PARTE 2: EL HOMBRE QUE GENEVIÈVE NUNCA CONOCIÓ

Julian pasó frente a su madre sin detenerse.

Genevieve tardó unos segundos en reaccionar.

—¡Julian! —lo llamó—. ¡Estoy aquí!

Él siguió caminando.

No parecía haberla escuchado.

O quizá simplemente había decidido que, por primera vez en su vida, la voz de su madre ya no merecía una respuesta.

Un hombre de traje oscuro se acercó inmediatamente a él.

—Señor Blackwood, el cirujano está esperando. La situación de Sophia sigue siendo delicada.

Julian asintió.

—¿Y el bebé?

El hombre bajó la mirada.

—Todavía están evaluando la situación.

Julian cerró los ojos durante un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, toda la suavidad que Genevieve conocía había desaparecido.

—Quiero al mejor equipo disponible.

—Ya está en camino.

—No me importa cuánto cueste.

—Sí, señor.

Genevieve escuchó aquella conversación y sintió que algo no encajaba.

—¿Señor? —repitió.

Miró al hombre que acababa de hablar con su hijo.

—¿Por qué lo llamas así?

El ejecutivo la observó con una mezcla de sorpresa y cautela.

—Porque es el presidente ejecutivo.

Genevieve soltó una pequeña risa nerviosa.

—¿Presidente de qué?

El hombre no respondió.

Entonces otro ejecutivo se acercó.

—Señora Blackwood, creo que este no es el momento adecuado.

—¡Soy su madre!

—Lo sabemos.

—Entonces quiero saber qué está ocurriendo.

El ejecutivo intercambió una mirada con sus compañeros.

Finalmente dijo:

—Su hijo es el propietario mayoritario de Blackwood International.

Genevieve dejó de respirar.

—Eso es imposible.

Durante años había escuchado a Julian decir que no encontraba trabajo.

Había soportado sus supuestas dificultades económicas.

Había repetido a sus amigas que su hijo necesitaba tiempo para “encontrar su lugar”.

Incluso había insistido en que Sophia, una mujer sin apellido importante, había atrapado a Julian porque no tenía mejores opciones.

Pero ahora todos los miembros del Consejo Directivo estaban allí.

No como empleados esperando instrucciones.

Como hombres que parecían aterrados de decepcionarlo.

—¿Desde cuándo? —preguntó ella.

El ejecutivo respondió con calma:

—Desde que heredó las acciones de su abuelo.

Genevieve sintió que las piernas le fallaban.

Su suegro había muerto dos años antes.

Ella había asistido al funeral.

Había pensado que la empresa quedaría bajo el control de otros familiares.

Nunca imaginó que el nieto al que consideraba inútil había recibido el paquete de acciones más importante de la familia.

Y entonces recordó todas las veces que había insultado a Julian.

“Eres demasiado blando.”

“No sabes dirigir nada.”

“Sin nuestra familia, no serías nadie.”

“Tu esposa debería buscar un hombre con futuro.”

De repente, cada palabra regresó a su cabeza.

Pero había algo todavía peor.

Sophia.

Genevieve miró hacia las puertas del quirófano.

Había intentado destruir a la mujer que ahora era la única persona a la que Julian parecía querer proteger.

Una puerta se abrió.

Una doctora salió.

Julian se levantó inmediatamente.

—¿Cómo están?

—Su esposa perdió bastante sangre, pero está estable por ahora.

Julian soltó el aire que llevaba varios minutos conteniendo.

—¿Y mi hijo?

La doctora dudó.

—Necesitamos observarlo de cerca. El golpe fue serio, pero tenemos esperanza.

Julian asintió.

—Haga todo lo necesario.

—Lo haremos.

La doctora volvió a entrar.

Julian permaneció quieto.

Entonces Genevieve se acercó.

—Hijo…

Julian se volvió.

Su mirada era tan fría que ella se detuvo.

—No me llames así ahora.

Genevieve palideció.

—Solo quería explicarte…

—No.

—Julian, fue un accidente.

Él no respondió.

—Sophia estaba bajando las escaleras y perdió el equilibrio. Yo intenté ayudarla.

Julian la miró fijamente.

—¿Eso vas a decir?

Genevieve sintió un escalofrío.

—Es la verdad.

Julian sacó su teléfono.

—Entonces no tendrás ningún problema con las cámaras.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Qué cámaras?

—Las de la casa.

El rostro de Genevieve cambió.

Julian continuó:

—Instalé el sistema completo hace seis meses.

