Durante unos segundos, Sebastian no dijo nada.
Su mano seguía sosteniendo la taza de café, pero sus dedos habían perdido fuerza.
Yo conocía demasiado bien a ese hombre.
Sabía cuándo estaba enojado.
Sabía cuándo mentía.
Y sabía cuándo tenía miedo.
Aquella mañana, por primera vez en casi un año, vi miedo en los ojos de Sebastian King.
—Claire… —susurró—. ¿Qué estás diciendo?
Lo miré con la misma expresión dulce que él había visto durante meses.
La novia tranquila.
La mujer que siempre perdonaba.
La mujer que él creía tener completamente bajo control.
—Solo digo que anoche fue diferente.
Sebastian tragó saliva.
—¿Diferente cómo?
Me senté en el sofá y jugué con mis manos.
—No sé explicarlo.
Hice una pausa.
—Parecías otra persona.
Su rostro se volvió más pálido.
Porque sabía exactamente de qué estaba hablando.
Pero no sabía cuánto sabía yo.
—¿Estás segura de que era yo? —preguntó lentamente.
Casi me reí.
Qué curioso.
El hombre que había entregado mi dignidad como parte de una apuesta ahora estaba desesperado por saber si yo había descubierto la verdad.
Negué suavemente.
—Claro que eras tú.
Me acerqué y apoyé mi cabeza en su hombro.
—¿Por qué preguntas eso?
Sebastian se quedó completamente rígido.
No respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
Porque ahora sabía algo que antes no sabía.
Sebastian podía traicionar.
Pero no podía soportar perder el control de la situación.
Durante los siguientes días continué actuando como si nada hubiera ocurrido.
Sebastian estaba extraño.
Demasiado atento.
Me enviaba flores.
Me preguntaba constantemente si estaba feliz.
Incluso canceló reuniones para pasar más tiempo conmigo.
Era casi gracioso.
El mismo hombre que había dicho que yo era “como las demás” ahora estaba aterrorizado de que yo pudiera alejarme.
Pero había una razón.
Sebastian no estaba arrepentido.
Estaba preocupado por las consecuencias.
La diferencia era enorme.
Una noche, mientras cenábamos, decidió preguntar.
—Claire.
Levanté la mirada.
—¿Sí?
Jugó con el vaso de agua.
—¿Recuerdas algo de esa noche?
Mi corazón no cambió de ritmo.
Ya había esperado esa pregunta.
—Recuerdo que estaba cansada.
—¿Algo más?
—Recuerdo que alguien me llevó a casa.
La mano de Sebastian se detuvo.
—¿Quién?
Lo miré.
—Pensé que eras tú.
Esa respuesta lo golpeó.
Porque no era una mentira.
Yo realmente había pensado durante unos segundos que era él.
Hasta que escuché la voz de Adrian.
—¿Claire?
Sonreí.
—¿Por qué te interesa tanto esa noche?
Sebastian apartó la mirada.
—Por nada.
Mentira.
La primera de muchas.
Dos días después ocurrió algo que Sebastian jamás esperaba.
Adrian King apareció en mi oficina.
No llevaba traje elegante.
No tenía esa expresión fría que todos describían.
Solo parecía un hombre cansado.
—Necesito hablar contigo.
Lo miré en silencio.
—¿Sobre qué?
Adrian cerró la puerta.
—Sobre esa noche.
Por primera vez, vi algo diferente en él.
Culpa.
—Sé que me confundiste con Sebastian.
No respondí.
—Pero quiero que sepas algo.
Se acercó un poco.
—Yo nunca acepté esa apuesta.
Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
—Entonces, ¿por qué fuiste?
Adrian bajó la mirada.
—Porque escuché a mi hermano.
Respiró profundamente.
—Escuché cómo hablaba de ti.
—Como si fueras un objeto.
Su mandíbula se tensó.
—Y me di cuenta de que nadie iba a detenerlo.
Lo observé.
Porque esa era la parte que no esperaba.
Adrian no parecía orgulloso.
Parecía avergonzado.
—Cuando te vi dormida en esa habitación, pensé que eras igual que la imagen que Sebastian había creado.
Hizo una pausa.
—Pero cuando despertaste y dijiste mi nombre pensando que era él…
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Entendí que estabas enamorada de alguien que no merecía ni siquiera estar cerca de ti.
Mi corazón se endureció.
Porque aunque Adrian había sido parte de aquella situación, él había visto algo que Sebastian nunca vio.
Mi valor.
—¿Y qué quieres ahora? —pregunté.
Adrian respondió sin dudar.
—Pedirte perdón.
Silencio.
—Y decirte la verdad antes de que Sebastian destruya más cosas.
Esa misma noche, Sebastian descubrió que Adrian había venido a verme.
Su reacción fue inmediata.
—¿Qué te dijo?
Estábamos en su apartamento.
