PARTE 2: REGRESÉ A HARBOR CITY PARA RECUPERAR LO QUE MARCUS HABÍA CONSTRUIDO CON MI DINERO, PERO ÉL DESCUBRIÓ DEMASIADO TARDE QUE LOS OCHO AÑOS QUE PASÓ ESPERÁNDOME NO PODÍAN DEVOLVERLE LO QUE HABÍA DESTRUIDO.

Marcus mantuvo la copa levantada unos segundos más.

—¿Por qué regresaste?

—Por negocios.

Sus ojos se estrecharon.

—Nunca haces nada solamente por negocios.

Antes, aquella certeza habría conseguido alterarme.

Ahora sonreí.

—Han pasado ocho años. Ya no me conoces.

Me alejé antes de que pudiera responder.

A medianoche comenzó la verdadera razón de aquella cena.

Las familias más importantes del puerto se reunieron alrededor de una larga mesa mientras el presidente de la asociación comercial anunciaba que Harbor Logistics Group vendería su participación mayoritaria en tres terminales del muelle oeste.

Marcus levantó la cabeza.

Yo no.

Llevaba seis meses preparando aquello.

Durante los ocho años que pasé lejos no desaparecí.

Construí.

Usé todo lo que había aprendido administrando las empresas de Marcus para crear mi propia firma de inversión. Empecé con clientes pequeños, compré compañías endeudadas, reestructuré negocios y terminé administrando activos que valían mucho más que todo lo que había dejado atrás.

Aquella noche, mi empresa había presentado la oferta más alta.

Cuando pronunciaron el nombre de la compradora, el salón quedó en silencio.

Claire Sullivan, presidenta de Northstar Capital.

Marcus me miró fijamente.

—¿Tú?

—Yo.

Uno de sus antiguos socios soltó una risa incrédula.

—Entonces los rumores eran ciertos.

Marcus dejó la copa.

—¿Qué rumores?

—Que Northstar compró también la deuda de Eastern Dock.

La expresión de Marcus cambió.

Eastern Dock era una de las piezas fundamentales de su imperio.

Me senté frente a él.

—No regresé para quitarte nada, Marcus. Regresé para comprar lo que está legalmente a la venta.

—Sabías que esas terminales me interesaban.

—Todo Harbor City lo sabía.

Su mandíbula se tensó.

—¿Esto es venganza?

Lo miré tranquilamente.

—Si quisiera vengarme, habría vuelto hace ocho años.

Aquello pareció dolerle más de lo que esperaba.

Después de la cena me alcanzó en el corredor.

—Claire.

Seguí caminando.

—Me divorcié de Lily.

Me detuve.

—Ya me lo dijeron.

Pareció sorprendido.

—Fue el mismo día que te marchaste.

—Eso tampoco cambia nada.

—Te busqué.

Finalmente lo miré.

Marcus, el hombre que una vez había hecho temblar medio puerto con una mirada, parecía incapaz de encontrar las palabras.

—Fui al aeropuerto —dijo—. Después envié gente a buscarte durante meses.

—¿Y qué querías decirme cuando me encontraras?

Guardó silencio.

—¿Que finalmente habías hecho lo que te pedí durante años?

—Cometí un error.

—No.

Negué lentamente.

—Un error es olvidar una fecha. Tú tomaste nuestros ahorros, te casaste con otra mujer, la instalaste en nuestra casa y me pediste que cuidara de ella.

Su rostro se endureció de dolor.

—Pensé que estaba salvándole la vida.

—Y para hacerlo decidiste que podías sacrificar la mía.

Marcus bajó la mirada.

Por primera vez no discutió.

Entonces escuchamos tacones acercándose.

Me giré.

Lily.

Ya no era aquella muchacha cubierta de joyas.

Vestía un traje blanco impecable y varias personas se apartaron para dejarla pasar.

Había conseguido la división oeste.

Se había convertido en alguien importante.

Lily se detuvo frente a mí.

—Claire.

—Lily.

Me examinó.

—Pensé que nunca volverías.

—Yo también.

Marcus intervino.

—No es momento.

Lily soltó una risa.

—Después de ocho años, creo que ya es momento.

Entonces me miró.

—¿Él te contó por qué realmente nos divorciamos?

Marcus se quedó inmóvil.

Algo en su reacción me alertó.

—Lily.

Ella lo ignoró.

—Claire, yo nunca necesité tres o cuatro años para independizarme.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando llegué a vuestra casa aquella noche, mi problema con mi familia ya estaba prácticamente solucionado.

Marcus agarró su brazo.

—Basta.

Lily se soltó.

—¿Todavía vas a ocultárselo?

Lo miré.

—Marcus.

Su silencio respondió antes que él.

Lily continuó.

—A la mañana siguiente de que te marcharas, le dije que podíamos divorciarnos inmediatamente.

