Caminé hacia Serena sin apartar los ojos de ella.
Gabriel se interpuso inmediatamente.
—Nora, estás enferma. No hagas algo de lo que puedas arrepentirte.
Me detuve.
Aquello casi me hizo reír.
Después de todo lo que había hecho, todavía pensaba que la persona que podía perder el control era yo.
—Apártate.
—Primero cálmate.
—Gabriel, apártate.
Quizá fue mi tono.
Quizá fue la expresión de mi rostro.
Pero obedeció.
Me quedé frente a Serena.
Ella esperaba lágrimas, insultos o una pelea.
En cambio, extendí la mano.
—Tu teléfono.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—Llama a un taxi y vete de mi casa.
Serena miró a Gabriel.
No a mí. A Gabriel.
Como si todavía necesitara comprobar quién tenía autoridad allí.
Él guardó silencio.
Entonces ella sonrió con tristeza.
—Nora, puedes echarme hoy, pero eso no hará que deje de amarme.
Gabriel cerró los ojos.
Yo asentí lentamente.
—Tienes razón.
Los dos me miraron.
—Por eso ya no voy a intentarlo.
Subí las escaleras.
Gabriel vino detrás de mí.
—¿Qué significa eso?
Entré al dormitorio y saqué una pequeña maleta.
—Significa exactamente lo que escuchaste.
—Nora.
Empecé a guardar ropa.
Él me sujetó del brazo.
—No puedes marcharte cada vez que discutimos.
Me solté.
—No estoy huyendo de una discusión.
Abrí el cajón y saqué una copia del acuerdo.
—Estoy ejecutando esto.
Cuando Gabriel vio mi firma, su rostro se quedó completamente blanco.
—No.
—Ya está presentado.
—No puedes haberlo hecho.
—Lo hice esta mañana.
Gabriel tomó las hojas.
Leyó la fecha.
Después me miró como si finalmente hubiera comprendido que aquella vez no estaba intentando asustarlo.
—Nora, escúchame. Anoche fue un error.
—No.
Señalé hacia abajo.
—Anoche fue una decisión. Lo de hace tres meses fue otra. Y lo que acabas de hacer en nuestra entrada también.
—Ella me besó.
—Y tú elegiste no apartarla.
No pudo responder.
Tomé la maleta.
Gabriel bloqueó la puerta.
—Te amo.
Lo miré durante varios segundos.
Aquellas palabras habían gobernado casi toda mi vida adulta.
Esa mañana ya no significaban nada.
—Quizá —respondí—. Pero amas lo que Serena te hace sentir. Y amas todavía más saber que yo siempre estaré esperando cuando termines con ella.
Pasé junto a él.
—Ese privilegio acaba de desaparecer.
Treinta días después, el divorcio quedó formalizado.

Gabriel perdió exactamente lo que había prometido perder si volvía a traicionarme.
La casa de la ciudad quedó a mi nombre.
También una propiedad de inversión, parte importante de nuestras cuentas conjuntas y los activos incluidos expresamente en el acuerdo.
No discutí por cada objeto.
No quería destruirlo.
Quería dejar de pertenecerle.
Vendí la propiedad de inversión.
Liquidé parte de mis activos.
Y añadí dinero de una herencia que llevaba años intacta.
En total, invertí una cantidad que incluso para Gabriel habría parecido absurda.
Compré una casa junto a un lago a cientos de kilómetros del distrito militar.
No era una mansión.
Pero tenía ventanales enormes, un muelle pequeño y árboles suficientes para que desde la carretera nadie pudiera ver la casa.
También renuncié al puesto administrativo que había aceptado años atrás para poder adaptar mi vida a la carrera de Gabriel.
Por primera vez pregunté:
¿Qué quiero yo?
La respuesta me llevó a una empresa de logística y análisis de riesgos dirigida por una antigua compañera.
Acepté un puesto ejecutivo.
Compré muebles que Gabriel jamás habría elegido.
Cambié mi número.
Corté mi cabello.
Dormí atravesada en la cama.
Y una mañana me di cuenta de que llevaba tres días sin preguntarme dónde estaba él.
Fue entonces cuando comprendí que estaba empezando a sanar.
Gabriel, en cambio, no aceptó el final con tanta facilidad.
Primero llegaron flores.
Luego cartas.
Después mensajes enviados desde números nuevos.
Cometí un error.
Podemos empezar otra vez.
Serena ya no significa nada.
El último fue el peor.
Ya la dejé. Ahora puedes volver.
Me quedé mirando aquella frase.
Ahora puedes volver.
Todavía creía que mi vida estaba esperando permiso suyo.
Bloqueé también ese número.
Dos meses después, mientras revisaba unos contratos en mi nueva oficina, mi asistente entró.
—Hay un hombre abajo preguntando por usted.
No necesité preguntar quién era.
Gabriel estaba en recepción.
Había adelgazado.
Ya no llevaba uniforme.
Sostenía una caja vieja entre las manos.
—Cinco minutos —dijo.
—Tres.
Me entregó la caja.
Dentro estaba la fotografía tomada el día en que terminamos nuestro primer entrenamiento juntos.
También había cartas, una medalla y aquel pedazo de vidrio que había conservado durante años con las palabras:
Gabriel Hunt solo amará a Nora Shen en esta vida.
—Serena solicitó un traslado —dijo.
No respondí.
—No estamos juntos.
—Eso ya no es asunto mío.
Su mandíbula tembló.
—Pensé que si la elegía una vez, podría sacarla de mi cabeza.
—La elegiste muchas veces.
—Pero siempre regresaba contigo.
—Ese fue exactamente el problema.
Gabriel levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
Cerré la caja.
—Nunca tuviste que escoger de verdad porque estabas convencido de que yo seguiría allí.
Se quedó en silencio.
Entonces vio una fotografía sobre mi escritorio.
Yo aparecía junto al equipo directivo de la empresa durante la inauguración de nuestra nueva sede.
Estaba sonriendo.
No la sonrisa cuidadosa que usaba durante las ceremonias militares.
Una sonrisa real.
—Parece que no me necesitas —murmuró.
—Nunca se trató de necesitarte.
Me levanté.
—Te elegía. Hay una diferencia.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Y ya no me eliges?
Negué.
—No.
Fue la primera vez que vi al comandante Gabriel Hunt completamente derrotado.
No por Serena.
No por el divorcio.
Sino porque finalmente entendió que había perdido a una mujer que pasó años eligiéndolo incluso cuando él dejó de merecerlo.
Se marchó sin volver la cabeza.
Meses después recibí una última carta.
No la abrí.
La guardé junto al viejo vidrio y conduje hasta el lago.
El sol estaba cayendo.
Saqué ambos objetos.
Miré por última vez aquella promesa escrita por un muchacho de dieciocho años que quizá, en aquel momento, realmente había creído cada palabra.
Después dejé la carta cerrada en una caja.
No necesitaba saber qué decía.
Algunas historias no terminan cuando alguien pide perdón.
Terminan cuando ya no necesitas escucharlo.
Entré en mi casa, cerré la puerta y dejé mi teléfono sobre la mesa.
Nadie sabía dónde estaba.
Nadie esperaba que pidiera permiso.
Y por primera vez desde que conocí a Gabriel, el futuro que tenía delante pertenecía completamente a una sola persona.
A mí.