A las once de la noche, Alejandro seguía encerrado en el estudio.
Yo seguía frente a la computadora.
La diferencia era que ya no estaba llorando.
Estaba trabajando.
Ser contadora financiera me había enseñado algo importante: el dinero casi siempre cuenta la verdad cuando las personas dejan de hacerlo.
Descargué tres años de movimientos.
Cuenta por cuenta.
Tarjeta por tarjeta.
Al principio encontré exactamente lo que esperaba.
Restaurantes.
Hoteles.
Joyas.
Viajes.
Pagos relacionados con el apartamento de Claudia.
Pero después apareció algo que no encajaba.
Transferencias mensuales de cantidades pequeñas hacia una cuenta que no reconocía.
Veinticinco mil.
Treinta mil.
Cuarenta mil.
Nunca lo suficiente para llamar la atención por separado.
Pero acumuladas durante tres años eran otra historia.
Abrí una hoja de cálculo.
Fecha.
Cantidad.
Origen.
Destino.
A las doce y veinte ya había localizado más de dos millones de pesos que Alejandro jamás me había mencionado.
Y no provenían únicamente de su salario.
Algunas transferencias habían salido de nuestra cuenta conjunta.
Sentí que se me helaban las manos.
Seguí buscando.
Entonces encontré una transferencia de cuatrocientos mil realizada ocho meses atrás.
Reconocí inmediatamente la fecha.
Era el mismo día en que Alejandro me había dicho que necesitábamos mover parte de nuestros ahorros para pagar anticipadamente una deuda familiar.
La deuda nunca había existido.
Busqué el destino.
Una empresa.
CS Inversiones Patrimoniales.
CS.
Claudia.
Serrano.
Me quedé mirando aquellas iniciales.
Luego escuché pasos.
Alejandro estaba detrás de mí.
—¿Qué estás haciendo?
No cerré la computadora.
—Entendiendo cuánto me costaron tus tres años de felicidad.
Su rostro cambió cuando vio la hoja.
—Marina, algunas cosas necesitan contexto.
—Perfecto.
Giré la pantalla.
—Explícame CS Inversiones Patrimoniales.
Se quedó inmóvil.
Eso fue suficiente.
—¿También es de Claudia?
—No exactamente.
—¿De quién?
Alejandro se pasó una mano por el rostro.
—Marina, son casi las doce. Hablemos mañana.
—¿De quién es?
Finalmente respondió:
—De los dos.
Me reí lentamente.
—Creaste una empresa con tu amante.
—Era una inversión.
—Con nuestro dinero.
—Parte era mío.
Lo miré.
—Entonces no tendrás ningún problema cuando los abogados determinen qué parte exactamente.
La palabra abogados lo cambió todo.
—¿Vas a divorciarte de mí?
—Todavía estoy averiguando de quién me estoy divorciando.
Intentó acercarse.
—Puedo devolverte el dinero.
—No quiero promesas.
Señalé la computadora.
—Quiero documentos.
Aquella noche no dormí.
A las siete de la mañana llamé a Lucía Herrera, una abogada especializada en divorcios patrimoniales.

A las nueve estaba en su despacho.
Le entregué una memoria con todo.
Lucía tardó casi una hora en revisar los primeros documentos.
Después levantó la vista.
—No hagas movimientos impulsivos.
—¿Por qué?
—Porque esto podría ser mucho más grande que una infidelidad.
Me mostró varias transferencias.
—Si estos fondos salieron del patrimonio matrimonial y terminaron en bienes puestos a nombre de Claudia, necesitamos reconstruir cada operación.
Mi teléfono vibró.
Alejandro.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después llegaron los mensajes.
Tenemos que hablar.
No metas abogados todavía.
Podemos arreglar esto entre nosotros.
Y finalmente:
Piensa en nuestro hijo.
Miré aquella última frase durante varios segundos.
Curioso.
Nuestro hijo no había parecido importarle cuando utilizaba dinero familiar para financiar otra casa.
Lucía siguió revisando.
De pronto dejó de pasar páginas.
—Marina.
Su tono había cambiado.
—¿Reconoces esta autorización?
Me acercó un documento bancario.
