PARTE 2: EL ROSTRO BAJO LA MÁSCARA

El dedo del desconocido comenzó a presionar el gatillo.

Mateo no tuvo tiempo de pensar.

Golpeó con fuerza la lámpara del pasillo y la habitación quedó sumergida en una oscuridad absoluta.

El disparo retumbó contra las paredes.

La bala atravesó el viejo armario detrás de él.

Mateo se arrojó al suelo mientras el hombre maldecía y buscaba su silueta entre las sombras.

—¡No puedes esconderte para siempre! —gritó el desconocido.

Mateo avanzó a tientas hasta el magnetófono.

La voz de Elena continuaba repitiéndose entre lágrimas.

—¿Puedes darme un poco de ánimo?

Pero esta vez escuchó algo que antes había pasado por alto.

Después de cada frase se oían tres golpes débiles.

Una pausa.

Y otros dos golpes.

No era un ruido accidental.

Era un código que ambos utilizaban cuando eran niños.

Tres, dos.

Elena le estaba indicando el número de una habitación.

Mateo miró hacia el fondo del pasillo.

La puerta marcada con el número treinta y dos estaba cerrada con una cadena.

El hombre de la máscara volvió a disparar.

Mateo se refugió detrás de una columna y recogió un trozo de madera del suelo.

Cuando el desconocido se acercó, Mateo lanzó la tabla hacia el lado contrario.

El ruido engañó al atacante.

Mateo aprovechó el instante para correr hacia la habitación.

—¡Elena! —gritó mientras golpeaba la puerta—. ¡Estoy aquí!

Desde el interior llegó un gemido apagado.

Estaba viva.

El desconocido apareció al final del pasillo.

—No abras esa puerta.

Mateo tomó una pesada estatua decorativa y golpeó el candado una vez.

Después otra.

La cadena cedió justo cuando el hombre levantaba el arma.

Mateo empujó la puerta y entró.

Elena estaba atada a una silla, con las manos sujetas a la espalda y una cinta cubriéndole la boca. Tenía el rostro pálido, pero sus ojos seguían llenos de vida.

Mateo corrió hacia ella.

—Voy a sacarte de aquí.

Elena comenzó a negar desesperadamente con la cabeza.

Intentaba advertirle algo.

Entonces Mateo vio el cable que salía de debajo de la silla.

Estaba conectado a varios recipientes de combustible colocados junto a la pared.

En una pequeña pantalla aparecía una cuenta regresiva.

04:17.

Mateo retiró la cinta de su boca.

—No toques las cuerdas —susurró Elena—. Están conectadas al detonador.

El hombre de la máscara se detuvo en la entrada.

—Por fin entendiste el juego.

Mateo se colocó delante de su hermana.

—¿Qué quieres de nosotros?

—La verdad.

—¿Qué verdad?

El desconocido levantó lentamente la mano libre y se quitó la máscara de porcelana.

Mateo sintió que la sangre se le congelaba.

El rostro estaba cubierto por cicatrices antiguas, pero seguía siendo reconocible.

Era Gabriel.

El antiguo prometido de Elena.

El hombre que supuestamente había muerto tres años atrás en un incendio.

—Tú estás muerto —murmuró Mateo.

Gabriel sonrió con amargura.

—Eso fue lo que tu familia le hizo creer a todo el pueblo.

Elena comenzó a llorar.

—Gabriel, por favor…

—No pronuncies mi nombre como si todavía significara algo para ti.

Mateo miró a su hermana.

—¿Qué está diciendo?

Elena bajó la cabeza.

—El incendio no fue un accidente.

Gabriel entró en la habitación sin bajar el arma.

—Su padre descubrió que yo investigaba los negocios ilegales de la familia. Ordenó quemar el almacén conmigo dentro.

Mateo negó lentamente.

—Nuestro padre jamás haría algo así.

Gabriel señaló el magnetófono.

—Escucha la siguiente grabación.

El aparato cambió de cinta automáticamente.

La voz del padre de Mateo llenó la habitación.

—El muchacho sabe demasiado. Asegúrense de que no salga vivo del almacén.

Mateo sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

Reconocía aquella voz.

No había duda.

—Eso puede estar manipulado.

—Durante tres años reuní pruebas —respondió Gabriel—. Fotografías, cuentas bancarias y testimonios. Tu padre convirtió esta región en su propiedad privada.

Elena levantó la mirada.

—Yo descubrí que Gabriel seguía vivo hace dos semanas.

Mateo la observó con incredulidad.

—¿Y no me lo dijiste?

—Quería verificarlo antes. Pero cuando encontré las pruebas, alguien comenzó a seguirme.

Gabriel soltó una risa fría.

—Ella todavía cree que yo soy el monstruo.

Miró el temporizador.

02:51.

Mateo se arrodilló frente a la silla y examinó los cables sin tocarlos.

—Desactiva esto y entregaremos las pruebas.

—No quiero las pruebas.

—Entonces, ¿qué quieres?

Gabriel clavó los ojos en Elena.

—Quiero que confiese delante de una cámara quién provocó realmente el incendio.

Elena palideció.

Mateo se levantó lentamente.

