PARTE 2: MI MADRE LLEVÓ CINCO ABOGADOS PARA QUITARME LA HERENCIA, PERO EL ADMINISTRADOR DE MI PADRE SACÓ UN DOCUMENTO QUE CONVIRTIÓ SU EMBOSCADA EN ALGO MUCHO MÁS PELIGROSO.

Mateo Ríos no levantó la voz.

No necesitaba hacerlo.

La expresión de mi madre cambió en cuanto lo reconoció.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Evelyn.

Mateo dejó un maletín sobre la mesa.

—Cumpliendo las instrucciones de Richard Prescott.

Mi padre.

Austin soltó una risa seca.

—Richard está muerto.

Mateo lo miró.

—Precisamente por eso dejó instrucciones para este momento.

El silencio fue inmediato.

Uno de los abogados tomó los documentos que pretendían hacerme firmar.

—Señor Ríos, esta es una negociación familiar privada.

—No —respondió Mateo—. Están intentando conseguir que la beneficiaria principal de un fideicomiso irrevocable renuncie a sus derechos mientras le presentan información incompleta sobre sus consecuencias.

La abogada cerró lentamente su computadora.

Mi madre me señaló.

—Laura entiende perfectamente lo que está haciendo.

—Entonces no tendrá problema en explicarnos por qué Gregory está detrás de ella bloqueándole el paso.

Todos miraron a mi padrastro.

Gregory se apartó inmediatamente.

Yo permanecí inmóvil.

Mateo abrió su maletín.

—Richard anticipó que alguien intentaría impugnar el fideicomiso después de su muerte.

Evelyn palideció.

—Yo era su esposa.

—Y Laura era su hija.

Mateo sacó un sobre sellado.

—Por eso estableció una cláusula especial.

El abogado principal extendió la mano.

—Necesito verla.

—La verá.

Mateo puso una copia frente a él.

Los cinco abogados comenzaron a leer.

El cambio fue casi imperceptible al principio.

Después uno dejó de tomar notas.

Otro se reclinó en la silla.

La mujer de la computadora miró directamente a mi madre.

—Señora Prescott, ¿usted conocía esta cláusula?

—¿Qué cláusula?

Mateo respondió:

—Cualquier intento de obtener mediante presión, engaño o coerción una cesión de los derechos de Laura activa una auditoría completa de determinadas transferencias realizadas durante los últimos cinco años de vida de Richard.

Mi madre quedó inmóvil.

Austin frunció el ceño.

—¿Qué transferencias?

Evelyn no contestó.

Eso me llamó la atención.

—Mamá.

—No significa nada.

Mateo sacó otra carpeta.

—Eso tendrá que decidirlo un auditor.

Uno de los abogados se levantó.

—Necesito hablar en privado con mi cliente.

Mi madre lo ignoró.

—Laura, dile que se vaya.

Casi sonreí.

—Tú organizaste esta reunión.

—Porque intentábamos resolver esto como familia.

Miré los cinco maletines alrededor de la mesa.

—Una forma curiosa de hacerlo.

Austin golpeó la mesa.

—¡Todo esto por dinero que ni siquiera necesitas!

Me volví hacia él.

—Nunca se trató de cuánto necesito.

—Tienes una carrera cómoda en el Ejército.

Mateo me miró por un instante, pero guardó silencio.

Mi familia todavía no entendía quién era yo.

Y aquella noche no necesitaba demostrárselo.

Lo importante estaba sobre la mesa.

Mateo abrió otra carpeta.

—Hay un problema adicional.

Gregory habló por primera vez.

—¿Cuál?

—Después del fallecimiento de Richard revisamos movimientos relacionados con sus cuentas.

Mi madre se puso rígida.

—Tenía acceso autorizado.

—A algunas.

Mateo deslizó una hoja hacia ella.

—No a esta.

Evelyn la miró y perdió el color.

Me acerqué.

Era un registro bancario.

Había varias transferencias.

Cuarenta mil dólares.

Setenta y cinco mil.

Ciento veinte mil.

Todas realizadas durante los últimos meses de vida de mi padre.

Todas terminaban en una empresa que jamás había visto.

APEX HARBOR CONSULTING.

—¿Qué es esto? —pregunté.

Austin miró a Gregory.

Fue un movimiento pequeño.

Pero lo vi.

Y Mateo también.

—Austin —dije—, ¿conoces esa empresa?

—No.

Demasiado rápido.

Mateo colocó otra página sobre la mesa.

—Curioso.

Era un registro corporativo.

