PARTE 2: VITTORIO CREYÓ QUE SU ESPOSA HABÍA ORGANIZADO SU MUERTE PARA ROBARLE EL IMPERIO, HASTA QUE SOFÍA SEÑALÓ AL NIÑO ESCONDIDO ENTRE LOS CIPRESES Y REVELÓ UNA TRAICIÓN TODAVÍA MÁS PROFUNDA.

—Traigan a todos a casa ahora.

Vittorio terminó la llamada sin apartar los ojos del sedán.

La luz roja bajo el asiento seguía acelerándose.

Isabella y el falso conductor estaban demasiado cerca del vehículo.

Sin embargo, ninguno parecía preocupado.

Eso le dijo algo.

No era un temporizador.

Era una señal.

—Sofía, corre hacia la casa del jardinero y no salgas hasta que vaya por ti.

Pero la niña no obedeció.

Miraba hacia los cipreses.

—Señor Morelli…

—Ahora.

—Hay alguien ahí.

Vittorio siguió su mirada.

Al principio sólo vio ramas.

Después distinguió unos zapatos pequeños detrás de un tronco.

Un niño.

Quizá nueve años.

Estaba agachado, abrazando una mochila contra el pecho.

Y observaba a Isabella.

Vittorio sintió una inquietud que no tenía nada que ver con la bomba.

—¿Lo conoces?

Sofía negó con la cabeza.

Entonces el niño los vio.

Sus ojos se abrieron.

Echó a correr.

Vittorio reaccionó por instinto.

—¡Espera!

El niño desapareció entre los árboles.

Al mismo tiempo, dos vehículos negros aparecieron al final del camino.

Los hombres de Vittorio.

El falso conductor vio los coches y gritó algo.

Isabella retrocedió.

Todo ocurrió en segundos.

Los hombres de Vittorio rodearon el sedán y obligaron al desconocido a apartarse.

—¡Nadie toque el coche! —ordenó Vittorio.

Isabella se quedó completamente inmóvil al verlo salir de detrás de los cipreses.

Su rostro perdió el color.

—Vittorio.

Él avanzó lentamente.

—Pareces sorprendida de verme vivo.

—No entiendes.

—Te escuché.

Isabella miró a Sofía.

Y comprendió.

—¿Ella te mostró la grabación?

Vittorio no respondió.

Uno de sus hombres sujetó al falso conductor.

—¿Quién eres?

El desconocido sonrió.

—Pregúntale a tu esposa.

Vittorio golpeó su bastón contra la grava, una sola vez.

El sonido bastó para silenciar a todos.

—Llévenlo dentro.

Isabella intentó seguirlos.

—Vittorio, escúchame.

—Todavía no.

Entonces recordó al niño.

—Sofía, ¿hacia dónde fue?

Ella señaló el muro oriental.

Vittorio envió a dos hombres.

Diez minutos después regresaron.

El niño venía con ellos.

No lo habían tocado.

No hacía falta.

Estaba aterrorizado.

Isabella lo vio entrar al salón y dejó caer la copa de agua que sostenía.

El cristal se rompió.

—Matteo.

Vittorio giró lentamente hacia ella.

—¿Lo conoces?

El niño miró a Isabella.

—Mamá…

El silencio que siguió fue absoluto.

Vittorio había sobrevivido a emboscadas, guerras entre familias y hombres que habían intentado vender su cabeza.

Nada lo preparó para aquella palabra.

—¿Qué dijiste?

Matteo comenzó a llorar.

Isabella cerró los ojos.

Vittorio la observó.

Llevaban casados ocho años.

Ella nunca había tenido hijos.

Al menos eso creía.

—¿Quién es este niño?

—Vittorio…

—Pregunté quién es.

—Mi hijo.

Aquello dolió.

Pero no tanto como esperaba.

Quizá porque después de verla besar al hombre que planeaba matarlo, ya no quedaba suficiente confianza para romper.

—¿De él?

Señaló al falso conductor.

Isabella negó.

—No.

El hombre soltó una carcajada.

—Díselo completo.

Vittorio se acercó.

—¿Cómo te llamas?

—Lorenzo Bianchi.

El apellido cayó sobre la habitación como una piedra.

Bianchi.

Una familia que había desaparecido del mapa criminal napolitano hacía casi una década.

