Miré la mano de Lucas alrededor de mi muñeca.
En mi vida anterior, habría sentido esperanza.
Habría pensado que aquel gesto significaba que le importaba.
Ahora solo sentía cansancio.
—Suélteme, comandante Ferrer.
Lucas frunció el ceño.
—¿Desde cuándo me hablas así?
Casi sonreí.
—Desde que usted mismo dejó claro delante de todos que no debo malgastar más tiempo con usted.
Sus dedos se aflojaron.
Aproveché para retirar la mano.
—Elena, lo que dije ahí dentro…
—Fue muy claro.
—Estabas provocando rumores.
—No fui yo quien permitió esos rumores durante seis años.
Lucas quedó en silencio.
Antes, aquel silencio me habría destrozado.
Esta vez simplemente abrí mi bolso y saqué otro sobre.
—Precisamente quería encontrar un momento para entregarte esto.
Se lo puse en la mano.
Lucas lo abrió.
Solicitud de disolución matrimonial.
Su rostro cambió.
—¿Qué significa esto?
—Exactamente lo que dice.
—¿Quieres divorciarte?
—Sí.
La respuesta salió de mi boca sin temblar.
Lucas me observó como si esperara que me retractara.
—¿Por lo de esta noche?
Negué lentamente.
—No. Por los últimos seis años.
Algo apareció en sus ojos.
No sabía si era ira o incredulidad.
—Estás actuando impulsivamente.
—Mi traslado fue solicitado hace cuatro meses.
Aquello era cierto incluso en mi vida anterior.
Había considerado marcharme muchas veces, pero siempre cancelaba la solicitud cuando Lucas mostraba el más mínimo gesto de atención.
Esta vez no lo haría.
—Parto dentro de diez días —continué—. Después podremos terminar los trámites mediante representación legal.
Lucas apretó el documento.
—No he aceptado el divorcio.
Lo miré con tranquilidad.
—No necesito que quieras divorciarte. Necesito que cooperes con el procedimiento.
Pasé junto a él.
Esta vez no volvió a detenerme.
Durante los siguientes días hice algo que jamás había conseguido hacer durante nuestro matrimonio.
Saqué a Lucas Ferrer de mi vida.
Dejé el apartamento asignado que utilizábamos discretamente y regresé al alojamiento médico de la base.
Retiré mis pertenencias.
Cancelé las cuentas compartidas.
Entregué la copia de nuestra documentación matrimonial a mi abogada.
También cambié mi contacto de emergencia.
Durante seis años, el nombre escrito allí había sido Lucas.
Lo sustituí por el de mi hermano mayor.
Cuando terminé, contemplé el formulario durante varios segundos.
Sentí una extraña ligereza.
Como si acabara de cerrar una puerta que llevaba demasiado tiempo abierta.
Al cuarto día, Valentina apareció en la enfermería.
Llevaba un vestido blanco impecable y una caja de pasteles.
—Doctora Varela.
—Señorita Moreau.
Sonrió.
—Quería agradecerle lo de aquella noche. Lucas estaba preocupado porque quizá usted hubiera entendido mal nuestra relación.
Seguí organizando unos expedientes.
—No entendí nada mal.
Ella se quedó desconcertada.
—Entonces me alegro.
—Yo también.
—Lucas y yo hemos sido amigos desde niños.
—Perfecto.
—Nuestras familias siempre pensaron que algún día…

Levanté la mirada.
—Señorita Moreau, puede quedarse con todas las explicaciones que vino a darme. Ya no las necesito.
Su sonrisa desapareció.
—¿Realmente va a marcharse?
—Sí.
—¿Y Lucas está de acuerdo?
Aquella pregunta me hizo comprender algo.
Valentina tampoco sabía que estábamos casados.
Lucas había ocultado nuestra relación incluso a la mujer por cuya reputación me había sacrificado.
Qué absurdo había sido todo.
—Pregúnteselo a él.
Esa noche regresé a mi habitación y encontré a Lucas esperando frente a la puerta.
—¿Qué haces aquí?
—No respondes mis llamadas.
—Porque no tenemos nada que hablar fuera del procedimiento de divorcio.
Su mandíbula se tensó.
—Valentina vino a verme.
—Eso tampoco me interesa.
Lucas me miró largamente.
—Has cambiado.
Abrí la puerta.
—No. Simplemente dejé de esperar.
Por primera vez pareció no saber qué decir.
Entré y cerré.