Apex Harbor Consulting había sido creada dieciocho meses antes.

La dirección correspondía a un apartado postal.

Pero aparecía un nombre vinculado a la empresa.

Austin Gregory Hale.

Mi medio hermano.

Lo miré.

—¿Quieres intentarlo otra vez?

Austin se puso de pie.

—Papá quería invertir en mi negocio.

—Richard no era tu padre —dijo Mateo.

La frase cayó como una piedra.

Mi madre golpeó la mesa.

—¡Lo crió durante veinte años!

—Y le dio muchísimo —respondió Mateo—. Pero no existe documentación que autorice estas transferencias.

Uno de los abogados recogió su maletín.

—Señora Prescott, no firme ni diga nada más hasta que hablemos en privado.

Aquello me confirmó algo.

Los cinco habían llegado creyendo que iban a presionarme.

Ahora intentaban protegerse de lo que acababan de descubrir.

Mi teléfono vibró.

Miré la pantalla.

Era un mensaje de mi abogada.

Estamos afuera. ¿Entramos?

Le respondí con una palabra.

Ahora.

Mi madre vio mi teléfono.

—¿A quién escribes?

—A las personas que traje.

Su expresión cambió.

—Mateo ya está aquí.

—Nunca dije que Mateo fuera la única persona.

Tres golpes sonaron en la puerta.

Gregory dio un paso hacia el pasillo.

—Esto se acabó.

Mateo lo detuvo con una frase.

—Yo no abriría esa puerta con actitud hostil.

Gregory se quedó quieto.

Entraron dos personas.

La primera era mi abogada privada, Danielle Brooks.

El segundo era un especialista en investigación financiera que había trabajado anteriormente con el equipo jurídico encargado de revisar ciertos asuntos de mi padre.

Danielle colocó una carpeta frente a mí.

—Laura, encontramos algo esta tarde.

Mi madre empezó a recoger sus documentos.

—Nos vamos.

—Esta es tu casa —le recordé.

Se detuvo.

Danielle abrió la carpeta.

—El recibo de gastos funerarios que Evelyn pidió que firmaras después del funeral.

Lo recordaba perfectamente.

Mi madre había aparecido llorando.

Me había dicho que necesitaba mi firma para liberar un pago a la funeraria.

Pero yo había fotografiado cada página antes de firmar.

Danielle colocó mi copia junto a otra versión.

No eran iguales.

En la segunda habían añadido una página.

Y en esa página aparecía mi firma.

Sentí que el estómago se me endurecía.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sabemos —dijo Danielle.

Mateo leyó el encabezado.

Su expresión se volvió helada.

Autorización para modificación de beneficiarios y administración temporal de activos.

Uno de los cinco abogados se volvió hacia mi madre.

—¿Nos proporcionó usted este documento?

Evelyn no respondió.

—Señora Prescott.

—Me dijeron que era válido.

—¿Quién?

Mi madre miró a Gregory.

Gregory miró a Austin.

Y por primera vez comprendí que aquella emboscada quizá no había sido idea exclusivamente de mi madre.

Danielle sacó su teléfono.

—Hay algo más.

Mostró una grabación de seguridad de la oficina del abogado que había gestionado parte de los documentos de mi padre.

La fecha era seis días antes de su muerte.

Un hombre entraba llevando una carpeta.

No era mi madre.

No era Austin.

Era Gregory.

Y no estaba solo.

A su lado caminaba uno de los cinco abogados sentados en aquella misma mesa.

Todos nos volvimos hacia él.

El hombre dejó de respirar por un segundo.

Mateo cerró lentamente la carpeta.

—Creo —dijo— que esta reunión acaba de cambiar de naturaleza.

El abogado tomó su teléfono.

—No voy a responder ninguna pregunta.

Mi madre comenzó a llorar.

Pero yo ya no la miraba.

Miraba la última página que Danielle acababa de sacar.

Era una copia de un documento encontrado entre los archivos privados de mi padre.

Había sido escrito de su puño y letra.

Sólo contenía tres líneas.

La primera decía:

“Laura: si estás leyendo esto, significa que Evelyn hizo exactamente lo que temía.”

La segunda:

“No confíes en Gregory.”

Y cuando leí la tercera, sentí que toda la habitación desaparecía.

Porque mi padre había escrito:

“Pero sobre todo, no confíes en Mateo Ríos.”

Levanté lentamente la mirada.

Mateo seguía sentado frente a mí.

Y por primera vez desde que había cruzado aquella puerta, dejó de sonreír.

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