Sentí un extraño vacío.

—Entonces ¿por qué no lo hizo antes?

Lily sonrió sin alegría.

—Porque Marcus no estaba esperando que yo estuviera segura.

Miró directamente hacia él.

—Estaba esperando cerrar un acuerdo con mi familia.

Todo encajó de una manera mucho más desagradable.

—¿Qué acuerdo?

Marcus habló finalmente.

—Claire, podemos hablar en privado.

—No.

Lily respondió por él.

—El control del muelle oeste.

El mismo territorio que ahora yo acababa de regresar para disputar.

—Mi matrimonio con Marcus no sólo impedía que mi familia me entregara a aquel hombre —explicó Lily—. También creaba una alianza entre nuestras dos organizaciones.

Marcus permaneció completamente quieto.

Sentí una amarga risa subir por mi garganta.

—Así que también fue por negocios.

—Al principio quería ayudarte —dijo Marcus.

—Pero después descubriste que casarte con ella también te convenía.

No respondió.

Aquello era suficiente.

Durante ocho años me había preguntado si había exagerado.

Si quizá realmente había sido una situación desesperada.

Ahora tenía la respuesta.

Me giré para marcharme.

Marcus me sujetó suavemente de la muñeca.

Me solté inmediatamente.

—No vuelvas a tocarme.

—Claire, después de que te fuiste cancelé el acuerdo. Renuncié al territorio. Me divorcié de Lily. Perdí millones.

—¿Quieres que te felicite?

—Quiero que entiendas que te elegí.

Lo miré durante varios segundos.

Me elegiste cuando ya no estaba disponible para ser elegida.

Su rostro palideció.

—Te esperé ocho años.

—Yo también te esperé ocho.

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué?

—Los primeros ocho años de nuestra relación.

El silencio entre nosotros fue absoluto.

—Tú esperaste después de perderme. Yo esperé mientras todavía estaba a tu lado.

Me marché.

A la mañana siguiente comenzó la reunión para adjudicar las terminales.

Marcus presentó una oferta superior a la mía.

Esperaba aquello.

Lo que no esperaba fue que, antes de comenzar la votación, uno de los abogados entrara apresuradamente y entregara una carpeta al presidente.

El hombre leyó la primera página.

Después me miró.

—Señora Sullivan, necesitamos verificar una reclamación relacionada con la propiedad original de Eastern Dock.

Marcus se levantó.

—¿Qué reclamación?

El abogado sacó un documento amarillento.

Reconocí inmediatamente mi propia letra.

Era un contrato de hacía dieciséis años.

Cuando Marcus no tenía dinero, yo había aportado el capital inicial para adquirir el almacén que posteriormente se convirtió en Eastern Dock.

Marcus siempre había dicho que regularizaríamos mi participación después.

Nunca ocurrió.

Yo había olvidado aquel documento.

Pero alguien no.

El abogado señaló una cláusula.

—Según este acuerdo, el cuarenta y nueve por ciento de la propiedad original correspondía a Claire Sullivan y nunca encontramos un documento válido que acreditara la transferencia de esa participación.

El salón explotó en murmullos.

Marcus me miró.

Yo estaba tan sorprendida como él.

—¿Quién presentó esto? —pregunté.

La puerta se abrió.

Un hombre anciano entró apoyándose en un bastón.

Lo reconocí inmediatamente.

Había sido el abogado personal del padre de Marcus.

Se acercó lentamente y colocó una segunda carpeta frente a mí.

—Su copia desapareció hace muchos años, señora Claire.

Después miró a Marcus.

—Pero su padre conservó la original.

Marcus palideció.

—¿Qué estás diciendo?

El anciano abrió la carpeta.

—Que antes de morir, su padre dejó instrucciones muy específicas sobre qué hacer si Claire Sullivan regresaba alguna vez a Harbor City.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—¿Qué instrucciones?

El abogado sacó un sobre sellado.

Mi nombre estaba escrito en él.

CLAIRE SULLIVAN.

—Hay algo que debe saber sobre el origen real del imperio Jiang.

Marcus dio un paso adelante.

—Entrégamelo.

El anciano retiró el sobre.

—No está dirigido a usted.

Me lo entregó.

Rompí lentamente el sello.

Dentro había documentos financieros, escrituras antiguas y una carta.

Leí las primeras líneas.

Y entonces entendí por qué el padre de Marcus había guardado silencio tantos años.

Levanté la mirada.

Marcus parecía confundido.

Yo apenas podía respirar.

Porque según aquellos documentos, una parte enorme del imperio que Marcus había pasado media vida creyendo suyo jamás había pertenecido completamente a la familia Jiang.

Y al final de la carta había una sola instrucción:

“Si Claire vuelve, devuélvanle todo lo que siempre fue suyo.”

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