El baño quedó en silencio mientras el agua fría corría sobre el empeine enrojecido de Natalia. El ardor seguía ahí, pero ya no era lo que más le dolía. Las hojas que acababa de encontrar dentro de aquella carpeta pesaban mucho más que la quemadura.
Había facturas emitidas por tres empresas distintas con el mismo domicilio fiscal. Contratos de decoración duplicados. Transferencias canceladas. Y, sobre todo, un documento resaltado con marcador amarillo.
“Préstamo puente: $45,000,000 MXN.”
Natalia sintió un escalofrío.
No era una cifra que pudiera confundirse con un error administrativo.
Cuarenta y cinco millones.
Abajo aparecía una cláusula escrita con letras pequeñas:
“Liquidación obligatoria cuarenta y ocho horas después del evento.”
Frunció el ceño.
—¿Qué clase de boda necesita un préstamo así? —susurró para sí.
Guardó varias fotografías con su celular antes de volver a cerrar la carpeta exactamente como la había recibido. No podía permitir que Jazmín sospechara.
Cuando salió del baño, encontró al coordinador suplente esperando en el pasillo.
—¿Eres Natalia?
—Sí.
El hombre miró hacia ambos lados antes de acercarse.
—Solo quería advertirte algo.
Ella levantó una ceja.
—¿Sobre qué?
Él tragó saliva.
—Yo no renuncié. Me despidieron porque hice demasiadas preguntas.
Natalia sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Preguntas sobre qué?
—Sobre el dinero.
Antes de que pudiera continuar, una de las madrinas apareció doblando la esquina.
—¡Natalia! Jazmín te está buscando.
El coordinador dio un paso atrás.
—Olvida lo que dije.
Se marchó tan deprisa que parecía tener miedo incluso de ser visto hablando con ella.
Aquella reacción confirmó que algo mucho más grande se escondía detrás del lujo exagerado de aquella boda.
A la mañana siguiente, Natalia llegó al salón de eventos a las seis en punto.
El lugar era un caos.
Floristas cambiando centros de mesa.
Electricistas colgados del techo.
Meseros descargando cajas de cristal importado.
Jazmín apareció envuelta en un elegante conjunto blanco.
—Qué milagro. Pensé que ibas a poner alguna excusa.
—Dijiste que era importante.
—Lo es. Hoy todo tiene que salir perfecto.
Le entregó una tableta electrónica.
—Revisa que todos los proveedores firmen de recibido.
Natalia comenzó a comparar nombres.
Cinco minutos después encontró otra irregularidad.
La empresa encargada del banquete aparecía registrada con un RFC distinto al de las facturas de pago.
Diez minutos más tarde descubrió que el proveedor del sonido también tenía inconsistencias.
No parecía casualidad.
Todo estaba diseñado para mover dinero entre compañías relacionadas.
Mientras fingía seguir trabajando, tomó fotografías discretas de cada documento.
El pequeño dispositivo conectado a su teléfono seguía almacenando cada conversación.
Cerca del mediodía llegaron varios familiares de Jazmín.
Su tía Patricia la observó de arriba abajo.
—¿Tú eres la amiguita humilde?
Natalia sonrió con educación.
—Soy Natalia.
—Ay, sí. La famosa Natalia.
Una prima soltó una carcajada.
—La que siempre andaba prestándole dinero a Jazmín cuando eran adolescentes.
Patricia negó con la cabeza.
—Qué vueltas da la vida. Ahora mira quién necesita ayuda.
Las tres comenzaron a reír.
Natalia no respondió.
Simplemente siguió revisando documentos.
Fue entonces cuando escuchó algo inesperado.
—¿Ya confirmaron lo del pagaré?
Preguntó un hombre de traje oscuro que acababa de entrar por una puerta lateral.

Jazmín respondió en voz muy baja.
—Todavía no.
—Pues más vale que mañana salga bien.
—Va a salir.
—Porque si no entra ese dinero…
El hombre dejó la frase incompleta.
Pero Natalia alcanzó a escuchar perfectamente la respuesta de Jazmín.
—Después de la boda nadie podrá cobrarme nada.
Su dedo presionó discretamente la pantalla del celular.
La grabación quedó almacenada.
Aquella tarde decidió visitar la dirección que aparecía en una de las empresas fantasma.
Era una calle industrial en Azcapotzalco.
Cuando llegó, encontró un edificio abandonado.
Las ventanas estaban cubiertas con madera.
La puerta principal tenía un candado oxidado.
No existía ninguna oficina.
Un mecánico que trabajaba enfrente la observó con curiosidad.
—¿Busca a alguien?
—La empresa Grupo Altamar.
El hombre soltó una risa.
—Aquí nunca ha habido ninguna empresa.
—¿Está seguro?
—Llevo quince años trabajando enfrente.
Natalia fotografió el edificio.
Cada nueva pieza hacía crecer el rompecabezas.
Esa misma noche recibió una llamada desde un número desconocido.
—¿Natalia?
—Sí.
—Soy Ernesto… el antiguo coordinador.
Ella cerró la puerta de su departamento.
—¿Qué ocurre?
—No hables por teléfono.
—¿Por qué?
—Porque ellos revisan todo.
Natalia sintió un escalofrío.
—¿Quiénes?
Silencio.
Luego la voz volvió a escucharse.
—Los que pusieron el dinero.
—No entiendo.
—La boda no es una boda.
Ella permaneció inmóvil.
—Entonces, ¿qué es?
Ernesto respiró profundamente.
—Es un escaparate.
—¿Para qué?
—Para convencer a ciertas personas de que la familia sigue siendo millonaria.
Natalia recordó las camionetas nuevas.
Los viajes.
Las joyas.
La casa de Las Lomas.
Todo parecía demasiado perfecto.
—¿Y si descubren la verdad?
La respuesta llegó en apenas un susurro.
—Pierden todo.
La llamada se cortó.
A la mañana siguiente comenzó el gran día.
La capilla estaba llena.
Periodistas de revistas sociales.
Influencers.
Empresarios.
Políticos.
Más de seiscientos invitados ocupaban cada banca.
Jazmín parecía una reina.
Vestido importado.
Diamantes.
Sonrisa impecable.
Nadie habría imaginado que, detrás de aquella imagen perfecta, existía una montaña de deudas capaz de aplastar a toda la familia.
Natalia ocupó su lugar al final de la fila.
Exactamente donde Jazmín la había obligado a estar.
Las otras madrinas seguían mirándola con desprecio.
Una incluso murmuró:
—Con ese vestido parece personal de limpieza.
Las risas volvieron.
Natalia respiró lentamente.
No respondió.
Dentro de su bolso descansaban el celular, las fotografías, las grabaciones y las copias digitales de todos los documentos.
Entonces vio algo que no esperaba.
Tres hombres desconocidos entraron a la iglesia.
No saludaron a nadie.
No llevaban regalo.
Vestían trajes negros idénticos.
Uno de ellos observó directamente a Jazmín.
Luego consultó un reloj plateado.
Finalmente hizo una llamada muy breve.
Solo dijo una frase.
—Sí. El plazo vence cuando termine la ceremonia.
Natalia sintió que el pulso se aceleraba.
Instintivamente tomó su teléfono.
En ese mismo instante apareció una nueva notificación en la pantalla.
Era un correo electrónico enviado desde un remitente desconocido.
Solo contenía una fotografía.
En la imagen aparecía el préstamo por 45 millones de pesos, pero esta vez había una página adicional que ella no había visto antes.
Y al pie del documento podía leerse una línea que hizo que la sangre se le helara por completo:
“En caso de incumplimiento, el garante solidario asumirá la totalidad de la deuda.”
Debajo, perfectamente visible, aparecía una firma.
No era la de Jazmín.
Era la de Natalia.