PARTE 2: ALEJANDRO CREYÓ QUE EL MAR LE HABÍA DEVUELTO MI CUERPO EL DÍA DE SU BODA, PERO LA VERDAD SOBRE LUNA DESTRUYÓ TODO LO QUE CLARA LE HABÍA HECHO CREER.

No recuerdo el momento en que salí del agua.

Solo una voz.

Lejana.

Furiosa.

—Anfitriona, la eliminación ha sido cancelada.

Después, oscuridad.

A kilómetros de allí, Alejandro estaba frente al altar cuando su asistente recibió una llamada.

Su rostro cambió.

—Señor Rivas…

—¿Encontraste a Sofía?

El hombre tragó saliva.

—Encontraron pertenencias suyas en la costa. Los equipos de emergencia están buscando.

Alejandro quedó inmóvil.

—¿Qué pertenencias?

—Su abrigo. Su teléfono. Y documentos del crematorio.

Clara palideció.

Alejandro la miró.

—¿Crematorio?

El asistente tardó demasiado en responder.

—Las cenizas de Luna fueron entregadas ayer.

Por primera vez, Alejandro pareció no comprender una frase sencilla.

—¿Cenizas?

Clara intervino inmediatamente.

—Alejandro, hoy no…

Él soltó su mano.

—¿Dónde está mi hija?

Silencio.

Entonces el asistente respondió:

—Luna murió después de la intervención.

Alejandro retrocedió.

—No.

—Señor…

—Me dijeron que estaba estable.

Sus ojos buscaron a Clara.

Ella comenzó a llorar.

—Yo quería decírtelo.

Aquello fue suficiente.

Alejandro abandonó su propia boda.

En el hospital exigió los expedientes completos.

Y descubrió que la historia que le habían contado era falsa.

Los médicos nunca habían garantizado que aquella intervención fuera segura para Luna.

Habían existido advertencias.

Consentimientos.

Alternativas que requerían más tiempo.

Pero Clara le había repetido que Mateo moriría inmediatamente si no actuaban.

Alejandro había utilizado su influencia, había presionado para acelerar decisiones y, cuando yo me negué, había decidido que mi consentimiento era un obstáculo.

Nada podía borrar eso.

Ni siquiera descubrir que Clara había manipulado información.

—Tú dijiste que Luna no corría peligro —le gritó.

Clara lloraba.

—¡Mateo es mi hijo!

—¡Luna era mi hija!

La frase cayó demasiado tarde.

El asistente dejó una carpeta sobre la mesa.

—Hay algo más.

Yo había guardado copias de mensajes, informes y grabaciones.

En una de ellas Clara decía:

“Cuando Luna deje de ser un problema, Sofía tampoco tendrá nada que la ate a Alejandro.”

Él escuchó la frase tres veces.

Después se sentó.

Pero la verdad más cruel estaba en otro documento.

Existía otra posibilidad médica para Mateo.

Más compleja.

Más lenta.

Pero real.

Clara la había descartado porque quería la solución inmediata.

Y Alejandro había elegido creerle sin comprobar nada.

Su boda terminó sin matrimonio.

Comenzaron investigaciones sobre las decisiones tomadas alrededor del procedimiento de Luna.

Alejandro intentó utilizar su dinero para encontrarme.

Esta vez el dinero no podía arreglar nada.

Porque yo estaba viva.

Un pescador me había encontrado y había pedido ayuda.

Desperté dos días después en un hospital de otra ciudad.

La primera voz que escuché no pertenecía a un médico.

Era el sistema.

“Anfitriona.”

Cerré los ojos.

—Déjame descansar.

“Se ha detectado una anomalía.”

Casi me reí.

—Toda mi vida aquí ha sido una anomalía.

“Objetivo de misión: conquistar a Alejandro Rivas.”

—Fallé.

“Corrección: el objetivo ha alcanzado el nivel máximo de vínculo emocional.”

Abrí los ojos.

—¿Ahora?

Después de siete vidas.

Después de Luna.

Después de que ya no quedara nada que yo quisiera de él.

El sistema respondió:

“Misión completada.”

Me quedé mirando el techo.

Entonces comprendí la crueldad de todo aquello.

Durante siete vidas me habían obligado a conseguir que Alejandro me amara.

Y únicamente lo había logrado cuando dejé de necesitar su amor.

“Puede solicitar recompensa.”

—Quiero regresar a mi mundo.

Silencio.

“Solicitud disponible.”

—¿Y Luna?

El sistema tardó en responder.

“Luna pertenece a este mundo. Los acontecimientos ocurridos no pueden revertirse.”

Lloré.

No pedí dinero.

No pedí otra vida perfecta.

No pedí que Alejandro sufriera.

Solo pedí una cosa.

—Entonces quiero ser libre.

Antes de marcharme escribí una carta.

Alejandro la recibió una semana después.

No le dije dónde estaba.

Solo escribí:

“Clara pudo mentirte.

Pudo manipularte.

Pero tú elegiste no escucharme.

No conviertas ahora tu arrepentimiento en otra forma de perseguirme.

Si alguna vez amaste a Luna, acepta que hay cosas que ni tu dinero ni tu culpa pueden devolverte.”

Alejandro nunca volvió a casarse con Clara.

Las consecuencias legales de lo ocurrido siguieron su curso independientemente de su apellido.

Mateo permaneció con familiares mientras los adultos resolvían aquello que habían provocado.

Y Alejandro hizo algo que jamás había sabido hacer conmigo.

Aceptó una decisión que no podía controlar.

La mía.

Mi última imagen de aquel mundo fue la habitación blanca del hospital.

El sistema preguntó:

“¿Confirma abandonar permanentemente este universo?”

Pensé en mis siete vidas.

En todas las veces que había regresado intentando cambiar a un hombre.

Después pensé en Luna.

Por primera vez entendí que mi misión nunca debió ser conseguir el amor de Alejandro.

—Confirmo.

La luz apareció lentamente.

“Transferencia iniciada.”

Cerré los ojos.

Cuando volví a abrirlos, estaba en mi mundo original.

No había Alejandro.

No había familia Rivas.

No había misión.

Pero conservaba mis recuerdos.

Y también el amor por una pequeña niña que, aunque perteneciera a otro mundo, siempre sería mi hija.

Alejandro creyó que perderme finalmente le había enseñado a amarme.

Se equivocaba.

Su arrepentimiento llegó demasiado tarde para convertirse en mi responsabilidad.

Después de siete vidas intentando cambiar su destino, finalmente comprendí que la única persona a la que necesitaba liberar era a mí misma.

Y esta vez, cuando me marché, ningún sistema volvió a obligarme a regresar.

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