Vittorio había creído que todos sus principales miembros estaban muertos o encarcelados.

—¿Qué quieres?

Lorenzo miró a Isabella.

—Lo que siempre fue nuestro.

Vittorio entendió.

—Mi territorio.

—Tu territorio —repitió Lorenzo— fue construido sobre nuestras ruinas.

Isabella intervino.

—No lo escuches.

—¿Por qué? Hace una hora estabas besándolo.

Ella palideció.

—Porque me estaba vigilando.

Lorenzo sonrió.

—Qué conveniente.

Vittorio sacó el teléfono roto de Sofía.

—Escuché tu voz, Isabella.

Ella lo miró fijamente.

—Escucha la grabación completa.

Sofía levantó la cabeza.

—No está completa.

Todos la miraron.

—¿Qué quieres decir?

La niña tragó saliva.

—Mi teléfono dejó de grabar porque no tenía espacio.

Vittorio sintió cómo cambiaba nuevamente el tablero.

Isabella se acercó.

—Yo sabía que Lorenzo quería matarte.

—Entonces ¿por qué no me advertiste?

—Porque tenía a Matteo.

Miró al niño.

—Lo encontró hace seis meses.

Matteo comenzó a llorar.

—Me dijo que mataría a mamá si hablaba.

Lorenzo dejó de sonreír.

Vittorio lo observó.

Por primera vez apareció miedo en sus ojos.

—Registren el coche —ordenó.

—Vittorio —advirtió uno de sus hombres—, podría haber explosivos.

—Que venga el especialista.

Media hora después llegó la respuesta.

Había un dispositivo bajo el asiento.

Pero no estaba conectado para explotar durante el trayecto.

Estaba diseñado para activarse a distancia.

Y el transmisor no estaba en manos de Lorenzo.

Vittorio se volvió hacia él.

—¿Quién tiene el control?

Lorenzo guardó silencio.

Uno de los hombres de Vittorio entró apresuradamente.

—Jefe.

Traía una tablet.

—Encontramos algo en la mochila del niño.

Matteo abrazó a Isabella.

En la pantalla aparecieron fotografías.

Documentos.

Transferencias bancarias.

Mapas de la villa.

Horarios.

Y una lista de nombres.

Vittorio reconoció a varios de sus capitanes.

Al lado de cada nombre había cantidades de dinero.

Alguien llevaba meses comprando hombres dentro de su propia organización.

Pero lo peor estaba al final.

Una fotografía tomada desde lejos mostraba a Vittorio entrando en un restaurante.

Junto a ella había una fecha.

La reunión de Sicilia.

Debajo aparecía una instrucción:

Si falla el vehículo, ejecutar la segunda fase en Palermo.

Vittorio levantó la mirada.

—¿Quién puso esto en tu mochila?

Matteo señaló a Lorenzo.

—Él.

Lorenzo soltó una maldición.

Pero el niño continuó.

—Me dijo que debía entregársela al hombre de la casa.

—¿Qué hombre?

Matteo miró alrededor del salón.

Los capitanes de Vittorio habían comenzado a llegar.

Hombres que llevaban veinte años a su lado.

Hombres que habían comido en su mesa.

Matteo examinó cada rostro.

Entonces levantó lentamente la mano.

Sofía se acercó a Vittorio.

—Señor…

El niño señaló hacia la puerta.

Vittorio siguió su dedo.

Y sintió que algo mucho más frío que la ira le atravesaba el cuerpo.

Porque Matteo no estaba señalando a Isabella.

Ni a Lorenzo.

Señalaba al hombre que acababa de entrar.

Salvatore Morelli.

El hermano menor de Vittorio.

Salvatore se detuvo al ver al niño.

Durante una fracción de segundo perdió su sonrisa.

Fue suficiente.

Vittorio lo conocía desde que ambos dormían en la misma habitación de niños.

Conocía cada expresión de su rostro.

—¿Qué pasa? —preguntó Salvatore.

Matteo retrocedió.

—Ese es.

Vittorio no pestañeó.

—¿Ese es quién?

El niño apretó la mano de su madre.

—El hombre al que Lorenzo dijo que debía entregarle la mochila si usted moría.

Nadie se movió.

Entonces Salvatore miró hacia la salida.

Los hombres de Vittorio bloquearon inmediatamente las puertas.

