PARTE 2: CUANDO LES DIJE QUE MI MADRE HABÍA MUERTO POR LA “LECCIÓN” DE VICTOR, SERENA DEJÓ DE SONREÍR, PERO EL CUADERNO AZUL ESCONDÍA UNA VERDAD QUE PODÍA DESTRUIRLOS A TODOS.

La mesa quedó en silencio.

Victor seguía con una mano sobre el contrato.

—¿De qué estás hablando?

Saqué lentamente de mi bolso la carpeta de la funeraria.

La puse sobre la mesa.

Después coloqué encima el certificado de defunción de mi madre.

—Ciento ochenta mil yuanes.

La madre de Victor frunció el ceño.

—¿Qué?

—Eso era lo que necesitaba el hospital como depósito inicial cuando mi madre sufrió la hemorragia cerebral.

Miré directamente a Victor.

La misma noche que decidiste congelar mis tarjetas para enseñarme una lección.

Su expresión cambió apenas.

Serena dejó la copa sobre la mesa.

—Clara, no conviertas una tragedia en una acusación emocional.

La miré.

—Mi madre murió anoche.

Nadie se movió.

Victor parpadeó.

—¿Qué dijiste?

—Murió.

Saqué el teléfono y abrí la captura del mensaje que él me había enviado mientras yo sostenía la mano de mi madre.

Ya fue suficiente lección. Mañana llega puntual al registro civil.

Lo dejé junto al certificado.

—Cuando me enviaste eso, ya estaba muerta.

Victor perdió el color del rostro.

—¿Por qué no me dijiste que era tan grave?

Me quedé mirándolo.

No podía creer que realmente hubiera formulado aquella pregunta.

—Te llamé diecisiete veces.

Abrí el historial.

Diecisiete llamadas.

Después reproduje apenas unos segundos de la grabación que Serena había utilizado en su directo.

Mi propia voz llenó el comedor.

—Victor, por favor… desbloquea mi tarjeta. Mi mamá está en quirófano…

Detuve el audio.

Sí te lo dije. Lo sabías tan bien que grabaste mi desesperación y se la entregaste a Serena.

La madre de Victor giró hacia su hijo.

—¿Eso es verdad?

Victor apretó la mandíbula.

—Pensé que Clara estaba exagerando.

—¿Y quién te enseñó a pensar eso?

Miré a Serena.

Ella se enderezó.

—No vas a culparme por una decisión médica.

—No.

Saqué otra carpeta.

—Voy a responsabilizarte por tus propias decisiones.

La sonrisa de Serena desapareció.

Yo era contadora forense.

Había pasado años siguiendo dinero que personas mucho más inteligentes que Serena habían intentado ocultar.

Y mientras organizaba el funeral de mi madre, también había descargado todo lo que legalmente podía obtener sobre nuestras cuentas compartidas.

—Victor decía que no teníamos dinero suficiente para preparar la llegada de un bebé.

Deslicé varios estados de cuenta sobre la mesa.

—Pero durante los últimos nueve meses transfirió 1.46 millones de yuanes a empresas relacionadas con Serena.

Victor se levantó.

—Eso era inversión.

—Siéntate.

No grité.

Y quizá por eso obedeció.

Señalé las transferencias.

Consultoría.

Producción.

Marketing.

Asesoría psicológica.

Licencias.

—Tres de estas empresas fueron registradas utilizando la misma dirección.

Serena palideció.

—Eso no demuestra nada.

—Correcto.

Saqué otra hoja.

—Esto sí empieza a hacerlo.

Una de las empresas pertenecía a la madre de Serena.

Otra estaba registrada a nombre de su primo.

La tercera había recibido dinero de una cuenta empresarial de Victor y, cuarenta y ocho horas después, había pagado el enganche de un apartamento.

El apartamento donde Serena realizaba sus transmisiones.

La madre de Victor miró a su hijo.

—¿Tú pagaste esa propiedad?

Victor no contestó.

Entonces Serena golpeó la mesa.

—¿Revisaste nuestras finanzas sin permiso?

Casi sonreí.

Eran mis finanzas también.

Luego señalé el contrato que Victor quería que firmara.

—Ahora explícame esto.

Lo abrí.

No era un acuerdo prenupcial normal.

Si lo firmaba, reconocía determinadas transferencias anteriores como regalos voluntarios y renunciaba a reclamar ciertos activos después del matrimonio.

—Querías que firmara esto hoy.

Miré a Victor.

—Después de vaciar mis cuentas.

—Mis abogados lo prepararon.

—¿Tus abogados?

Pasé a la última página.

—Entonces será interesante preguntarles por qué el archivo digital fue creado desde una computadora registrada a nombre de Vale Media.

Serena se quedó inmóvil.

Victor giró lentamente hacia ella.

