 de abril.