Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Chloe seguía sonriendo, completamente ajena al silencio que acababa de caer sobre la sala de urgencias.
Julian, en cambio, parecía incapaz de apartar los ojos de mi vientre.
—Clara —dijo finalmente—, necesito hablar contigo.
Seguí revisando el brazo de Chloe.
—Ahora mismo necesitas dejarme atender a tu hija.
—¿Ese bebé es mío?
La enfermera levantó la mirada.
Yo no.
—Julian.
—Sólo respóndeme.
Entonces sí lo miré.
—Estamos en urgencias. Tu hija está asustada, tiene dolor y todavía no sabemos si existe una fractura. Este no es el momento para hablar de mi embarazo.
Chloe miró alternativamente a su padre y a mí.
—¿Ustedes se conocen?
Julian abrió la boca.
—Sí —respondí antes que él—. Nos conocíamos.
La palabra pareció dolerle.
Nos conocíamos.
Pasado.
Distancia.
Final.
Pocos minutos después llegaron las radiografías.
Afortunadamente, Chloe tenía una fractura sencilla que no requería cirugía inmediata.
Me agaché junto a ella.
—Vas a necesitar una férula y tendrás que descansar ese brazo unas semanas.
—¿Entonces no puedo hacer gimnasia?
—Por ahora no.
Chloe hizo un puchero.
—Eso es peor que romperme el brazo.
Me reí suavemente.
Y cuando levanté la cabeza, descubrí a Julian observándome con una expresión que conocía demasiado bien.
Era la misma mirada que tenía cuando quería decir algo pero no sabía cómo.
Sólo que esta vez no iba a ayudarlo.
Terminé las indicaciones y entregué el expediente a la enfermera.
—Traumatología hará el seguimiento.
Luego miré a Julian.
—Ya pueden irse.
Me di vuelta.
—Clara, espera.
Seguí caminando.
Él me alcanzó en el pasillo.
—Siete meses.
Me detuve.
—Sí.
—Nosotros terminamos hace seis.
No respondí.
Julian se pasó una mano por el rostro.
—Dime que estoy haciendo mal las cuentas.
Lo miré directamente.
—No las estás haciendo mal.
Su expresión se quebró.
—Entonces es mío.
—Biológicamente, sí.
Pareció recibir un golpe.
—¿Biológicamente?
—No conviertas una palabra en una discusión.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Aquello consiguió romper finalmente mi calma.
No grité.
No necesitaba hacerlo.
—Porque tres semanas antes de descubrirlo te pregunté si querías construir una familia conmigo y me dijiste que no podías.
—No sabía que estabas embarazada.
—Yo tampoco.
—Eso lo cambia todo.
Negué lentamente.
—No, Julian. Cambia tus circunstancias. No necesariamente cambia quién eras cuando me fui.
Se quedó inmóvil.
Entonces escuchamos unos pasos pequeños detrás de nosotros.
Chloe estaba acompañada por la enfermera, con el brazo inmovilizado.
—Papá.
Julian se giró inmediatamente.
—Estoy aquí, cariño.
Pero Chloe estaba mirándome.
—Doctora Clara, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
La niña señaló mi vientre.
—Si ese bebé es de mi papá…
Julian cerró los ojos un instante.
—Chloe…
—Entonces sí es mi hermanita.
No encontré palabras.
Chloe sonrió.
—Yo sabía que papá escondía algo.

Julian se quedó rígido.
—¿Qué quieres decir?
La niña frunció el ceño, como si la respuesta fuera evidente.
—Las fotos.
Sentí que mi estómago se tensaba.
—¿Qué fotos? —pregunté.
Julian palideció otra vez.
Chloe respondió antes que él.
—Las tuyas.
Miré a Julian.
—¿Qué está diciendo?
—Clara, podemos hablarlo después.
—No. Ahora.
Chloe continuó inocentemente.
—Papá tiene una caja en su oficina con fotos tuyas. Y una pulsera.
Sentí que el aire se volvía pesado.
Reconocí inmediatamente la pulsera.
Se la había regalado durante nuestro segundo aniversario.
Yo creía que la había tirado.
