—Apártate de la puerta, Elena.
Mateo avanzó con el teléfono todavía en la mano.
Su voz era baja, pero la amenaza resultaba más aterradora que cualquier grito.
Elena no se movió.
Detrás de ella, la cerradura crujió bajo el peso de su cuerpo. Sabía que, si permitía que su hermano saliera de aquella habitación, las pruebas desaparecerían antes del amanecer.
—Primero vas a decirme qué le diste a mamá.
Mateo sonrió.
—Medicinas.
—¿Qué medicinas?
—Las que necesita una anciana enferma.
Elena observó el frasco que él sostenía. La etiqueta había sido arrancada y varias pastillas estaban aplastadas en el fondo.
Su madre nunca tomaba comprimidos de aquel color.
—Dame el frasco.
—No tienes autoridad para exigirme nada.
—Soy su hija.
—Y yo soy el administrador legal de sus bienes.
Aquella frase confirmó el verdadero motivo.
Mateo no estaba cuidando a su madre. Estaba esperando que muriera para controlar la herencia sin obstáculos.
Elena miró hacia la cama.
La anciana abrió lentamente los ojos.
Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido. Tenía el rostro húmedo por el sudor y una pequeña mancha violácea en la comisura de la boca.
—Mamá, mírame.
La mujer intentó levantar una mano.
Mateo se interpuso.
—No la alteres.
—¡Déjame pasar!
Elena lo empujó con todas sus fuerzas.
El teléfono cayó al suelo y la pantalla se encendió.
Una llamada seguía conectada.
No era un abogado.
En la parte superior aparecía un nombre que Elena reconoció de inmediato.
“Doctor Salvatierra”.
El médico personal de su madre.
—¿Por qué estás hablando con él a esta hora? —preguntó Elena.
Mateo recogió el aparato rápidamente.
—Porque mamá está enferma.
Desde el altavoz se escuchó una voz nerviosa.
—Mateo, no le des otra dosis. Ya te dije que podía ser peligroso.
La habitación quedó en silencio.
Elena sintió que la sangre se le congelaba.
—¿Otra dosis de qué?
Mateo cortó la llamada.
Demasiado tarde.
Ella se abalanzó sobre él y trató de arrebatarle el teléfono. Mateo la sujetó por los brazos y la empujó contra la puerta.
—No sabes en qué te estás metiendo.
—Sé exactamente lo que estás haciendo.
—No. No tienes idea.
La sombra del pasillo volvió a moverse.
Esta vez, una figura salió de la oscuridad.
Era Gabriel, el portero del edificio.
Llevaba más de veinte años trabajando allí. Todos lo consideraban un hombre callado, servicial y demasiado temeroso para enfrentarse a Mateo.
Pero aquella noche sostenía una pequeña cámara entre las manos.
—Yo sí tengo idea —dijo.
Mateo lo miró con furia.
—¿Qué haces dentro de mi casa?
—La puerta estaba abierta.
—Lárgate.
Gabriel levantó la cámara.
—He grabado todo.
El rostro de Mateo cambió.
—Entrégamela.
—No.
—Sabes perfectamente lo que puedo hacerte.
Gabriel tragó saliva, pero no retrocedió.
—También sé lo que le hizo a la señora anoche.
Elena se acercó.
—¿Lo viste?
Gabriel asintió.
—Vi a Mateo sacarla del ascensor sujetándola por el cuello. Ella intentaba pedir ayuda.
—¡Mentira! —gritó Mateo.
—Y no fue la primera vez.
El portero abrió la cámara y mostró varios archivos.
Durante semanas había grabado a Mateo entrando de madrugada en el apartamento. Algunas noches llevaba bolsas de medicamentos. En otras ocasiones salía acompañado por el doctor Salvatierra.
En una grabación, Mateo entregaba al médico un sobre grueso.
—¿Por qué no dijiste nada antes? —preguntó Elena.
La culpa cubrió el rostro de Gabriel.
—Porque amenazó con despedirme. Mi esposa necesita un tratamiento y yo no podía perder el trabajo.
Mateo soltó una carcajada.
—Entonces no eres un testigo. Eres un cobarde comprado.
Gabriel apretó la cámara.
—Sí, fui un cobarde. Pero ya no.
La anciana dejó escapar un gemido débil.
Elena corrió hacia la cama.
—Tenemos que llevarla al hospital.
—No saldrá de aquí —dijo Mateo.
Gabriel bloqueó su camino.
—Ya llamé a una ambulancia.
Mateo miró hacia la ventana.
En la calle comenzaron a reflejarse unas luces rojas.
Por primera vez, mostró miedo.
Elena tomó el frasco y lo guardó en su bolso.
—Esto irá al laboratorio.
Mateo intentó arrebatárselo, pero Gabriel lo detuvo.
Los paramédicos entraron pocos minutos después. Al revisar a la anciana, uno de ellos cambió de expresión.
—Su presión está demasiado baja. ¿Qué medicamentos ha tomado?
