PARTE 2: BESÉ A UN DESCONOCIDO PARA HUMILLAR A MI PROMETIDO, PERO DESCUBRÍ QUE ÉL ERA EL ÚNICO HOMBRE AL QUE NATHAN TEMÍA

—Nathan Wexler cometió un error.

La voz de Dominic Bellardi fue baja.

Demasiado baja para que alguien más la escuchara.

Pero sus palabras hicieron que mi corazón se detuviera.

—¿Qué error?

Dominic no apartó la mirada de mi prometido.

—Pensó que tú eras la persona más fácil de destruir en esta sala.

Sentí un escalofrío.

Caminábamos hacia Nathan y Emily mientras todos los invitados fingían no estar observando.

Pero todos observaban.

Porque Dominic Bellardi no era un hombre al que la gente ignorara.

Y Nathan lo sabía.

Mi prometido, que unos minutos antes parecía dueño del mundo, ahora parecía alguien esperando una sentencia.

Cuando llegamos frente a ellos, Emily fue la primera en hablar.

—¿Dominic?

Su voz tembló.

Eso me sorprendió.

Emily nunca había tenido miedo de nadie.

Nathan tragó saliva.

—Señor Bellardi.

Dominic sonrió ligeramente.

—Nathan.

La forma en que pronunció su nombre no sonó como un saludo.

Sonó como un recordatorio.

—Veo que finalmente presentaste oficialmente a tu verdadera elección.

Nathan miró alrededor.

—No sé de qué habla.

Dominic soltó una pequeña risa.

—Claro que lo sabes.

Mi mano seguía apoyada en su brazo.

Y por primera vez en toda la noche, no sentía vergüenza.

Sentía algo diferente.

Control.

—¿Quién es él? —preguntó Emily.

Dominic la miró.

—Soy alguien que conoce a tu hermana desde hace más tiempo del que imaginas.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Dominic me miró.

—Tu padre era uno de mis socios más respetados.

Me quedé inmóvil.

Mi padre había muerto cinco años atrás.

Nunca me había hablado de Dominic.

—¿Mi padre te conocía?

—Muy bien.

Nathan palideció.

Y entonces entendí.

No era Dominic quien estaba sorprendido de verlo.

Era Nathan quien estaba aterrorizado de que Dominic estuviera allí.

—¿Qué sabes de Nathan? —pregunté.

Hubo un silencio.

Dominic miró a mi prometido.

—Díselo tú.

Nathan no respondió.

—Díselo —repitió Dominic.

Emily empezó a inquietarse.

—Nathan, ¿qué está pasando?

Él apretó la mandíbula.

—No es lo que parece.

Una frase tan vieja.

Tan inútil.

Después de ocho meses de mentiras, ya no significaba nada.

Dominic sacó un pequeño sobre del bolsillo interno de su chaqueta.

Lo puso sobre la mesa.

—Hace tres años, Nathan comenzó a transferir información privada de la Fundación Blake-Wexler a una empresa competidora.

Sentí que mi estómago se hundía.

—Eso es imposible.

Dominic abrió el sobre.

Dentro había documentos.

Fechas.

Transferencias.

Correos.

—No solo te engañaba con tu hermana.

Me miró.

—También estaba construyendo una salida financiera por si algún día decidías dejarlo.

Nathan dio un paso adelante.

—¡Eso es una mentira!

Dominic no cambió su expresión.

—Entonces podemos esperar a que la auditoría termine.

La palabra “auditoría” hizo que Nathan se quedara quieto.

Porque sabía algo.

Esto no era una amenaza.

Era una realidad.

Emily miró los documentos.

Luego miró a Nathan.

—¿Me dijiste que ella era fría? ¿Que ya no te amaba?

Mi hermana comenzó a llorar.

—Pensé que ibas a dejarla.

La miré.

Durante años había pensado que mi hermana me odiaba.