—Yo nunca las vi.

—Ese era el objetivo.

Genevieve retrocedió un paso.

—Julian…

—No quiero escuchar tu versión.

—Pero soy tu madre.

—Precisamente por eso te di demasiadas oportunidades.

Silencio.

Julian miró a uno de los miembros del Consejo.

—¿Ya llegó el abogado?

—Sí.

—Que prepare todo.

Genevieve sintió que el miedo comenzaba a reemplazar la indignación.

—¿Qué vas a hacer?

Julian la miró.

—Voy a asegurarme de que Sophia y mi hijo estén protegidos.

—¿Contra mí?

—Especialmente contra ti.

Genevieve quiso responder, pero no encontró palabras.

En ese momento apareció una mujer de unos cincuenta años con una carpeta negra.

—Señor Blackwood.

Julian tomó la carpeta.

—¿Está confirmado?

—Sí.

—¿Todo?

—Todo.

Genevieve observó el intercambio.

—¿Qué significa eso?

La abogada no le respondió.

Julian abrió la carpeta.

Dentro había documentos de propiedad, movimientos financieros y varias fotografías.

—Mamá —dijo lentamente—, ¿recuerdas cuando me dijiste que Sophia solo estaba conmigo por dinero?

Genevieve guardó silencio.

—También dijiste que una mujer rica sería mucho más adecuada para nuestra familia.

—Yo solo quería ayudarte.

—No.

Julian levantó la mirada.

—Querías controlar mi vida.

Genevieve apretó los labios.

—Lo hice por tu bien.

—¿Y empujar a mi esposa también fue por mi bien?

Ella se quedó congelada.

—Yo no la empujé.

Julian no discutió.

Solo señaló la pantalla de su teléfono.

—Entonces explícame esto.

Genevieve miró.

Era una grabación de seguridad.

No necesitaba escuchar el audio.

La imagen era suficiente.

Sophia aparecía en la escalera.

Genevieve detrás.

Un movimiento brusco.

Después Sophia desaparecía de la imagen.

Genevieve se llevó una mano a la boca.

—Eso está fuera de contexto.

Julian guardó silencio.

—¡Yo solo quería asustarla!

Nadie respondió.

Genevieve comprendió demasiado tarde que acababa de admitir algo.

La abogada escribió algo en una hoja.

—Eso queda registrado.

—¡No! —Genevieve se volvió hacia ella—. ¡No pueden usar una conversación privada!

—No es una conversación privada. Está en una propiedad donde existen cámaras de seguridad legalmente instaladas.

Genevieve miró a su hijo.

Por primera vez, entendió que el hombre que tenía delante no era el Julian dócil que había manipulado durante años.

Era el hombre que dirigía un imperio.

Y había estado fingiendo ser débil.

Durante todo ese tiempo.

—¿Por qué? —preguntó ella.

Julian no respondió inmediatamente.

Finalmente dijo:

—Porque quería saber quién me quería por mí.

Genevieve soltó una risa amarga.

—¿Y Sophia pasó la prueba?

Julian la miró.

—Sophia nunca supo que existía una prueba.

Esa frase la dejó sin palabras.

Julian continuó:

—Cuando la conocí, yo ya sabía quién era ella. Sabía que su familia tenía poco dinero. Sabía que había rechazado varias oportunidades para casarse con alguien rico.

—Entonces…

—Entonces la elegí.

—¿Por qué fingiste ser pobre?

—Porque quería una vida normal.

Genevieve sintió una oleada de rabia.

—¡Y yo quedé como una estúpida!

Julian negó lentamente.

—No. Quedaste como eres.

Ella levantó la voz.

—¡Soy tu madre!

—Y Sophia es mi esposa.

Silencio.

—Y ella está luchando por su vida mientras nosotros discutimos.

Julian se alejó.

Genevieve lo siguió.

—¿A dónde vas?

—A esperar a que despierte.

—No puedes dejarme aquí.

Julian se detuvo.

—Puedo.

Entonces añadió:

—Y hay algo más.

Genevieve lo miró.

—A partir de hoy, no tienes autorización para entrar en ninguna propiedad de Blackwood International.

—¿Qué?

—Ni oficinas. Ni residencias. Ni cuentas.

—¡No puedes hacerme eso!

—Ya está hecho.

Genevieve sintió que todo se derrumbaba.

Pero todavía tenía una carta.

—Entonces llamaré a los medios.

Julian se volvió lentamente.

—Hazlo.

Ella se quedó sorprendida.

—¿Qué?

—Cuenta toda la historia.

—¿Incluso que Sophia es una mujer sin dinero?

—Sí.

—¿Y que tú fingiste estar desempleado?

—Sí.

Julian se acercó un paso.

—Pero también tendrás que explicar por qué una mujer “sin importancia” terminó siendo propietaria del cuarenta por ciento de las acciones con derecho a voto de Blackwood International.

Genevieve abrió los ojos.

—¿Qué?

—Mi abuelo dejó una condición en su testamento.

La abogada abrió otra página.

—La transferencia de determinadas acciones solo podía completarse si Julian estaba casado con una persona que no tuviera ningún interés financiero previo en la empresa familiar.

Genevieve sintió que el suelo desaparecía.

—Sophia…

—Exactamente.

Julian miró hacia el quirófano.

—Sophia no sabía nada.

Genevieve entendió finalmente la magnitud del error que había cometido.

Había tratado como una intrusa a la mujer que su propia familia había elegido para proteger el futuro del apellido Blackwood.

Y había intentado destruirla.

Pero todavía faltaba algo.

Una enfermera salió corriendo del quirófano.

—¡Señor Blackwood!

Julian se volvió.

—¿Qué ocurre?

—La doctora necesita hablar con usted inmediatamente.

Su rostro cambió.

—¿Mi esposa?

—Está estable.

La enfermera respiró.

—Pero encontramos algo en los análisis.

Julian se acercó.

—¿Qué cosa?

La enfermera miró alrededor antes de responder.

—No parece que el accidente haya sido la única razón por la que Sophia llegó en ese estado.

Julian frunció el ceño.

—Explíquese.

—Los análisis muestran indicios de una sustancia que no debería estar en su organismo.

Genevieve palideció.

—Eso es imposible.

Julian la miró.

La enfermera continuó:

—La doctora quiere saber si Sophia estaba tomando algún medicamento nuevo o si alguien le daba suplementos.

Julian permaneció en silencio.

Entonces recordó algo.

Las vitaminas prenatales.

Genevieve era quien había insistido en comprarlas durante los últimos meses.

—¿Quién preparaba las cosas que Sophia tomaba? —preguntó.

Nadie respondió.

Julian miró lentamente a su madre.

Genevieve retrocedió.

—No me mires así.

Julian no dijo nada.

Simplemente tomó su teléfono.

—Quiero un análisis completo de todo lo que haya dentro de la casa.

La abogada asintió.

—Lo haremos.

—Y quiero que revisen cada compra realizada por mi madre durante el último año.

Genevieve levantó la voz.

—¡No puedes tratarme como una criminal!

Julian respondió con una calma aterradora:

—Todavía no sé qué eres.

—¡Soy tu madre!

—Entonces deberías querer que descubramos la verdad.

Las puertas del quirófano volvieron a abrirse.

La doctora salió.

Esta vez su expresión era diferente.

—Señor Blackwood…

Julian caminó hacia ella.

—¿Qué pasa?

La doctora bajó la voz.

—Su esposa acaba de despertar.

Julian cerró los ojos de alivio.

—¿Está consciente?

—Sí.

—¿Puedo verla?

La doctora dudó.

—Solo unos minutos.

Julian dio un paso.

Pero antes de entrar, escuchó la siguiente frase:

—Y hay algo que Sophia nos pidió que le dijéramos.

Julian se detuvo.

—¿Qué?

La doctora lo miró directamente.

—Dijo que no quería ver a su esposo hasta que alguien revisara la habitación donde guardaba sus vitaminas.

Julian sintió un escalofrío.

Porque Sophia no sabía que él ya sospechaba.

Y si ella había dicho aquello antes de perder el conocimiento…

significaba que llevaba tiempo sospechando de alguien.

Julian miró hacia su madre.

Genevieve estaba completamente pálida.

Entonces, desde el interior del quirófano, Sophia volvió a llamar con una voz débil:

—Julian…

Él entró inmediatamente.

Pero lo que Sophia le susurró al oído cambió por completo el rumbo de aquella noche.

—No fue solo tu madre.

Pausa.

—Había alguien más en la casa.

Y antes de que Julian pudiera preguntarle quién, Sophia cerró los ojos.

La máquina a su lado comenzó a emitir un sonido constante.

Julian levantó la cabeza.

Y por primera vez aquella noche comprendió que el ataque en las escaleras quizá no había sido el verdadero objetivo.

Alguien había querido que Sophia desapareciera antes de poder contarle lo que había descubierto.

Y esa persona todavía estaba libre.

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