Lo miré.
—¿Por qué estás tan nervioso?
—Claire, solo pregunto.
—No.
Negué lentamente.
—Estás preocupado.
Sebastian apretó los labios.
—Mi hermano siempre ha querido competir conmigo.
Casi sonreí.
Incluso ahora intentaba convertir todo en una rivalidad.
—No, Sebastian.
Me levanté.
—Esto no es sobre Adrian.
—Es sobre ti.
Su expresión cambió.
—¿Qué significa eso?
Por primera vez, dejé caer la máscara.
—Significa que escuché todo.
Silencio.
El color desapareció de su rostro.
—¿Qué?
—La apuesta.
—Tus amigos.
—Tus palabras.
Cada frase era una herida que él mismo había creado.
—”Solo es una mujer”.
Sebastian retrocedió.
—Claire…
—”Si después te aburres, será problema de otro”.
Sus ojos comenzaron a llenarse de desesperación.
—No entendiste.
Solté una pequeña risa.
—¿Qué parte no entendí?
—¿La parte donde me entregaste?
—¿O la parte donde te burlaste diciendo que yo era tan ingenua que jamás descubriría nada?
Sebastian abrió la boca.
Pero no salió ninguna respuesta.
Porque no había ninguna.

Al día siguiente, la familia King celebraba una reunión empresarial.
Sebastian pensaba anunciar su compromiso conmigo.
Era su manera de arreglarlo todo.
Pero no sabía que yo ya había tomado una decisión.
Cuando todos estaban reunidos, Sebastian tomó mi mano.
—Quiero anunciar algo importante.
Lo miré.
Él sonrió.
—Claire y yo vamos a casarnos.
La sala quedó llena de felicitaciones.
Excepto por mí.
Retiré lentamente mi mano.
—No.
El silencio fue inmediato.
Sebastian me miró confundido.
—¿Qué?
Respiré profundamente.
—No voy a casarme contigo.
Su sonrisa desapareció.
—Claire, podemos hablar después.
—No.
Miré a todos.
—Porque esta vez no voy a esconder lo que pasó.
Entonces puse sobre la mesa una pequeña grabadora.
La misma que había usado para guardar una copia de aquella conversación.
La voz de Sebastian llenó la sala.
“Una apuesta es una apuesta”.
“Solo es una mujer”.
Nadie habló.
Su padre lo miró con decepción.
Su madre se llevó una mano al rostro.
Y Adrian cerró los ojos.
Porque incluso él sabía que Sebastian había cruzado una línea que no podía borrar.
—Claire, por favor —susurró Sebastian.
Lo miré.
—Durante un año me hiciste creer que me amabas.
—Pero una persona que ama no apuesta con la persona que dice proteger.
Tres meses después, Sebastian perdió su puesto en la empresa familiar.
No por mí.
Por sus propias acciones.
La confianza de sus socios desapareció.
La imagen perfecta que había construido se rompió.
Pero yo ya no estaba mirando hacia atrás.
Había comenzado una nueva vida.
Una donde nadie decidía mi valor.
Una donde nadie podía tratarme como un premio.
Adrian y yo seguimos hablando.
Al principio fue difícil.
Porque aunque él no había sido quien hizo la apuesta, seguía formando parte de una noche que me había lastimado.
Pero Adrian nunca intentó justificarlo.
Nunca dijo “no fue mi culpa”.
Solo dijo:
—Sé que perdonarme no es una obligación.
Y eso fue exactamente lo que hizo la diferencia.
Con el tiempo, descubrí algo extraño.
Sebastian me había perseguido porque quería ganar.
Adrian se acercó porque quería conocerme.
Uno quería poseerme.
El otro quería respetarme.
Y esa era la diferencia entre una obsesión y un amor verdadero.
Un año después, estaba caminando por un parque cuando Adrian me entregó una pequeña caja.
Lo miré sorprendida.
—¿Qué es esto?
Sonrió.
—No es una apuesta.
Sonreí.
—Gracias por aclararlo.
Abrió la caja.
Dentro había un anillo sencillo.
No era exagerado.
No intentaba demostrar riqueza.
Solo significaba algo.
—Claire Bennett, no quiero que seas mi premio.
Tomó mi mano.
—Quiero que seas mi elección.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Porque después de todo lo que había pasado, finalmente entendí algo.
El amor verdadero no te hace sentir como una propiedad.
No te pone a prueba.
No te compara.
No te entrega a otra persona para ganar una apuesta.
El amor verdadero te elige incluso cuando nadie está mirando.
Y esa fue la razón por la que, años después, cuando alguien me preguntaba cómo había terminado la historia de Sebastian King…
Yo simplemente sonreía.
Porque él había ganado una apuesta.
Pero perdió a la única persona que jamás habría vuelto a encontrar.
Y yo…
yo finalmente había ganado mi propia vida.