Pero ahora entendía algo peor.

Había elegido creer la versión de un hombre que nos estaba destruyendo a ambas.

Dominic se inclinó ligeramente hacia mí.

—Ahora entiendes por qué no estaba celoso.

Recordé sus palabras.

No está celoso.

Tiene miedo.

Porque Nathan no tenía miedo de perderme.

Tenía miedo de que yo descubriera quién era realmente.

La música comenzó a detenerse.

Los organizadores de la gala se acercaron confundidos.

Pero nadie se atrevió a interrumpir.

Porque Dominic Bellardi estaba hablando.

Y todos escuchaban.

Nathan bajó la voz.

—¿Qué quieres?

Dominic lo miró.

—Quiero que dejes de esconderte detrás de mujeres que confían en ti.

Aquella frase golpeó más fuerte que cualquier grito.

Nathan me miró.

—Podemos arreglar esto.

Lo observé.

Al hombre que me prometió una vida juntos.

Al hombre que besó a mi hermana mientras yo preparaba su evento.

Al hombre que creyó que siempre lo salvaría.

—No.

Mi respuesta fue tranquila.

Pero definitiva.

Nathan pareció sorprendido.

—¿No?

Negué.

—Por primera vez en mi vida, no voy a arreglar un desastre que tú creaste.

Emily bajó la mirada.

—Lo siento.

La miré.

Parte de mí quería odiarla.

Pero otra parte estaba cansada de cargar con tanta rabia.

—No sé si algún día podré perdonarte.

Ella asintió llorando.

—Lo entiendo.

—Pero tampoco voy a dejar que él nos convierta en enemigas.

Dominic observó la escena en silencio.

Después tomó una copa de agua de una bandeja cercana y me la ofreció.

—Deberías respirar.

Casi sonreí.

—¿Eso es un consejo?

—Sí.

—¿Del hombre que todos creen peligroso?

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Las personas suelen confundir silencio con amenaza.

Por primera vez aquella noche, reí.

La investigación contra Nathan comenzó oficialmente la semana siguiente.

La Fundación Blake-Wexler sobrevivió porque los documentos que Dominic entregó demostraron que Nathan había intentado protegerse a costa de la organización.

El compromiso terminó.

Emily se alejó de la ciudad durante un tiempo.

Y yo aprendí algo importante.

Durante meses pensé que la peor traición había sido descubrir que mi prometido me engañaba.

Me equivocaba.

La peor parte fue darme cuenta de que yo había pasado años construyendo una vida alrededor de alguien que solo me valoraba mientras pudiera usarme.

Un mes después de la gala, recibí una invitación.

No era para una reunión empresarial.

Ni para una fiesta.

Era una simple cena.

El remitente era Dominic.

Estuve a punto de rechazarla.

Pero acepté.

Cuando llegué al restaurante, él ya estaba allí.

Sin guardaespaldas.

Sin traje intimidante.

Solo un hombre sentado frente a mí.

—Pensé que no vendrías.

—Yo también.

Sonrió.

—Eso es honesto.

—Aprendí que la honestidad ahorra mucho tiempo.

Dominic levantó su copa.

—Por eso sobreviviste aquella noche.

Lo miré confundida.

—¿Qué quieres decir?

—Muchas personas en esa sala habrían intentado mantener la apariencia. Tú no.

Miré por la ventana.

—Solo estaba cansada.

—A veces estar cansada de fingir es el comienzo de la libertad.

No sabía qué iba a pasar después.

No sabía si Dominic Bellardi era alguien en quien podía confiar.

Pero sí sabía algo.

La noche que le pedí a un desconocido que me besara para provocar celos…

Descubrí que el único hombre que realmente veía mi valor no estaba intentando poseerme.

Solo estaba recordándome que nunca debí aceptar menos.

Y esa fue la primera vez en mucho tiempo que sentí que mi vida finalmente volvía a pertenecerme.

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