PARTE 2: TODOS CREYERON QUE DECLAN HABÍA SENTADO A SU TÍMIDA SECRETARIA A SU LADO POR CAPRICHO, HASTA QUE UN SOLO GESTO DURANTE LA CENA REVELÓ POR QUÉ LLEVABA TRES AÑOS PROTEGIÉNDOLA EN SILENCIO.

Diane Sullivan sostuvo su copa de vino con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Aunque supongo que trabajar tan cerca del señor Shaw debe hacerte sentir bastante importante.

Clara conocía aquel tono.

Había sobrevivido tres años entre hombres peligrosos precisamente porque sabía reconocer una amenaza disfrazada de cortesía.

—Mi trabajo consiste en facilitarle el suyo —respondió—. Nada más.

—Qué modesta.

Diane miró a Declan.

—Aunque algunas secretarias parecen recibir beneficios especiales.

Sullivan dejó lentamente los cubiertos.

—Diane.

—¿Qué? Sólo estamos conversando.

Declan continuó cortando la carne como si nada ocurriera.

Pero Clara vio cómo su mandíbula se tensaba.

—Clara —dijo él sin mirarla—, come.

Ella parpadeó.

—No tengo mucha hambre.

—No has almorzado.

Clara giró la cabeza.

—¿Cómo sabe eso?

Por primera vez aquella noche apareció algo parecido a diversión en los ojos de Declan.

—Porque cancelaste mi reunión de las dos para solucionar el problema del manifiesto del puerto y después trabajaste hasta las siete.

Sullivan dejó de beber.

Diane también.

Aquello parecía insignificante.

Pero todos alrededor de aquella mesa entendían una cosa:

Declan Shaw sabía si su secretaria había almorzado.

Clara sintió calor en las mejillas.

—Estoy bien.

Declan deslizó discretamente hacia ella el pequeño plato de pan.

—Come.

Diane soltó una risa.

—Qué considerado.

Esta vez Declan levantó la mirada.

La sonrisa de Diane desapareció.

La conversación cambió inmediatamente.

Durante los siguientes veinte minutos hablaron de contratos, rutas comerciales y adquisiciones.

Clara intentó desaparecer otra vez.

Entonces Sullivan mencionó una terminal marítima.

—El acuerdo con Bellamy debería cerrarse el jueves.

Clara levantó involuntariamente la mirada.

Declan lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—Clara.

Todos volvieron a observarla.

Ella deseó estar nuevamente junto a Higgins.

—El jueves no funcionará.

Sullivan frunció el ceño.

—¿Perdón?

Clara tragó saliva.

—Bellamy modificó las condiciones esta mañana.

—Eso no llegó a mi oficina.

—Porque lo enviaron como anexo a una actualización del seguro.

Sullivan sonrió con condescendencia.

—Señorita Hayes, llevo veinte años negociando contratos portuarios.

Clara abrió su bolso, sacó el teléfono y encontró el documento.

—Página cuarenta y siete. Cláusula doce.

Declan extendió la mano.

Clara le entregó el teléfono.

Leyó durante unos segundos.

Luego lo dejó sobre la mesa.

—Tiene razón.

El silencio fue inmediato.

Sullivan endureció el rostro.

—Mi equipo lo habría detectado.

—Pero no lo hizo —respondió Declan.

Clara deseó hundirse debajo de la mesa.

Declan, en cambio, parecía perfectamente tranquilo.

—¿Cuánto habría costado?

Clara hizo el cálculo mental.

—Si firmábamos bajo esas condiciones, aproximadamente ocho millones durante los próximos dieciocho meses.

Ahora nadie la miraba como una secretaria invisible.

La miraban como la mujer que acababa de evitar que Declan Shaw perdiera ocho millones de dólares.

Diane apretó la copa.

—Qué conveniente.

Clara no respondió.

Llegó el siguiente plato.

Durante unos minutos volvió el ruido de los cubiertos.

Entonces ocurrió.

Un camarero nuevo se acercó por detrás de Declan.

Clara lo había visto antes esa noche.

Había servido vino.

Nada extraño.

Pero cuando extendió el brazo para dejar un plato, Clara vio algo que los demás no podían ver desde su posición.

Una pequeña pieza metálica cayó de la manga del hombre.

No era un utensilio.

Y el camarero no miraba el plato.

Miraba a Declan.

Clara reaccionó antes de pensar.

Agarró con ambas manos el brazo de Declan y tiró de él violentamente hacia ella.

—¡Abajo!

La mesa explotó en movimiento.

El camarero intentó retroceder.

Dos hombres de seguridad lo derribaron antes de que alcanzara la puerta.

Las mujeres gritaron.

Varias copas cayeron al suelo.

Declan quedó inclinado sobre Clara, protegiéndola instintivamente mientras sus hombres rodeaban al intruso.

—¡Cierren las puertas! —ordenó Sullivan.

Todo ocurrió en segundos.

Clara respiraba demasiado rápido.

Declan se incorporó.

—Mírame.

Ella levantó los ojos.

—¿Estás herida?

—No.

Entonces vio sangre.

