Parte 2: LA PULSERA QUE ESCONDÍA UN SECRETO FAMILIAR Y LA CENA DONDE TODOS CREYERON QUE EL MATRIMONIO ERA REAL

Durante todo el trayecto hacia el estacionamiento, ninguno de los dos habló.

Valeria caminaba mirando una y otra vez la pulsera de oro.

La acariciaba con la yema de los dedos como si quemara.

Daniel llevaba las manos en los bolsillos.

El anillo seguía en su dedo.

Curiosamente, ya no sentía la necesidad de quitárselo.

Cuando llegaron junto al automóvil de Valeria, ella rompió finalmente el silencio.

—Gracias.

Daniel sonrió.

—Creo que nunca había sido esposo durante exactamente cuarenta minutos.

Ella soltó una risa cansada.

Después volvió a ponerse seria.

—No debí involucrarte.

—No me obligaste.

Valeria respiró hondo.

—Mi abuela tiene un cáncer muy avanzado.

Los médicos dicen que quizá solo le quedan unas semanas.

Cerró los ojos un instante.

—Lleva dos años preguntándome cuándo conocería al hombre con el que formaría una familia.

Daniel comprendió entonces por qué aquella mentira había sido tan importante.

No era un capricho.

Era una despedida.

—Hiciste lo que creíste necesario.

Ella negó lentamente.

—No.

Hice lo único que me permitía verla sonreír una última vez.

En ese momento sonó el teléfono de Valeria.

Era su madre.

Contestó.

La conversación apenas duró unos segundos.

Cuando colgó, parecía completamente desconcertada.

—¿Qué pasó? —preguntó Daniel.

—Mi abuela quiere cenar con toda la familia esta noche.

—Eso es bueno, ¿no?

Valeria tragó saliva.

—Quiere que tú también estés.

Daniel permaneció inmóvil.

—¿Yo?

—Dice que después de tantos años esperando conocer a su nieto político no piensa dejar escapar la oportunidad.

Los dos guardaron silencio.

—Podemos decirle que tuviste que viajar.

—Mi mamá ya dijo que pasarás por nosotros a las siete.

Daniel soltó una pequeña carcajada.

—Parece que sigo casado.

Ella lo miró avergonzada.

—Entenderé perfectamente si dices que no.

Él observó el anillo unos segundos.

Luego recordó la cafetería donde una semana antes habían terminado tres años de su vida.

¿Qué podía perder?

—¿Dónde es la cena?

A las siete menos diez, Daniel llegó a una antigua casona en Coyoacán.

No llevaba traje.

Solo una camisa azul marino y un saco gris.

Quería parecer un hombre normal.

No un personaje.

Cuando Valeria abrió la puerta, tardó unos segundos en hablar.

—Te ves diferente.

—¿Peor?

Ella sonrió.

—Más… esposo.

Daniel levantó las cejas.

—Eso empieza a preocuparme.

Dentro de la casa había fotografías familiares por todas partes.

La abuela Catalina ya estaba sentada en la cabecera.

Al verlo entrar abrió los brazos con entusiasmo.

—¡Mi Daniel!

Aquellas dos palabras hicieron que varios familiares voltearan inmediatamente.

Había tíos.

Primos.

Sobrinos.

Más de veinte personas.

Todos comenzaron a observar al desconocido.

Teresa se acercó discretamente.

—No esperaba que aceptaras.

Daniel respondió en voz baja.

—Yo tampoco.

La cena transcurrió sorprendentemente bien.

Daniel hablaba poco.

Escuchaba mucho.

La familia comenzó a relajarse.

Incluso algunos primos terminaron haciéndole bromas.

Pero justo cuando servían el postre, un hombre de unos cuarenta años dejó lentamente la copa sobre la mesa.

Se llamaba Álvaro.

Era primo de Valeria y abogado.

Había permanecido callado toda la noche.

Hasta entonces.

—Daniel.

Él levantó la vista.

—Sí.

—¿En qué fecha se casaron exactamente?

Valeria sintió que el corazón se detenía.

Daniel respondió con calma.

—Hace ocho meses.

Álvaro sonrió apenas.

—Eso ya lo sabemos.

Lo que pregunté fue la fecha.

Toda la mesa quedó en silencio.

Daniel observó discretamente a Valeria.

Ella tampoco conocía esa respuesta.

El abogado continuó.

—Perdona la curiosidad.

Me dedico precisamente al derecho familiar.

Las fechas siempre me interesan.

Daniel tomó un sorbo de agua.

Después sonrió.

—No recuerdo el día.

Álvaro levantó una ceja.

—¿No recuerda cuándo se casó?

—Recuerdo perfectamente por qué me casé.

Pero jamás he sido bueno con las fechas.

La abuela Catalina soltó una risita.

—Eso mismo hacía mi difunto esposo.

Nunca recordaba aniversarios.

Toda la mesa volvió a relajarse.

Pero Álvaro no.

Seguía observándolo.

Con demasiada atención.

Cuando terminó la cena, Daniel salió unos minutos al jardín para responder una llamada del trabajo.

Al regresar escuchó dos voces detrás de una puerta entreabierta.

Eran Teresa y Álvaro.

—No me convence.

—¿Por qué? —preguntó Teresa.

—Porque revisé algo mientras cenábamos.

Daniel sintió un escalofrío.

Álvaro continuó.

—Busqué el acta de matrimonio de Valeria.

Teresa guardó silencio.

—Y no existe ningún registro con ese nombre.

Daniel permaneció completamente inmóvil al otro lado del pasillo.

Entonces escuchó la última frase del abogado.

Si ese hombre realmente no es el esposo de Valeria, alguien tendrá que explicar por qué la abuela acaba de entregarle una pulsera que, según el testamento de la familia, solo puede pasar a la siguiente generación cuando el matrimonio es auténtico.

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