La rama volvió a romperse entre los árboles.
Mis hombres levantaron sus armas inmediatamente.
Sofía se aferró al abrigo de Diego.
Isabela seguía en el suelo, respirando con dificultad, pero sus ojos estaban completamente despiertos.
—Tenemos que irnos —susurró.
Me arrodillé junto a ella.
—¿Quién está ahí afuera?
Ella negó lentamente.
—No entiendes.
Miró el estuche de cuero que Matteo había encontrado.
—Ellos querían que tú encontraras eso.
Tomé las fotografías del interior.
La primera era mía saliendo de mi casa.
La segunda era mi vehículo estacionado frente a un restaurante.
La tercera mostraba a mis hombres.
Todos nosotros.
Todos vigilados.
—¿Quiénes son ellos?
Isabela cerró los ojos unos segundos.
Parecía estar luchando contra el miedo.
—Personas que creen que pueden controlar todo.
Víctor se acercó.
—Jefe, tenemos movimiento al norte.
El bosque quedó completamente quieto.
Demasiado quieto.
Y entonces comprendí.
Aquello no había sido un rescate.
Había sido una invitación.
Alguien había colocado a Sofía en mi camino porque sabía exactamente cómo reaccionaría.
Porque sabían que nunca dejaría a una niña abandonada.
Me puse de pie.
—Sacaremos a Isabella y a Sofía de aquí.
Matteo miró hacia la niebla.
—¿Y ellos?
Observé el bosque.
—Ellos vienen por nosotros.
Cargamos a Isabella mientras avanzábamos hacia los vehículos.
Sofía no soltaba mi mano.
Cada pocos pasos miraba detrás de nosotros.
—¿Tienes miedo? —le pregunté.
Asintió.
—Ellos dijeron que nadie vendría.
Sentí una presión en el pecho.
—¿Quién dijo eso?
La niña bajó la mirada.
—El hombre que llevó a mi mamá al árbol.
Me detuve.
—Sofía, necesito que me digas todo lo que recuerdes.
Ella respiró profundamente.
—Tenía una cicatriz en la cara.
Mis hombres intercambiaron miradas.
—¿Algo más?
—Dijo que mi mamá sabía demasiado.
Isabela cerró los ojos.
—Sofía…
Pero la niña continuó.
—También dijo un nombre.
Me acerqué.
—¿Cuál?
Su pequeña voz apenas salió.
—Ramón.
El silencio fue inmediato.
Mis hombres me miraron.
Nadie sabía qué decir.
Porque eso significaba algo imposible.
El hombre que había atacado a Isabela sabía quién era yo.
Sabía mi nombre.
Sabía que yo aparecería.
Cuando finalmente llegamos al convoy, el cielo comenzaba a aclararse.
Los médicos revisaron a Isabella.
Sofía permanecía sentada junto a mí.
No quería separarse.
Horas después, en una casa segura, revisamos todo lo encontrado en el estuche.
Los documentos eran peores de lo que imaginábamos.
Eran registros financieros.
Nombres.
Fechas.
Fotografías.
Y una carpeta con un título que hizo que todos quedáramos en silencio.
“Proyecto Ortega”.
Abrí la primera página.
Era mi nombre.
Pero los documentos no hablaban de mí como enemigo.

Hablaban de mí como objetivo.
—¿Qué significa esto? —preguntó Víctor.
Pasé las páginas lentamente.
Entonces encontré una fotografía antigua.
Mi padre.
Más joven.
Junto a varios hombres.
Entre ellos estaba el hombre de la cicatriz.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Mi padre había muerto hacía diez años.
Pero alguien había estado usando su nombre.
Isabela entró lentamente en la habitación.
Todavía estaba débil.
—Ya lo sabes.
La miré.
—¿Qué?
—Tu padre no murió por accidente.
El silencio fue absoluto.
Durante años había creído que había perdido a mi padre por una tragedia.
Ahora una desconocida estaba diciéndome que toda mi vida había estado construida sobre una mentira.
—Explícame.
Isabela tomó aire.
—Tu padre descubrió una organización que compraba información, manipulaba negocios y eliminaba personas que se interponían en su camino.
Miró los documentos.
—Cuando intentó denunciarlo, lo silenciaron.
Apreté los puños.
—¿Y tú cómo sabes todo esto?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque yo trabajaba para ellos.
Mis hombres se tensaron.
Pero levanté una mano.
—Continúa.
—No era una asesina. Era analista. Encontré pruebas y traté de escapar.
Miró hacia Sofía.
—Por eso nos persiguieron.
Sofía caminó hacia mí.
—Mi mamá dijo que solo una persona podía ayudarnos.
La miré.
—¿Quién?
La niña sonrió ligeramente.
—Mi papá.
Mi expresión cambió.
—¿Tu padre?
Isabela cerró los ojos.
—Tu padre y mi esposo eran amigos.
Otra revelación.
—¿Mi padre tenía un socio?
—No.
Pausa.
—Tenía un hermano.
Sentí que el aire desaparecía.
—Mi padre era hijo único.
Isabela negó.
—Eso es lo que todos creen.
Entonces sacó una pequeña llave que llevaba escondida.
—Tu padre dejó esto para ti.
La llave abrió una caja que había permanecido oculta durante años.
Dentro había una carta.
Reconocí la letra inmediatamente.
La letra de mi padre.
“Ramón, si estás leyendo esto significa que finalmente encontraron a Isabela y Sofía.”
Mis manos temblaron.
“Confío en que ayudarás a esta niña como ayudaste a tantas personas antes.”
Continué leyendo.
“Pero hay algo que nunca te conté.”
La siguiente frase me dejó completamente inmóvil.
“El hombre que intentará destruirte no es un enemigo desconocido.”
Tragué saliva.
“La persona que te ha estado observando durante años está mucho más cerca de lo que imaginas.”
Levanté la mirada.
Todos estaban en silencio.
Entonces mi teléfono sonó.
Un número desconocido.
Contesté.
—¿Ramón Ortega?
La voz al otro lado era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Me alegra saber que encontraste a Isabella.
Me quedé congelado.
—¿Quién eres?
Una pequeña risa respondió.
—Alguien que conoce tu historia mejor que tú mismo.
Miré la carta de mi padre.
—¿Tú hiciste esto?
—No.
Pausa.
—Tu padre lo hizo.
Fruncí el ceño.
—Mi padre está muerto.
La voz respondió:
—Eso es exactamente lo que él quería que todos creyeran.
La llamada terminó.
Nadie habló durante varios segundos.
Sofía tomó mi mano.
—¿Vamos a estar bien?
La miré.
Después miré a mis hombres.
Y por primera vez en muchos años, entendí que mi mayor batalla no sería contra alguien con armas.
Sería contra las mentiras que habían construido mi propia vida.
Porque la niña que había salido de la niebla no había llegado para pedirme ayuda solamente.
Había llegado para abrir una puerta que alguien había mantenido cerrada durante diez años.
Y detrás de esa puerta estaba la verdad sobre mi padre.
Y sobre quién era realmente Ramón Ortega.