PARTE 2: ETHAN CREYÓ QUE PODÍA TENER DOS ESPOSAS, HASTA QUE LUCAS BLACKWOOD LLEGÓ CON EL CONTRATO QUE CAMBIÓ MI DESTINO.

Ethan no se movió.

—Aurora, deja de hacer teatro.

Marqué seguridad.

Entonces comprendió que hablaba en serio.

Cinco minutos después, dos oficiales estaban frente a mi puerta.

No mencioné nuestra historia.

No discutí sobre Mila.

Solo dije:

—El general Shaw entró utilizando una autorización biométrica que ya no tenía permiso de usar. Le pedí que se marchara y se negó.

Ethan me miró como si acabara de convertirme en una desconocida.

—¿Realmente vas a hacerme esto?

—No.

Sostuve su mirada.

—Tú elegiste tu matrimonio esta tarde. Ahora vuelve con tu esposa.

Se marchó.

A la mañana siguiente llegó Lucas Blackwood.

Esperaba encontrar al arrogante heredero de los rumores.

En cambio, apareció con un traje oscuro, una carpeta y expresión cansada.

—Me dijeron que aceptaste.

—Sí.

Se sentó frente a mí.

—Entonces tenemos que aclarar algo antes de firmar.

Abrió la carpeta.

Había condiciones financieras.

Separación patrimonial.

Derechos profesionales.

Una cláusula que prohibía a cualquiera de nuestras familias interferir en nuestras carreras.

Y otra sobre privacidad.

—No quiero una esposa obediente —dijo Lucas—. Quiero un acuerdo limpio.

—Perfecto.

—Y tampoco quiero que te cases conmigo creyendo rumores sobre mi vida privada.

Lo miré.

Lucas sonrió sin humor.

—La historia de que prefiero hombres comenzó hace cuatro años porque rechacé tres matrimonios arreglados. Nunca me molesté en corregirla.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque funcionaba extraordinariamente bien para mantener alejadas a familias interesadas.

Por primera vez desde mi boda fallida, me reí.

Lucas también.

—Pero no te preocupes —añadió—. No espero amor.

—Yo tampoco.

—Entonces empezaremos siendo honestos.

Aquella frase resultó más valiosa de lo que imaginaba.

El acuerdo se firmó.

Los trescientos millones entraron al proyecto familiar siguiendo los términos pactados.

Y Ethan se enteró esa misma tarde.

Apareció en casa de mis padres.

—¡No puedes casarte con Blackwood!

Mi padre ni siquiera se levantó.

—Aurora puede decidir con quién casarse.

Ethan me miró.

—¿Estás haciendo esto para castigarme?

—No eres tan importante.

Aquello lo hirió más que cualquier insulto.

—Ayer ibas a casarte conmigo.

—Y tú terminaste casándote con Mila.

—¡Por responsabilidad!

—Entonces sé responsable.

Me levanté.

—Ve a casa con tu esposa.

Ethan intentó acercarse.

—Yo sufrí noventa y nueve latigazos para casarme contigo.

En mi vida anterior, aquella frase me habría hecho llorar.

Esta vez solo pensé en todo lo que había ocurrido después.

—Y aun así nunca aprendiste que sufrir por alguien no te concede derecho a destruirlo.

Se quedó sin palabras.

Durante las semanas siguientes, la situación con Mila comenzó a desmoronarse.

No porque yo hiciera nada.

Porque Ethan había construido su nuevo matrimonio sobre una contradicción imposible.

Decía que Mila era únicamente una responsabilidad.

Pero esperaba que ella se comportara como esposa.

Decía que yo era su verdadero amor.

Pero esperaba que aceptara convertirme en su secreto.

Mila comenzó a exigir el lugar que Ethan le había prometido públicamente.

Y Ethan descubrió que no podía seguir viviendo entre dos mujeres esperando que ambas aceptaran sus reglas.

Yo, mientras tanto, investigué algo más importante.

La historia del supuesto “veneno afrodisíaco”.

No intenté demostrar nada por mi cuenta.

Solicité que los hechos relacionados con aquella operación y la conducta entre un superior y una subordinada fueran revisados por los canales correspondientes.

La versión de Ethan tenía inconsistencias.

Había utilizado una explicación extraordinaria para justificar una relación con una subordinada y después convertirla en obligación matrimonial.

Las autoridades militares competentes determinarían qué había ocurrido realmente.

Yo ya no necesitaba hacerlo.

Un mes después llegó mi boda con Lucas.

Fue pequeña.

Sin espectáculo.

Sin grandes promesas de amor eterno.

Antes de entrar, Lucas me preguntó:

—¿Quieres seguir adelante?

Era una pregunta sencilla.

Pero me detuvo.

Ethan nunca me la había hecho realmente.

Siempre había decidido qué debía aceptar.

Miré a Lucas.

—Sí.

Nos casamos.

No me convertí inmediatamente en una mujer enamorada.

Lucas tampoco fingió estarlo.

Seguimos nuestras carreras.

Tuvimos habitaciones separadas al principio.

Discutíamos contratos durante el desayuno y política de defensa durante la cena.

Y lentamente ocurrió algo que jamás había incluido en mis cálculos.

Empecé a confiar en él.

No porque fuera poderoso.

Porque cuando decía no, significaba no.

Cuando prometía algo, lo cumplía.

Cuando discrepábamos, me escuchaba.

Meses después, Ethan me encontró durante una recepción militar.

Parecía distinto.

Mila ya no estaba con él.

—Nos estamos separando —dijo.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—Tienes razón.

Miró hacia Lucas, que conversaba a unos metros.

—¿Lo amas?

Pensé antes de responder.

—Estoy aprendiendo a hacerlo.

Ethan cerró los ojos.

—Aurora, si pudiera volver atrás…

Lo interrumpí.

—Yo sí volví.

No podía explicarle cuánto significado tenían aquellas palabras.

—Y elegí diferente.

Ethan me miró durante mucho tiempo.

—¿Nunca vas a perdonarme?

—Perdonarte y volver contigo son cosas distintas.

Después me alejé.

Un año más tarde, Lucas encontró en un armario una caja con un pedazo de tela blanca.

Era parte de mi antiguo vestido de novia.

—¿Quieres conservarlo?

Lo sostuve entre las manos.

Pensé en la mujer que había sido.

La que creyó que noventa y nueve heridas demostraban amor.

La que había aceptado convertirse en segunda opción porque un hombre le decía que el matrimonio era “solo una forma”.

Negué.

—Ya no.

Lucas cerró la caja.

Nunca me preguntó por qué lloraba.

Simplemente permaneció a mi lado.

En mi primera vida creí que Ethan había arruinado mi destino cuando eligió a Mila.

Estaba equivocada.

Mi destino se arruinó cuando permití que su elección determinara cuánto valía yo.

Esta vez no luché por recuperarlo.

No destruí a Mila.

No dediqué mi segunda oportunidad a vengarme.

Simplemente me negué a repetir la misma vida.

Ethan siempre decía que el matrimonio era solo una forma.

Al final tuvo razón en algo.

Un certificado nunca pudo demostrar quién me amaba.

Las decisiones sí.

Y cuando la vida me permitió elegir nuevamente, por primera vez no escogí al hombre que decía que moriría por mí.

Escogí una vida en la que nadie volviera a pedirme que desapareciera para demostrar cuánto lo amaba.

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