El murmullo creció hasta convertirse en un caos.
Abogados hablando al mismo tiempo.
Periodistas levantándose de sus asientos.
El secretario del juzgado intentando imponer silencio.
Solo Ricardo Beltrán permanecía inmóvil, con el rostro completamente descompuesto.
El juez golpeó el mazo con fuerza.
—¡Orden en la sala!
Poco a poco el silencio regresó.
El magistrado tomó el teléfono que seguía conectado al altavoz.
—Señora Verónica Salazar, antes de continuar necesito confirmar su identidad.
La respuesta llegó sin titubeos.
—Conservo mi credencial profesional, mi pasaporte y los registros del hospital donde trabajé con la señora Elena Beltrán. Puedo enviar todo inmediatamente.
Ricardo dio un paso al frente.
—¡No escuche a esa mujer! ¡Es una impostora!
Pero Verónica continuó hablando con una serenidad que contrastaba con el nerviosismo del empresario.
—Ricardo sabe perfectamente quién soy. También sabe por qué desaparecí.
Mariana levantó lentamente la cabeza.
Las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas.
—Verónica… ¿por qué nunca regresaste?
Del otro lado de la llamada hubo un largo silencio.
—Porque Elena me obligó a irme.
Toda la sala quedó inmóvil.
—Dos semanas antes de morir, Elena descubrió documentos sobre unas deudas enormes que Ricardo mantenía ocultas. Él necesitaba vender el Diamante de la Luna para cubrirlas sin que el resto de la familia lo supiera.
El juez tomó algunas notas.
—Continúe.
—Cuando Elena se negó, escondió la joya y redactó una declaración escrita de su puño y letra. Después me pidió que abandonara el país durante un tiempo porque temía que también intentaran silenciarme.
Ricardo golpeó la mesa.
—¡Mentira!
—¿Mentira? —respondió Verónica—. Entonces explica por qué organizaste un funeral para alguien cuyo cuerpo jamás fue identificado.
El silencio fue absoluto.
Varios asistentes comenzaron a intercambiar miradas.
El juez dirigió su atención a Ricardo.
—¿Puede responder esa pregunta?
El empresario tragó saliva.
Por primera vez desde que inició la audiencia parecía no encontrar palabras.
Mientras tanto, Lucía seguía sosteniendo el teléfono con ambas manos.
Su pequeña figura contrastaba con la solemnidad del tribunal.
—Señora Verónica —preguntó con voz temblorosa—, ¿mi mamá no va a ir a la cárcel?
La mujer tardó apenas unos segundos en responder.
—No, hija.
Su voz se quebró por primera vez.

—Porque tu mamá nunca tocó ese diamante.
Mariana rompió a llorar.
El abogado de oficio colocó una mano sobre su hombro.
Entonces Verónica añadió algo inesperado.
—La prueba no está conmigo.
Todos prestaron atención.
—¿Dónde está? —preguntó el juez.
—En la biblioteca de la antigua casa Beltrán.
Ricardo volvió a ponerse de pie.
—¡Eso es absurdo! Esa habitación fue remodelada hace años.
—Precisamente por eso nunca encontraron nada.
El juez entrecerró los ojos.
—Explíquese.
Verónica respiró profundamente.
—Elena mandó fabricar una caja de seguridad oculta detrás del tercer estante de caoba, justo donde guardaba los libros de historia mexicana. Solo dos personas conocíamos ese escondite.
La secretaria judicial dejó de escribir por un instante.
Ricardo apretó con tanta fuerza el borde de la mesa que los nudillos se le volvieron blancos.
—Dentro hay una carpeta color azul.
Su voz seguía firme.
—Contiene una carta firmada por Elena, fotografías del escondite original del diamante y varios documentos financieros relacionados con las deudas personales de Ricardo.
El abogado de Ricardo intervino inmediatamente.
—Objeción. Todo eso son simples afirmaciones.
El juez asintió lentamente.
—Tiene razón.
Miró nuevamente el teléfono.
—¿Existe alguna forma de verificar lo que dice?
—Sí.
—¿Cuál?
—Envíen ahora mismo a un actuario judicial.
La mujer hizo una breve pausa antes de continuar.
—Si la biblioteca no ha sido destruida, encontrarán la caja exactamente donde acabo de indicar.
Todos giraron hacia Ricardo.
El empresario respiraba con dificultad.
Su frente comenzaba a cubrirse de sudor.
El juez observó cuidadosamente aquella reacción.
Después tomó una decisión.
—Se suspende temporalmente la audiencia.
Golpeó el mazo.
—Se girará una diligencia urgente para preservar el domicilio y verificar la existencia de los documentos mencionados.
Ricardo perdió definitivamente la calma.
—¡No pueden hacer eso!
—¿Por qué no? —preguntó el juez.
El empresario abrió la boca, pero ninguna respuesta resultó convincente.
Mientras varios funcionarios comenzaban a preparar las órdenes correspondientes, el celular volvió a emitir la voz de Verónica.
—Excelencia…
—La escucho.
—Hay algo más.
Todos volvieron a guardar silencio.
—Si llegan primero a la biblioteca…
Respiró profundamente.
—…no busquen únicamente la carpeta.
El juez frunció el ceño.
—¿Qué más debemos buscar?
Verónica respondió con una frase que hizo que Ricardo cerrara los ojos como si acabara de comprender que todo estaba perdido.
—Porque el Diamante de la Luna jamás estuvo escondido solo… Elena dejó junto a él una grabación donde explicó, con fecha, nombres y pruebas, quién planeó acusar a Mariana muchos años antes de que la joya desapareciera.