—Usted sí.

Una línea roja aparecía en la palma de Declan.

Probablemente se había cortado con una copa rota al moverse.

Clara olvidó dónde estaba.

Olvidó la mesa.

Olvidó a Sullivan.

Sacó automáticamente un pañuelo limpio de su bolso y tomó la mano de Declan.

—Presione aquí.

Él no lo hizo.

Simplemente dejó que ella envolviera el pañuelo alrededor de su palma.

Clara apretó el nudo.

—Necesita desinfectarlo.

—Clara.

—¿Qué?

Él la observaba de una manera extraña.

Fue entonces cuando ella percibió el silencio.

Levantó lentamente la cabeza.

Todos estaban mirándolos.

Pero no era por el ataque.

Era por la mano.

Nadie tocaba a Declan Shaw sin permiso.

Y Clara acababa de sujetarlo, ordenarle qué hacer y vendarle la mano mientras él permanecía completamente inmóvil.

Diane tenía la boca entreabierta.

Sullivan parecía haber comprendido algo que Clara todavía no entendía.

Declan bajó la mirada hacia el pañuelo.

—Tres años —murmuró.

—¿Qué?

—Tres años intentando mantenerte lejos de esta parte de mi vida.

Clara sintió que el corazón se detenía un instante.

—¿Mantenerme lejos?

Él miró al hombre inmovilizado junto a la puerta.

—Y esta noche alguien acaba de demostrarme que ya es demasiado tarde.

El camarero empezó a reír.

Un sonido bajo y desagradable.

—Ella realmente no lo sabe, ¿verdad, Shaw?

Declan se puso rígido.

—Cállate.

Clara miró de uno a otro.

—¿Saber qué?

El hombre escupió sangre sobre la alfombra.

—Pregúntale por qué te contrató.

Declan se levantó.

La temperatura de la habitación pareció bajar.

—Sáquenlo.

—¡Pregúntale por tu padre, Clara!

Ella se congeló.

Los guardias dejaron de moverse durante una fracción de segundo.

—¿Mi padre?

Clara tenía doce años cuando su padre murió.

Accidente automovilístico.

Eso era lo que siempre le habían dicho.

El hombre sonrió.

—Pregúntale a Shaw quién estaba con tu padre la noche que murió.

Clara giró lentamente hacia Declan.

Él no parecía sorprendido.

Eso fue lo peor.

—Declan.

Era la primera vez en tres años que pronunciaba su nombre sin llamarlo señor Shaw.

Nadie en la mesa respiró.

—¿Conocía a mi padre?

Declan cerró los ojos durante un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía el hombre más poderoso de aquella habitación.

Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo esperando aquel momento.

—Sí.

Clara retrocedió.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de conocerte.

Su garganta se cerró.

—Entonces mi contratación…

—No fue casualidad.

El mundo pareció inclinarse.

Todos aquellos años.

El salario demasiado bueno.

La forma en que Declan nunca permitía que otros ejecutivos la trasladaran.

Los viajes de los que inexplicablemente la excluía.

Las ocasiones en que había encontrado un automóvil esperando abajo cuando trabajaba hasta tarde.

No habían sido coincidencias.

—¿Por qué?

Declan miró alrededor de la mesa.

—Esta conversación no ocurre aquí.

Clara tomó su bolso.

—Entonces no ocurre en absoluto.

Se levantó.

Declan le sujetó suavemente la muñeca.

No con fuerza.

Lo suficiente para detenerla.

—Clara, si sales por esa puerta sin escucharme, seguirás creyendo que tu padre murió en un accidente.

Ella dejó de respirar.

—¿Qué acaba de decir?

Declan soltó inmediatamente su muñeca.

Luego metió la mano sana dentro de su chaqueta.

Sacó una fotografía antigua.

La colocó sobre la mesa.

Clara reconoció a su padre inmediatamente.

Más joven.

Sonriendo.

Pero había otro hombre junto a él.

Un Declan Shaw de apenas veinte años.

Y detrás de ambos aparecía un edificio que Clara conocía perfectamente.

El antiguo almacén número nueve de Shaw Logistics.

En el reverso había una fecha.

Era de tres días antes de la muerte de su padre.

Debajo, escrito con la letra que Clara todavía recordaba de las tarjetas de cumpleaños de su infancia, había un mensaje:

“Si algo me ocurre, protege a Clara. Ella nunca debe saber lo que encontré.”

Clara levantó la vista.

—¿Qué encontró mi padre?

Declan no respondió inmediatamente.

Sullivan palideció.

Y Clara lo vio.

Aquel pequeño cambio en su rostro.

Declan también.

Entonces giró lentamente hacia Sullivan.

—Interesante.

Sullivan se levantó.

—Declan, no hagas ninguna estupidez.

Los hombres de seguridad bloquearon las puertas.

Declan tomó la fotografía y volvió a ponerla frente a Clara.

—Tu padre descubrió que alguien dentro de mi organización estaba vendiendo información.

Su mirada permaneció fija en Sullivan.

Y esta noche creo que esa misma persona acaba de intentar matarme delante de ti.

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