—Chloe —dijo Julian—, cariño, espera con la enfermera.
—¿Estoy castigada?
—No.
La enfermera comprendió la situación y se llevó a Chloe unos metros más allá.
Entonces crucé los brazos.
—Habla.
Julian bajó la voz.
—Nunca tiré tus cosas.
—Eso no explica las fotografías.
—Porque nunca dejé de buscarte.
Mi expresión cambió.
—¿Buscarme?
—Después de que te fuiste, intenté llamarte.
—Dos veces.
—Porque bloqueaste mi número.
—Después de que la segunda llamada fuera para preguntarme cuándo recogería mis cajas.
Julian cerró los ojos.
—Lo sé.
Por primera vez escuché vergüenza auténtica en su voz.
—Lo hice todo mal.
—Eso tampoco responde mi pregunta.
Julian respiró profundamente.
—Contraté a alguien para encontrarte.
Mi sangre se enfrió.
—¿Qué hiciste?
—No para seguirte. Sólo quería saber dónde estabas.
—Eso se llama seguirme, Julian.
—Me dijeron que habías empezado a trabajar aquí. Vine tres veces.
Lo miré sorprendida.
—Nunca te vi.
—Porque nunca entré.
Se rio sin humor.
—Me quedaba en el estacionamiento como un idiota intentando convencerme de subir.
Aquello no era romántico.
Era desconcertante.
El hombre que me había dicho que no podía construir una familia había pasado meses intentando encontrarme sin atreverse a hablarme.
—¿Por qué?
Julian tardó varios segundos.
—Porque cuatro días después de que te fueras encontré algo.
Sacó el teléfono.
Buscó una fotografía.
Era una hoja escrita a mano.
Mi letra.
Una lista que había hecho meses antes.
Cuna.
Pediatra.
Guardería.
Seguro médico.
Habitación.
En la parte superior había escrito:
ALGÚN DÍA.
Recordé inmediatamente aquel papel.
—Estaba dentro de uno de tus libros —dijo.
—¿Y?
—Y entendí que cuando preguntabas si quería una familia no estabas hablando de algo abstracto.
Su voz se quebró ligeramente.
—Estabas preguntando si quería una contigo.
No contesté.
Julian guardó el teléfono.
—Me asusté y te perdí.
—No me perdiste.
Lo miré fijamente.
—Me dejaste ir.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Era la enfermera obstétrica que había intentado localizarme dos veces.
Contesté.
—¿Sí?
Su voz era urgente.
—Clara, necesito que subas a obstetricia.
Instintivamente puse una mano sobre mi vientre.
—¿Qué ocurre?
—Llegaron los resultados de tus análisis de esta mañana.
Miré a Julian.
—¿Y?
Hubo una pausa.
—La doctora quiere evaluarte inmediatamente. Hay algo en los resultados que no le gusta.
Mi corazón se aceleró.
Julian lo vio en mi rostro.
—¿Qué pasa?
No respondí.
Entonces sentí una presión intensa en el abdomen.
Me sujeté al mostrador.
—Clara.
Julian dio un paso hacia mí.
—No me toques.
Pero cuando intenté caminar, otra punzada me obligó a detenerme.
La enfermera apareció desde el extremo del pasillo con una silla de ruedas.
—Doctora, siéntese ahora.
—Estoy bien.
—No es una petición.
Julian se quedó completamente blanco.
La enfermera me ayudó a sentarme.
Y justo cuando comenzaba a empujarme hacia los elevadores, Chloe regresó junto a su padre.
—Papá, ¿qué le pasa a mi hermanita?
Julian no pudo contestar.
Las puertas del ascensor empezaron a cerrarse.
Entonces la obstetra apareció al otro lado y dijo las palabras que hicieron desaparecer cualquier discusión sobre nuestro pasado.
—Clara, hemos detectado un problema con el embarazo. Tenemos que comprobar si tu bebé está en peligro.
Las puertas se cerraron.
Y la última imagen que vi fue a Julian inmóvil en el pasillo, sosteniendo la mano de Chloe mientras comprendía que podía perder a una hija que acababa de descubrir que existía.