—Fue nuestro padre.

—No.

Gabriel negó con la cabeza.

—Él dio la orden. Pero alguien más cerró la puerta del almacén desde afuera.

Mateo miró a su hermana.

Elena temblaba.

—Yo tenía diecinueve años —dijo ella—. Papá amenazó con matar a Mateo si no obedecía.

—¿Tú cerraste la puerta? —preguntó Mateo con la voz rota.

Las lágrimas descendieron por el rostro de Elena.

—Creí que Gabriel había salido por la ventana trasera.

Gabriel levantó el arma.

—Sabías que seguía dentro.

—¡No! —gritó ella—. Cuando escuché tus golpes, intenté volver, pero papá me arrastró hasta el coche.

La cuenta regresiva llegó a un minuto.

Mateo observó los recipientes.

Después miró el arma de Gabriel.

—Si querías una confesión, ya la tienes.

—Todavía no.

Gabriel señaló una cámara oculta sobre la puerta.

—Quiero que todo el pueblo lo escuche.

Elena miró directamente al objetivo.

—Yo cerré aquella puerta —declaró entre sollozos—. Mi padre me obligó, pero fui yo quien lo hizo. He vivido cada día deseando poder regresar y cambiarlo.

Gabriel permaneció inmóvil.

This image has an empty alt attribute; its file name is image-52.png

Su mano comenzó a temblar.

El temporizador marcó diez segundos.

—¡Desactívalo! —gritó Mateo.

Gabriel no reaccionó.

Nueve.

Ocho.

Elena cerró los ojos.

—Perdóname.

Mateo se lanzó contra Gabriel.

Ambos cayeron al suelo.

El arma se deslizó bajo la cama.

Tres.

Dos.

Uno.

La pantalla llegó a cero.

Pero nada explotó.

Solo se escuchó un pequeño clic.

Mateo miró los recipientes.

Estaban vacíos.

Gabriel comenzó a reír.

—Nunca hubo una bomba.

Elena respiró con dificultad.

—Todo esto era para obligarme a confesar.

—No exactamente.

Gabriel se levantó y recogió la máscara.

En ese instante, varias luces aparecieron entre los árboles del exterior.

Decenas de vehículos se acercaban a la cabaña.

Gabriel miró por la ventana y su expresión cambió.

—Ellos nos encontraron.

—¿Quiénes? —preguntó Mateo.

Gabriel cerró la puerta y colocó un armario delante.

—La gente de tu padre.

Mateo sintió un escalofrío.

—Nuestro padre murió hace cinco años.

Gabriel volvió a colocarse la máscara.

—No, Mateo.

Le entregó una fotografía reciente.

En ella aparecía su padre saliendo de un automóvil negro esa misma mañana.

—Él fingió su muerte por la misma razón que yo.

Los motores se apagaron alrededor de la casa.

Después, una voz conocida resonó desde el exterior:

—Hijos, abran la puerta. Papá ha vuelto.

Related Posts

PARTE 2: LA FIRMA QUE NUNCA DEBIERON IGNORAR.

A la mañana siguiente, a las ocho en punto, la casa seguía en silencio. Teresa aún dormía convencida de que todo había sido un simple berrinche mío….

PARTE 2: EL ÚLTIMO REGISTRO.

Respiré hondo antes de contestar la alerta del sistema. La pantalla mostró un mensaje que me hizo comprender que aquello apenas comenzaba. Intento de eliminación detectado. Usuario:…

Parte 2: LAS TRES FOTOGRAFÍAS QUE TOMÉ EN EL BARRO HICIERON QUE TODOS DEJARAN DE DEFENDERLA CUANDO LA VERDAD SALIÓ A LA LUZ

Nadie dijo una sola palabra. La música seguía sonando. Pero ya nadie la escuchaba. Sarah permanecía inmóvil con la copa de vino suspendida en el aire. Brad…

Parte 2: EL SOBRE QUE ELLA ESCONDIÓ BAJO LA ALMOHADA REVELÓ QUE EL ENEMIGO HABÍA ENTRADO EN NUESTRA FAMILIA MUCHO ANTES DEL DIVORCIO

Me quedé inmóvil junto a la cama de Emily. No escuchaba el monitor cardíaco. Ni las voces del pasillo. Solo podía mirar aquella carta doblada con mi…

Parte 2: EL VIDEO OCULTO QUE TODOS CREÍAN BORRADO MOSTRÓ QUIÉN OBSERVÓ AL JEFE MORIR SIN HACER NADA

El estudio quedó completamente en silencio. Alejandro Moretti respiró con un jadeo profundo. El color comenzó a regresar lentamente a su rostro. Seguía débil, pero ya no…

Parte 2: EL SOBRE QUE DEJÉ SOBRE SU ESCRITORIO HIZO QUE DESCUBRIERA QUE SU ESPOSA YA HABÍA GANADO EL DIVORCIO ANTES DE PRESENTAR LA DEMANDA

No volví a mencionar el hospital. Ni a Lila. Ni el camaleón dorado. Durante los siguientes doce días me convertí en la esposa perfecta. Desayunábamos juntos. Veíamos…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *