Parte 2: LA CENA DONDE LA ESPOSA FALSA ROBÓ TODA LA ATENCIÓN Y LA PREGUNTA QUE HIZO TEMBLAR AL HOMBRE MÁS TEMIDO DE MÉXICO

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, el penthouse de Reforma dejó de parecer una oficina y se convirtió en un escenario.

Clara revisó cada detalle.

Cambió la vajilla italiana por porcelana de Talavera.

Quitó los arreglos florales exagerados y colocó bugambilias naturales.

Mandó retirar tres cuadros modernos.

—¿Qué haces? —preguntó Leobardo.

—Una casa con demasiado lujo parece hotel. Una esposa convierte una casa en hogar.

Nadie volvió a cuestionarla.

Incluso el chef terminó siguiendo sus instrucciones.

Cuando llegó la noche de la cena, Damián apareció con un esmoquin negro impecable.

Esperaba encontrar a Clara vestida con algún diseño llamativo.

Pero quedó inmóvil.

Ella llevaba un vestido color marfil de manga larga, confeccionado por ella misma.

No tenía pedrería excesiva.

No necesitaba mostrar piel.

La elegancia estaba en el corte perfecto y en la seguridad con la que caminaba.

—¿Qué? —preguntó Clara al verlo callado.

Damián tardó unos segundos en responder.

—Te ves… exactamente como imaginé que se vería mi esposa.

Ella sonrió apenas.

—Recuerde que solo estamos actuando.

Él no respondió.

A las ocho en punto llegó Don Aurelio Cárdenas.

Entró acompañado por su esposa, dos hijos y varios asesores.

Era un hombre cercano a los setenta años, de mirada aguda y modales impecables.

Antes de saludar a Damián, observó detenidamente a Clara.

Ella dio un paso al frente.

—Bienvenidos a nuestra casa.

No dijo “la casa de Damián”.

Dijo “nuestra”.

Aurelio sonrió discretamente.

—Es un gusto conocer finalmente a la mujer que logró domesticar a este hombre.

Clara respondió sin perder el ritmo.

—No lo domestiqué.

Solo aprendimos a discutir sin romper los muebles.

Las risas relajaron inmediatamente el ambiente.

Durante la cena ocurrió algo inesperado.

Cada vez que alguien dirigía una pregunta a Damián, Don Aurelio terminaba mirando primero a Clara.

—¿Siempre trabaja tanto?

Ella respondió antes que él.

—Demasiado.

Pero aprendió que ninguna reunión vale perder un desayuno de domingo.

Damián la observó sorprendido.

Aquella frase jamás había formado parte de la historia inventada.

Sin embargo, sonó completamente real.

Más tarde, la señora Cárdenas preguntó:

—¿Y quién eligió esta decoración?

—Los dos.

Respondió Clara con naturalidad.

—Él compra cosas demasiado caras.

Yo las hago parecer habitables.

La familia volvió a reír.

Por primera vez en muchos años, Damián veía a Don Aurelio relajado.

El negocio parecía prácticamente cerrado.

Pero entonces llegó la pregunta que nadie esperaba.

—Señora Robles…

Clara levantó la vista.

—Dígame.

—¿Cuál fue la primera pelea seria que tuvieron como matrimonio?

El silencio cayó sobre la mesa.

Leobardo sintió un escalofrío.

Esa pregunta no estaba prevista.

Damián permaneció inmóvil.

Si respondían mal, todo terminaría.

Clara dejó lentamente la copa sobre la mesa.

Después miró directamente a Damián.

—¿La contamos?

Él entendió inmediatamente que debía seguirla.

—Claro.

Ella suspiró teatralmente.

—Fue por una camisa.

Don Aurelio frunció el ceño.

—¿Una camisa?

—Sí.

Volvió a mirar a Damián.

—La tiré a la basura.

Todos quedaron sorprendidos.

—¿Por qué? —preguntó la señora Cárdenas.

—Porque llevaba ocho años rota debajo del brazo y él insistía en seguir usándola.

Varias personas comenzaron a reír.

Clara continuó.

—Le dije que un hombre podía ser humilde sin parecer abandonado.

Damián decidió entrar en la historia.

—Todavía sigo creyendo que aquella camisa podía durar otros cinco años.

—Precisamente por eso la desaparecí.

Don Aurelio soltó una carcajada.

—Ahora sí les creo.

Todos respiraron aliviados.

Pero el anciano aún no había terminado.

Mientras el postre era servido, observó atentamente las manos de Clara.

Entonces preguntó con absoluta tranquilidad:

—Señora Robles…

Ella levantó nuevamente la vista.

—Sí.

—¿Por qué una mujer tan detallista lleva un anillo de matrimonio que claramente fue ajustado apenas hace unos días?

El silencio volvió a congelar la habitación.

Leobardo dejó de respirar.

Damián sintió por primera vez que el plan podía derrumbarse.

Clara bajó lentamente la mirada hacia su mano izquierda.

Después sonrió.

—Porque durante ocho años me negué a usarlo.

Nadie habló.

Ella continuó con absoluta serenidad.

—Damián me lo regaló hace mucho tiempo.

Pero yo no quería casarme con un hombre que vivía únicamente para trabajar.

Miró directamente a Damián.

—Hace seis meses decidió demostrarme que todavía sabía llegar temprano a casa.

Entonces acepté.

El anciano observó ahora a Damián.

—¿Es cierto?

Él sostuvo la mirada de Clara durante unos segundos.

Había algo extraño.

Ya no parecía una actuación.

Finalmente respondió.

—Sí.

Don Aurelio asintió lentamente.

Parecía satisfecho.

Sin embargo, cuando todos creían superada la prueba, uno de los escoltas entró apresuradamente al comedor.

Se acercó al oído de Damián y susurró unas palabras.

El rostro del hombre más poderoso de la mesa cambió por completo.

Clara alcanzó a escuchar solo una frase.

Jefe… encontramos a una mujer que asegura ser su verdadera esposa y acaba de llegar al edificio exigiendo verlo inmediatamente.

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