A la mañana siguiente recibí una noticia inesperada.
Mi traslado había sido adelantado.
Una misión médica humanitaria necesitaba especialistas y podía incorporarme en cuarenta y ocho horas.
Acepté inmediatamente.
Preparé una sola maleta.
Antes de partir entregué los últimos documentos de divorcio.
Después apagué mi teléfono personal.
No me despedí de Lucas.
Él me había pedido que dejara de perder el tiempo con él.
Por una vez, decidí obedecerlo.
Pasaron seis meses.
Mi nueva vida fue más sencilla de lo que había imaginado.
Trabajaba demasiado.
Dormía poco.
Atendía soldados, civiles y niños en hospitales donde cada minuto importaba.
Pero estaba tranquila.
Mi cabello dejó de caer.
Volví a reír.
Incluso recuperé la costumbre de tocar el piano los domingos.
Lucas quedó reducido a una firma pendiente en documentos que mi abogada gestionaba.
Hasta que una tarde recibí una llamada.
—Doctora Varela, tenemos un problema con su divorcio.
Mi mano se detuvo.
—¿Qué problema?
—El comandante Ferrer se niega a firmar.
Cerré los ojos.
—Entonces procedan sin su cooperación.
—Ya lo estamos haciendo. Pero hay algo más.
La abogada guardó silencio.
—Él solicitó conocer su nueva ubicación.
Me incorporé.
—¿Se la dieron?
—Por supuesto que no.
Respiré aliviada.
Tres días después entendí por qué había preguntado.
Un helicóptero militar aterrizó en nuestra instalación.
Salí del edificio pensando que llegaban suministros.
Entonces vi bajar a Lucas.
Parecía diferente.
Más delgado.
Cansado.
Caminó directamente hacia mí.
—Elena.
Mis compañeros se apartaron discretamente.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a llevarte a casa.
No pude evitar reír.
—Mi casa está aquí.
Lucas se quedó inmóvil.
—Tenemos que hablar.
—Ya hablamos.
—No. Tú decidiste todo sola.
Lo miré incrédula.
—Durante seis años tú decidiste que nuestro matrimonio debía permanecer escondido. Decidiste cuándo podía acercarme a ti. Decidiste que debía soportar las humillaciones. Y aquella noche decidiste públicamente que yo estaba desperdiciando mi tiempo contigo.
Di un paso hacia él.
—Ahora decidí yo.
Lucas palideció.
—No sabía que te hacía tanto daño.
—Porque nunca preguntaste.
Su voz bajó.
—Vuelve conmigo.
Negué.
—No.
Fue entonces cuando pronunció las palabras que mi antigua yo habría dado cualquier cosa por escuchar.
—Podemos hacer público nuestro matrimonio.
Lo miré durante varios segundos.
Después sonreí con tristeza.
—Llegaste seis años tarde.
Pasé junto a él.
Lucas no me siguió.
Dos meses después, el divorcio quedó finalizado.
No hubo celebración.
Solo firmé, guardé mi copia y continué trabajando.
Creí que aquello sería el final.
Hasta que una mañana regresé a la base principal para recibir una condecoración por mi servicio médico.
El auditorio estaba lleno.
Cuando anunciaron mi nombre, subí al escenario.
Y entonces lo vi.
Lucas estaba entre los oficiales de primera fila.
A su lado se encontraba Valentina.
Pero ya no la miraba a ella.
Me miraba a mí.
Después de la ceremonia, alguien me entregó una pequeña caja.
Dentro estaba nuestro antiguo anillo de bodas.
Debajo había una nota escrita por Lucas.
«Ahora entiendo cuánto tiempo desperdicié yo.»
Cerré la caja.
No sentí dolor.
Tampoco esperanza.
Solo paz.
Busqué a Lucas entre la multitud.
Él seguía mirándome.
Por un instante, pareció esperar que caminara hacia él.
En cambio, entregué la caja al asistente que estaba junto a mí.
—Devuélvasela al comandante Ferrer.
—¿Quiere añadir algún mensaje?
Miré por última vez al hombre al que había amado durante dos vidas.
—Sí.
Respiré profundamente.
—Dígale que finalmente aprendí a no malgastar más tiempo con él.
Y me marché sin volver la cabeza.
Esta vez no hubo habitación oscura.
No hubo barco hundiéndose.
No hubo una mujer esperando desesperadamente ser elegida.
Solo Elena Varela caminando hacia una vida que, por fin, le pertenecía completamente.