Durante varios segundos sólo escuché los disparos al otro lado de las paredes.
Adrian seguía mirando el anillo de mi padre.
—Yo era ese niño.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Qué?
—Tenía doce años cuando ocurrió la masacre de los Romano.
Su voz había cambiado.
Ya no hablaba el hombre que todos temían.
Hablaba el niño que todavía recordaba aquella noche.
—Mi padre había ido a negociar con Gabriel. Todo salió mal. Cuando comenzaron los disparos, yo quedé atrapado en el patio.
Adrian bajó la mirada.
—Tu padre volvió por mí.
Sentí que se me helaban las manos.
Durante toda mi vida, mi madre sólo me había contado que Gabriel Romano había muerto intentando salvar a alguien.
Nunca supimos quién.
—Él podría haber escapado —continuó Adrian—. Pero me cargó hasta un coche y recibió los disparos que iban dirigidos a mí.
Cerré los ojos.
Mi padre había muerto por Adrian Moretti.
Y años después, sin conocer aquella verdad, yo había terminado dando a luz a su hijo.
Antes de que pudiera procesarlo, una explosión sacudió la planta baja.
Adrian reaccionó inmediatamente.
—Melissa, toma al bebé y entra al pasaje.
Negué.
—No voy a dejarte aquí.
—No puedes protegernos a los dos.
Lo miré.
—Llevas tres semanas creyendo que soy una mujer desesperada que firmó un contrato.
Saqué una pequeña pistola del compartimento oculto detrás de uno de los libros.
Sus ojos se estrecharon.
—También crecí huyendo de hombres que querían matarme.
El pasillo se llenó de gritos.
Tomé al bebé, lo acomodé en una cuna de emergencia dentro del pasadizo y activé el cierre de acero.
Adrian me observó.
—¿Quién te enseñó esto?
—Mi madre.
—Pensé que estaba enferma.
—Está enferma.
Lo miré directamente.
—Pero antes de ser Margaret Hart, fue Isabella Romano.
Por primera vez, Adrian pareció comprender que la mujer frágil que estaba recibiendo quimioterapia había vivido otra vida.
Entonces escuchamos pasos.
Tres hombres entraron a la biblioteca.
El primero cayó antes de poder levantar el arma.
El segundo alcanzó a disparar.
La bala golpeó la madera detrás de mí.
Adrian volcó una mesa lateral para cubrirse mientras yo rodeaba los estantes.
El tercer hombre dudó al verme.
Ese segundo fue suficiente.
Cuando todo quedó en silencio, Adrian me miró desde el suelo.
—Definitivamente omitiste algunas cosas en tu solicitud para el contrato.
A pesar del miedo, casi sonreí.
—Tú tampoco mencionaste que eras el niño de la historia de mi padre.
Entonces alguien comenzó a aplaudir desde la entrada.
Lento.
Tranquilo.
Adrian palideció.
Un hombre de unos sesenta años apareció rodeado por cuatro hombres armados.
Cabello gris.
Traje impecable.
Una cicatriz atravesándole la mandíbula.
Yo lo reconocí aunque sólo lo había visto en fotografías antiguas que mi madre guardaba escondidas.

Victor Salvatore.
El antiguo lugarteniente de mi padre.
El hombre que había traicionado a los Romano.
El hombre que nos obligó a desaparecer.
—La pequeña Melissa —dijo—. Finalmente.
Levanté el arma.
—No des otro paso.
Victor sonrió.
—Tienes los ojos de Gabriel.
Adrian intentó ponerse delante de mí.
Victor lo miró con desprecio.
—Y tú sigues vivo.
Entonces comprendí algo.
—¿Tú ordenaste la masacre?
Victor soltó una risa.
—Tu padre tenía un defecto fatal.
—¿Cuál?
—Lealtad.
Miró a Adrian.
—Regresó por un niño que no era suyo y perdió todo.
Mi dedo se tensó sobre el gatillo.
—Mi padre murió siendo mejor hombre de lo que tú jamás serás.
La sonrisa desapareció.
Victor hizo una señal.
Uno de sus hombres levantó una tableta.
En la pantalla apareció una habitación de hospital.
Mi corazón se detuvo.
Mi madre estaba acostada en su cama.
Y junto a ella había un hombre armado.
—No —susurré.
Victor inclinó la cabeza.
—Tu madre siempre fue difícil de encontrar.
Adrian apretó los puños.
—Si la tocas…
—Esto no es asunto tuyo, Moretti.
—Ella es familia.
Victor lo miró.
Después me miró a mí.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Se acercó un paso.
—Una Romano y un Moretti teniendo un hijo.
Su mirada se dirigió hacia el pasaje secreto.
Sentí una descarga de terror.
Sabía que el bebé estaba allí.
—Durante veinte años mantuve separadas a estas familias —dijo—. Y ahora ustedes crearon un heredero que podría unirlas.
Adrian habló con una calma peligrosa.
—No vas a tocar a mi hijo.
Victor sonrió otra vez.
—No vine por él.
Me miró.
—Vine por Melissa.
El sonido de vehículos comenzó a escucharse afuera.
Muchos.
Victor frunció el ceño.
Uno de sus hombres recibió un mensaje y perdió el color.
—Señor…
—¿Qué?
—Hay hombres rodeando la propiedad.
Adrian me miró.
Yo tampoco sabía quiénes eran.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje.
De mi madre.
Sólo cuatro palabras.
“Ya era hora, hija.”
Inmediatamente después, todas las luces de la mansión se apagaron.
Victor gritó una orden.
En la oscuridad escuché puertas romperse, hombres entrando desde distintos puntos y una voz que llevaba más de veinte años sin pronunciar públicamente nuestro apellido.
—¡POR GABRIEL ROMANO!
Cuando volvieron las luces de emergencia, decenas de hombres habían rodeado a Victor.
No eran soldados de Adrian.
Eran hombres mayores.
Algunos llevaban cicatrices.
Otros portaban anillos idénticos al mío.
Victor retrocedió.
—Imposible.
Entonces apareció una mujer detrás de ellos.
Delgada.
Pálida.
Con un pañuelo cubriendo su cabello por la quimioterapia.
Mi madre.
Pero no caminaba como una paciente.
Caminaba como la mujer que había sido antes de esconderse durante dos décadas.
Isabella Romano.
Victor abrió los ojos.
—Tú…
Mi madre levantó la barbilla.
—Pensaste que habías destruido a los Romano.
Después miró a Adrian, luego a mí.
Y finalmente hacia el lugar donde dormía nuestro hijo.
—Sólo nos obligaste a esperar.
Victor comenzó a reír.
Una risa extraña.
Demasiado tranquila.
—Entonces todavía no lo sabes.
Mi madre se detuvo.
—¿Qué cosa?
Victor me señaló.
—Pregúntale a Adrian por qué eligió precisamente a Melissa para llevar a su heredero.
Giré lentamente hacia él.
Adrian no me miró.
Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.
—Adrian.
Silencio.
—Dime que fue casualidad.
Él cerró los ojos.
Y esa reacción respondió antes que sus palabras.
Victor sonrió.
—Adrian Moretti sabía quién eras mucho antes de que firmaras aquel contrato.
Miré al hombre con quien había empezado a construir algo que ya no podía llamar simplemente un acuerdo.
—¿Es verdad?
Finalmente levantó la mirada.
—Sí.
Sentí que todo dentro de mí se rompía.
—¿Desde cuándo?
Adrian tragó saliva.
—Desde antes de conocerte.
Y entonces añadió la frase que convirtió toda nuestra historia en algo completamente distinto.
—Porque tu padre me pidió que te encontrara antes de morir.