Mi nombre aparecía al pie.
Y debajo había una firma.
La mía.
Excepto que yo jamás había firmado aquel documento.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—No.
Lucía volvió a mirarlo.
—Autoriza movimientos desde una cuenta de inversión.
—Nunca vi esto.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Sacó otra hoja.
Luego otra.
Había tres documentos más.
Todos llevaban firmas parecidas a la mía.
Demasiado parecidas.
—Necesitaremos un peritaje —dijo Lucía—. Y hasta entonces no acuses a nadie de falsificación.
Asentí.
Pero ya sabía algo.
Aquello había dejado de ser solamente un divorcio.
A las once recibí una llamada de Recursos Humanos.
La videollamada del día anterior había provocado un desastre dentro de la empresa.
Alguien había grabado el momento.
El video circulaba entre empleados.
Claudia había trabajado allí.
Alejandro era director comercial.
Y ahora la dirección quería determinar si había existido una relación mientras ella dependía profesionalmente de su área.
Pero entonces Recursos Humanos mencionó algo inesperado.
—Directora Villalobos, hay otra cuestión.
—¿Cuál?
—Claudia no renunció voluntariamente.
Me quedé quieta.
—Alejandro me dijo que sí.
—Fue despedida.
—¿Cuándo?
—Hace dos años y ocho meses.
Casi exactamente cuando comenzaron las transferencias.
—¿Por qué?
Hubo una pausa.
—La investigación interna está archivada. Necesito autorización para compartir detalles.
—¿Qué tipo de investigación?
La mujer dudó.
—Financiera.
Sentí un escalofrío.
Una hora después regresé a mi oficina.
Las miradas me siguieron por el pasillo, pero nadie se atrevió a preguntarme nada.
Mi asistente había dejado un sobre confidencial sobre el escritorio.
Dentro estaba el antiguo expediente de Claudia.
Lo abrí.
Y entendí por qué Alejandro había estado tan desesperado por evitar abogados.
Claudia había sido investigada por irregularidades en reembolsos y facturas.
Pero el expediente tenía una anotación todavía más interesante.
La persona que había intervenido para evitar una denuncia formal había sido Alejandro Serrano.
Mi esposo.
El hombre que decía haber empezado una aventura con ella tres años atrás.
Cerré los ojos.
La cronología encajaba demasiado bien.
Entonces mi teléfono sonó.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Marina?
Era una mujer.
Reconocí inmediatamente su voz.
Claudia.
—Tenemos que hablar.
—No creo que tengamos nada que hablar.
—Sí tenemos.
Respiró profundamente.
—Porque Alejandro te está mintiendo sobre el dinero.
Miré el expediente abierto.
—Eso ya lo descubrí.
—No.
Su voz tembló.
—No entiendes.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces dijo:
—El apartamento y el coche no fueron regalos para mí. Alejandro los puso a mi nombre porque necesitaba esconderlos de ti.
Sentí que se me cortaba la respiración.
—¿Esconderlos para qué?
Claudia empezó a llorar.
—Porque pensaba dejarte desde hace mucho tiempo.
Apreté el teléfono.
—Entonces ¿por qué no lo hizo?
La respuesta llegó en un susurro.
—Porque descubrió cuánto valía realmente lo que estaba a tu nombre.
Antes de que pudiera responder, escuché un golpe al otro lado de la llamada.
Claudia dejó de hablar.
Luego susurró:
—Dios mío.
—¿Qué pasa?
—Alejandro está aquí.
La llamada terminó.
Me levanté inmediatamente.
Pero antes de alcanzar la puerta apareció una notificación bancaria en mi pantalla.
SOLICITUD DE TRANSFERENCIA PENDIENTE: 3.600.000 PESOS.
El origen era una cuenta de inversión que yo creía protegida.
El destino era CS Inversiones Patrimoniales.
Y la autorización electrónica acababa de realizarse con mis credenciales.
Miré la hora.
Claudia acababa de decirme que Alejandro estaba con ella.
Entonces comprendí algo todavía peor.
Si Alejandro estaba allí…
alguien más acababa de entrar en mis cuentas haciéndose pasar por mí.