—Hermano —dijo Salvatore—, no creerás a un niño asustado.

Vittorio avanzó.

—Depende.

Dejó la tablet sobre la mesa.

—¿Qué hay dentro de la mochila que te preocupa tanto?

Salvatore miró la pantalla.

Y Vittorio vio exactamente cuándo comprendió que sus secretos estaban allí.

Pero antes de que pudiera hablar, el teléfono de uno de los hombres sonó.

Respondió.

Su expresión cambió.

—Jefe… tenemos un problema.

—Habla.

—El avión que debía llevarlo a Sicilia acaba de explotar en la pista.

Isabella se tapó la boca.

Vittorio miró a Salvatore.

Pero su hermano también parecía sorprendido.

Entonces llegó una segunda llamada.

Esta vez desde Palermo.

El hombre escuchó apenas diez segundos antes de bajar lentamente el teléfono.

—La reunión de las cinco familias comenzó sin usted.

—¿Y?

—Alguien llegó hace veinte minutos diciendo que hablaba en nombre de los Morelli.

Vittorio sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Su hombre tragó saliva.

—No lo sabemos todavía.

Hizo una pausa.

—Pero lleva su anillo, conoce todas nuestras claves y les acaba de anunciar que Vittorio Morelli está muerto.

Related Posts

PARTE 2: ROWAN DESCUBRIÓ QUIÉN ERA REALMENTE MI PADRE, PERO LO QUE ENCONTRÉ EN NUESTRAS CUENTAS TERMINÓ DE DESTRUIR NUESTRO MATRIMONIO.

Mi padre levantó los ojos hacia Rowan. Leo dormía tranquilamente contra su pecho. —Porque Phoebe es mi hija, Rowan. Seis palabras. Eso fue todo. Rowan se quedó…

PARTE 2: ADRIÁN PLANEABA SACARME DE SU VIDA CON LA MAESTRA DE NUESTRO HIJO, PERO NO SABÍA QUE YO YA HABÍA EMPEZADO A REVISAR CADA CUENTA, CADA MENSAJE Y CADA MENTIRA.

Esa misma tarde no fui a casa. Llevé a Leo a casa de mi hermana y llamé a mi abogada. —Necesito revisar mis finanzas matrimoniales. —¿Problemas? —Posiblemente…

PARTE 2: REN LO LLAMÓ ABURRIDO SIN SABER QUE DAMIAN HABÍA ESCUCHADO CADA PALABRA, Y AQUEL ERROR CAMBIÓ POR COMPLETO LA FORMA EN QUE ÉL LA MIRABA.

Tres meses después, Ren ya sabía exactamente cuándo Damian estaba enfadado. No levantaba la voz. No golpeaba escritorios. Simplemente se volvía más educado. Aquella tarde, cuando dejó…

PARTE 2: ALEJANDRO CREYÓ QUE EL MAR ME HABÍA QUITADO PARA SIEMPRE, PERO LA VERDAD SOBRE LUNA DESTRUYÓ SU BODA ANTES DE QUE PUDIERA DECIR “ACEPTO”.

No recuerdo el momento en que salí del agua. Solo voces. Una luz blanca. Alguien diciendo: —Todavía respira. Un pescador me había encontrado cerca de la costa…

PARTE 2: ALEXANDER PRESENTÓ A SU HIJO COMO HEREDERO DE REED GROUP, PERO TRES MESES DESPUÉS DESCUBRIÓ QUE YA NI SIQUIERA CONTROLABA SU PROPIA SILLA.

Alexander entró en la sala de juntas. —Detengan la votación. Nadie se movió. Doce directores permanecieron sentados alrededor de la mesa. Mi abogado estaba a mi derecha….

PARTE 2: DANIEL CREYÓ QUE NUESTRO DIVORCIO HABÍA TERMINADO TODO, HASTA QUE DESCUBRIÓ QUE LA MUJER A LA QUE HABÍA MENTIDO ERA LA MISMA QUE PODÍA DECIDIR EL FUTURO DE SU INVERSIÓN.

No respondí inmediatamente al mensaje de mi asistente legal. “Lucía Vidal solicitó invertir en nuestra nueva ronda usando una sociedad vinculada a Daniel Gu. ¿Procedemos?” Lo leí…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *