—Sé cuándo es mi boda —repitió Luca.
Marco sonrió.
—Entonces sabes que no deberías estar preocupado por una empleada.
Luca no respondió.
Miró el bourbon durante unos segundos.
—No estoy preocupado por Elena.
—¿Entonces?
—Estoy preocupado por Isabella.
Marco dejó de mover el vaso.
Fue apenas un segundo.
Pero Luca lo notó.
—¿Por qué has puesto esa cara?
—Ninguna cara.
—Marco.
—Luca, llevas tres años preparando esta boda. Isabella pertenece a tu mundo. Su familia pertenece a tu mundo. Sus contactos, su apellido, sus negocios… todo encaja.
—Eso no responde mi pregunta.
Marco dejó el vaso sobre la mesa.
—Estás cansado.
—No.
—Entonces estás buscando problemas donde no los hay.
Luca se inclinó hacia atrás.
—¿Y si los hay?
Marco lo miró directamente.
—Entonces deberías descubrirlos antes de casarte.
Aquella respuesta fue demasiado cuidadosa.
Luca lo observó en silencio.
Marco había sido su amigo desde que ambos eran adolescentes. Habían crecido juntos, habían enfrentado negocios difíciles y, más de una vez, habían protegido al otro de decisiones estúpidas.
Por eso Luca conocía cada pequeño cambio en su comportamiento.
Y aquella noche Marco estaba ocultando algo.
—¿Sabes algo que yo no sé?
—No.
—Mientes fatal.
Marco soltó una risa.
—Y tú estás paranoico.
La conversación terminó allí.
Pero Luca no durmió.
A las seis de la mañana bajó al comedor.
Elena ya estaba trabajando.
Llevaba el uniforme gris, el cabello recogido y una taza de café barato entre las manos.
Cuando lo vio, inmediatamente dejó la taza.
—Buenos días, señor Moretti.
—¿Mia está aquí?
Elena pareció sorprendida.
—En la habitación del personal. Todavía duerme.
—Déjala dormir.
—Sí, señor.
Luca caminó hacia la cocina.
Sobre una mesa había una pequeña lonchera rosa con dibujos de animales.
—¿Eso es de Mia?
Elena asintió.
—Le preparo el desayuno antes de empezar.
Luca miró el contenido.
Un sándwich pequeño.
Una manzana cortada.
Un jugo.
Nada más.
—¿Siempre come tan poco?
Elena bajó la mirada.
—Come más cuando puede.
La frase hizo que Luca se girara.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Elena.
Ella apretó los labios.
—No quiero causar problemas.
—Ya los estás causando.
Ella levantó la mirada, asustada.
Luca suavizó la voz.
—No porque hayas hecho algo malo. Porque llevo varios días viendo cosas que no entiendo.
Elena respiró profundamente.
—La señora Isabella no quiere que Mia coma en la cocina principal.
—¿Por qué?
—Dice que los empleados no deben acostumbrarse a las cosas de la familia.
Luca sintió que algo se endurecía dentro de él.
—Mia tiene tres años.
—Lo sé.
—¿Quién le dijo que no podía comer?
—La señora Isabella.
—¿Y tú obedeciste?
Elena miró al suelo.
—Tengo un trabajo.
Aquellas tres palabras explicaron demasiado.
Luca no dijo nada más.
Pero aquella mañana ocurrió algo que cambió todo.
A las diez, Isabella llegó acompañada de su madre.
Ambas entraron hablando sobre la boda.
—Quiero las flores blancas en toda la terraza —decía Isabella—. Y las mesas de los socios de mi padre deben estar separadas.
Su madre sonrió.
—Por supuesto. Después de todo, este matrimonio tiene que verse perfecto.
Luca estaba en el despacho cuando escuchó sus voces.
Salió.
Isabella sonrió inmediatamente.
—Cariño.
Se acercó para besarlo.
Luca permitió el gesto, pero no respondió con la misma calidez.
—Tenemos que hablar.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Sobre qué?
—Sobre Elena.
Su madre intervino.
—¿La empleada?
—Sí.
Isabella soltó una risa.
—¿Otra vez?
—¿Qué significa eso?
—Nada. Simplemente pensé que no ibas a preocuparte por asuntos del personal.
Luca la observó.
—¿Le dijiste que Mia no podía entrar en determinadas habitaciones?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque es una niña.
—Eso no responde.
Isabella suspiró.
—Luca, estamos hablando de una empleada y su hija. No puedes permitir que todo el personal crea que esta es su casa.
—No creo que Mia piense eso.
—Tú la estás malacostumbrando.
—¿Porque le doy fresas?
Isabella se quedó quieta.
—¿Qué?
—Le he dado fresas dos veces.
La madre de Isabella soltó una pequeña risa.
—Qué adorable. Ya entiendo por qué la niña te llama tío.
Luca no sonrió.
—No me molesta.
Isabella lo miró.
—Pues debería.
En ese momento, una pequeña voz apareció detrás de ellos.
—Tío Luca.
Mia estaba allí.
Llevaba un vestido amarillo y sostenía una muñeca vieja.
Elena apareció inmediatamente detrás.
—Lo siento, señor. Se escapó.
Mia levantó un dedo.
—Tengo una regla nueva.
Luca se agachó hasta quedar a su altura.
—¿Cuál?
La niña miró a Isabella.
Luego miró a Luca.
—No dejar que la señora haga llorar a mamá.
El silencio fue absoluto.
Elena cerró los ojos.
—Mia…
Pero Luca ya había visto el rostro de Isabella.
Por primera vez desde que la conocía, la máscara de dulzura había desaparecido completamente.
—¿Qué te ha dicho esa niña? —preguntó Isabella.
—Nada.
—Entonces, ¿por qué dice eso?
Mia abrazó su muñeca.
—Porque mamá lloró ayer.
Elena palideció.
—Mia, basta.
Luca se levantó lentamente.
—¿Por qué lloraste?
Elena negó con la cabeza.
—No fue nada.
—Te lo estoy preguntando otra vez.
—Señor Moretti…
—¿Por qué lloraste?
Isabella intervino.
—Luca, esto es absurdo.
Él levantó una mano.
—No te pregunté a ti.
Isabella se quedó callada.
Elena tardó unos segundos.
Después dijo:
—La señora Isabella me despidió ayer.
Luca giró la cabeza.
—¿Qué?
—Dijo que después de la boda no quería verme en la casa.
Isabella respondió inmediatamente:
—Porque voy a reorganizar al personal.
—¿Y Mia?
Elena tragó saliva.
—No me dejó llevármela.
Aquello cambió el aire de la habitación.
Luca miró a Isabella.
—¿No la dejó?
—No seas dramático. Solo dije que no quería que la niña estuviera corriendo durante la boda.
—No hablamos de la boda.
Luca dio un paso hacia ella.
—Hablamos de por qué intentaste impedir que Elena se llevara a su hija.
Isabella abrió la boca.
Pero no encontró respuesta.
Entonces Marco apareció en el pasillo.
—Luca.
Todos giraron.
Marco llevaba el teléfono en la mano.
—Necesito hablar contigo.
Luca lo miró.
—Ahora.
—A solas.
—Dilo aquí.
Marco dudó.
—Encontré algo en los documentos de la boda.
Isabella cambió de expresión.
Luca lo notó.
—¿Qué encontraste?
Marco miró primero a Isabella.
Luego a Luca.
—Una transferencia.
—¿De quién?
—De una de las empresas de tu familia.
—¿A quién?
Marco respiró profundamente.
—A una cuenta vinculada a una empresa de seguridad privada.
Luca frunció el ceño.
—¿Y qué tiene que ver eso con mi boda?
—La transferencia se hizo tres semanas antes de que Isabella organizara la lista definitiva de invitados.
Luca tomó el teléfono.
Revisó el documento.
Nombre de la empresa.
Fecha.
Cantidad.
Y una descripción que le hizo sentir un escalofrío.
“Control de situación familiar”.
—¿Quién autorizó esto?
Marco no respondió.
Luca levantó lentamente la mirada.
—¿Quién?
—La firma electrónica pertenece a Isabella.
Elena bajó la mirada.
Isabella permaneció inmóvil.
—Eso es absurdo.
Luca volvió a mirar el documento.
—Entonces explícame.
—No tengo por qué explicarte una operación que seguramente hizo mi padre.
—La firma es tuya.
—Puede haber sido utilizada.
—¿Y por qué una empresa de seguridad necesitaría dinero antes de mi boda?
Isabella no respondió.
Mia, que seguía abrazando su muñeca, tiró suavemente de la chaqueta de Luca.
—Tío Luca.
Él se agachó.
—¿Sí?
—Mamá dijo que no podía decirte.
—¿Decirme qué?
Elena se quedó completamente pálida.

—Mia, no.
Pero la niña continuó.
—El señor de negro vino ayer.
Luca se quedó inmóvil.
—¿Qué señor?
—El que habló con la señora Isabella.
Elena cerró los ojos.
—Mia…
—Dijo que cuando tú te casaras, mamá ya no iba a trabajar aquí.
Luca sintió que la habitación se enfriaba.
—¿Qué más dijo?
Mia frunció el ceño intentando recordar.
—Dijo que después de la boda…
Se detuvo.
—¿Después de la boda qué?
—Que nadie iba a poder encontrarla.
Elena se llevó una mano a la boca.
Luca se puso de pie.
Miró a Isabella.
Ya no había ninguna duda en sus ojos.
—¿Qué estás planeando?
—Nada.
—Mientes.
—Luca, estás exagerando.
—¿Quién es el hombre de negro?
—No sé.
Marco dio un paso adelante.
—Luca.
—¿Qué?
—Hay otra cosa.
—Habla.
Marco levantó el teléfono.
—Revisé la cámara exterior de la finca.
Puso una grabación.
Un automóvil negro entraba por la puerta trasera.
De él bajaba un hombre.
Luca lo reconoció.
Era uno de los abogados que trabajaban directamente para la familia Romano.
Pero lo peor apareció unos segundos después.
El hombre no entró solo.
Entró acompañado de una mujer.
Una mujer que llevaba el uniforme de Elena.
La imagen se congeló.
Luca miró a Elena.
Ella negó con la cabeza inmediatamente.
—No era yo.
—Lo sé.
Marco amplió la imagen.
Era otra mujer.
Una mujer muy parecida a Elena.
Luca sintió que una pieza encajaba.
—¿Quién es ella?
Elena permaneció en silencio.
Isabella también.
Mia levantó la mano.
—Yo sé.
Todos la miraron.
—Es la señora que vino a buscar a mamá.
Luca se agachó.
—¿Cuándo?
—Hace mucho.
—¿Qué quería?
Mia abrazó más fuerte su muñeca.
—Decía que mamá tenía que irse.
Luca se levantó.
—Marco, averigua quién es.
—Ya lo hice.
—¿Y?
Marco lo miró fijamente.
—Su nombre es Nora Bennett.
Elena dejó caer el paño que llevaba en la mano.
Luca se giró hacia ella.
—¿Bennett?
Ella no respondió.
—Elena, ¿quién es Nora Bennett?
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.
—Mi hermana.
Luca sintió que el silencio caía sobre todos.
—Nunca me dijiste que tenías una hermana.
—Porque no quería hablar de ella.
—¿Por qué?
Elena miró a Mia.
Luego a Isabella.
Y finalmente a Luca.
—Porque hace cinco años intentó quitarme a mi hija.
Isabella retrocedió un paso.
Marco la observó.
Luca también.
—¿Y qué tiene que ver Isabella con tu hermana?
Elena cerró los ojos.
—No lo sé.
—No me mientas.
—No lo sé.
Su voz se quebró.
—Pero si Nora está trabajando para ella, entonces significa que alguien ha vuelto a buscar a Mia.
Luca miró a la niña.
La pequeña estaba sentada en el sillón, balanceando las piernas.
Entonces recordó la primera regla que Mia había pronunciado aquella tarde.
“Nadie puede hacer llorar a mamá nunca más.”
Ahora entendía que no era una ocurrencia infantil.
Era una advertencia.
Luca tomó el teléfono.
—Cancela todos los preparativos de la boda.
Isabella se quedó completamente blanca.
—¿Qué?
—La boda no se celebrará.
—Luca, no puedes hacerme esto.
—Ya no confío en ti.
Marco miró a Luca.
—¿Estás seguro?
Luca observó la pantalla donde seguía congelada la imagen de Nora entrando en la finca.
—No.
Hizo una pausa.
—Pero sé una cosa.
Miró hacia Elena y Mia.
—Alguien lleva meses preparando algo detrás de mi espalda.
Entonces su teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Luca abrió la conversación.
Solo había una fotografía.
Mia dormida en su cama.
Tomada desde dentro de la finca.
Debajo aparecía una frase:
“Si quieres saber por qué la niña es importante, pregunta a Elena qué ocurrió la noche en que nació.”
Luca levantó lentamente la mirada.
Elena ya estaba llorando.
Y por primera vez, Luca comprendió que la traición que lo esperaba en su boda quizá no tenía nada que ver con Isabella.
Podía haber comenzado mucho antes de que él conociera a cualquiera de ellas.
Y la pequeña Mia podía ser la única persona que, sin saberlo, había descubierto la verdad.