Mateo respondió de inmediato.
—Los recetados.
—¿Dónde están las recetas?
Nadie contestó.
La anciana fue trasladada en una camilla.
Cuando pasaron junto a Elena, abrió los ojos y apretó débilmente su mano.
—La caja —susurró.
Elena se inclinó.
—¿Qué caja?
—Debajo… del suelo.
Mateo escuchó aquellas palabras.
Su desesperación fue inmediata.
Corrió hacia el dormitorio contiguo y cerró la puerta.
—¡Deténganlo! —gritó Elena.
Gabriel y uno de los paramédicos lo siguieron.
Encontraron a Mateo arrodillado junto a una tabla levantada. Intentaba sacar una pequeña caja metálica de un hueco oculto.
Elena se la arrebató.
—¡Eso es mío! —rugió él.
—No. Era de mamá.
La caja estaba cerrada con una llave.
La anciana llevaba una pequeña cadena alrededor del cuello. Elena comprendió de inmediato.
Retiró la llave con cuidado y abrió la cerradura.
Dentro había documentos bancarios, fotografías y una grabadora antigua.
También encontró una carta dirigida a ella.
Sus manos temblaron al reconocer la letra de su madre.
“Elena, si estás leyendo esto, significa que Mateo ya intentó cumplir su amenaza.”
Mateo dejó de forcejear.
Elena continuó leyendo en voz alta.
“Hace seis meses descubrí que tu hermano estaba retirando dinero de mis cuentas con ayuda del doctor Salvatierra. Cuando lo confronté, me dijo que nadie creería a una anciana enferma.”
Gabriel cerró los ojos con indignación.
La carta seguía.
“Pero Mateo no trabaja solo. La persona que le entregó mis firmas y mis documentos vive dentro de nuestra propia familia.”
Elena encontró una fotografía.
En ella aparecía Mateo reunido con Clara, la hermana menor de su madre.
La tía que durante años había fingido protegerlas.
—No puede ser —susurró Elena.
Mateo recuperó su sonrisa.
—Ahora empiezas a entender.
La caja contenía transferencias hechas a nombre de Clara. También había una copia de un nuevo testamento que dejaba todos los bienes de la anciana a una fundación controlada por ella y Mateo.
—¿Tía Clara organizó esto? —preguntó Elena.
—Ella solo recuperó lo que siempre le perteneció —respondió Mateo.
—Nuestra madre todavía está viva.
—Por poco tiempo.
Elena lo abofeteó con toda la fuerza acumulada durante años.
Mateo la miró con odio.
—Acabas de cometer el peor error de tu vida.
Los policías llegaron antes de que pudiera acercarse nuevamente.
Gabriel les entregó la cámara. Elena mostró el frasco, la carta y los documentos encontrados bajo el suelo.
Mateo fue esposado.
Mientras lo llevaban hacia la salida, soltó una última advertencia.
—Crees que ganaste porque me encontraron aquí.

Elena no respondió.
—Pero Clara ya tiene el documento original.
—¿Qué documento?
Mateo se inclinó hacia ella.
—El certificado que demuestra que tú no eres hija de esta familia.
Elena sintió que el mundo se detenía.
—Estás mintiendo.
—Pregúntale a mamá por qué nunca te mostró tu acta de nacimiento.
La puerta se cerró detrás de él.
En el hospital, los médicos lograron estabilizar a la anciana. Los análisis confirmaron que había recibido dosis peligrosas de un sedante que podía detener su respiración.
El doctor Salvatierra fue detenido aquella misma madrugada cuando intentaba abandonar la ciudad.
Pero Clara había desaparecido.
Elena permaneció junto a la cama de su madre hasta el amanecer.
Cuando la anciana despertó, encontró a su hija sosteniendo la fotografía y la carta.
—Mamá, necesito saber la verdad.
La mujer cerró los ojos.
—Mateo dijo que no soy tu hija.
Una lágrima silenciosa descendió por el rostro de la anciana.
—Eres mi hija.
—Entonces, ¿por qué existe ese certificado?
La madre respiró con dificultad.
—Porque yo no te di a luz.
Elena se quedó inmóvil.
—Te encontré hace treinta años, después de un incendio.
—¿Qué incendio?
—El de la antigua casa de Clara.
La anciana tomó su mano.
—Todos creyeron que su bebé había muerto aquella noche.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Estás diciendo que Clara es mi madre?
—No.
La anciana negó con desesperación.
—Clara provocó el incendio para ocultar que había secuestrado a una niña.
Elena dejó caer la fotografía.
—¿A quién pertenecía esa niña?
Antes de responder, la puerta de la habitación se abrió.
Clara entró lentamente, vestida de negro.
Sostenía una carpeta roja y una pequeña pistola dentro del bolso entreabierto.
—Pertenecía a la familia que ustedes destruyeron —dijo.
Cerró la puerta con llave.
Luego miró a Elena con una sonrisa fría.
—Y he esperado treinta años para devolverte con tu verdadera familia.