—¿Qué?

Por primera vez aquella noche, vi miedo real en sus ojos.

—Victor, puedo explicarlo.

—¿Tú preparaste esto?

—Sólo ayudé.

La madre de Victor se levantó.

—¿Qué demonios está ocurriendo?

Pero yo todavía no había terminado.

—Quiero el cuaderno azul.

Serena cruzó los brazos.

—Está en el estudio.

—Tráelo.

—Tengo un directo en veinte minutos.

—Ya no.

Su rostro se endureció.

—Ese contenido ya está anunciado.

—Ese “contenido” pertenece a una mujer muerta.

Victor finalmente habló.

—Serena, dale el cuaderno.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Ahora estás de su lado?

—Dáselo.

Serena salió furiosa.

Regresó minutos después y lanzó el cuaderno sobre la mesa.

Lo recogí con ambas manos.

Reconocí inmediatamente la letra de mi madre.

Sus anotaciones.

Sus pequeñas estrellas azules.

Las páginas dobladas.

Sentí que la garganta se me cerraba.

Pero entonces descubrí algo extraño.

Faltaban páginas.

—¿Qué hiciste?

Serena fingió no entender.

—Nada.

—Había páginas aquí.

Vi restos de papel junto al lomo.

Habían sido arrancadas recientemente.

—¿Dónde están?

—Quizá tu madre las quitó.

Negué con la cabeza.

Conocía aquel cuaderno desde hacía años.

Entonces vi sobresalir una pequeña tarjeta de memoria de uno de los bolsillos interiores de la cubierta.

Nunca la había visto.

La saqué.

Serena cambió de expresión.

Fue mínimo.

Pero suficiente.

—¿Qué contiene esto?

—¿Cómo voy a saberlo?

Mi instinto profesional despertó inmediatamente.

Guardé la tarjeta.

—Lo averiguaré.

Serena avanzó.

—Eso podría contener información confidencial de personas que tu madre atendía. No puedes llevártela.

Aquella reacción me confirmó que debía hacerlo.

Recogí el certificado, los estados de cuenta y el cuaderno.

Victor se interpuso.

—Clara, espera.

—Apártate.

—Podemos solucionar esto.

—Mi madre está muerta.

Mi voz no tembló.

—No existe una solución para eso.

Me quité el anillo de compromiso.

Lo puse encima del contrato.

—Tampoco habrá boda.

Victor miró el anillo como si no entendiera lo que significaba.

—Estás alterada.

—No. Por primera vez desde que te conocí, estoy viendo todo con absoluta claridad.

Me fui.

Dos horas después estaba en el pequeño apartamento de mi madre.

Conecté la tarjeta de memoria a mi computadora sin acceso a internet y revisé los archivos.

Había grabaciones de audio.

Documentos escaneados.

Notas de mediaciones.

Pero una carpeta tenía un nombre que me hizo detenerme.

VALE.

La abrí.

Dentro había registros de una mediación realizada dieciocho meses atrás.

Leí tres páginas.

Luego cinco.

Después encontré un archivo de audio.

La voz de mi madre salió de los altavoces.

—Señora Vale, necesito que comprenda que utilizar testimonios privados de personas vulnerables con fines comerciales podría tener consecuencias legales.

Otra voz respondió.

Reconocí inmediatamente a Serena.

—Nadie podrá demostrar de dónde salen las historias.

Sentí que se me helaban las manos.

Seguí escuchando.

Mi madre mencionó pagos.

Testimonios utilizados sin autorización.

Casos transformados en contenido viral.

Entonces apareció una tercera voz.

Masculina.

—Mientras Clara no revise las cuentas, estaremos bien.

Dejé de respirar.

Conocía aquella voz.

Era Victor.

Y entonces comprendí por qué Serena había querido desesperadamente el cuaderno.

No buscaba inspiración para un curso.

Buscaba destruir pruebas.

En ese instante sonó mi teléfono.

Número desconocido.

Contesté.

—¿Clara Shaw?

—Sí.

—Soy el detective Lin. Encontramos su número entre los documentos de su madre.

Me incorporé.

—¿Qué documentos?

Hubo un breve silencio.

—Señorita Shaw, necesito que no borre absolutamente nada de lo que tenga en su poder.

Miré la tarjeta de memoria.

—No pensaba hacerlo.

Entonces el detective dijo:

—Bien. Porque creemos que su madre estaba preparando una denuncia formal antes de morir.

Sentí un escalofrío.

—¿Contra Serena Vale?

—No solamente contra ella.

Se escuchó el movimiento de unos papeles.

También aparece el nombre de Victor Hawthorne. Y, según las notas de su madre, alguien descubrió que ella tenía las pruebas apenas cuarenta y ocho horas antes de sufrir la hemorragia.

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