La puerta principal chocó contra la pared con tanta fuerza que uno de los cuadros del pasillo cayó al suelo.
Sofía retrocedió instintivamente.
Tres hombres entraron en la mansión vestidos con impermeables oscuros. El primero mostró una placa policial, pero los otros dos mantuvieron las manos ocultas bajo sus chaquetas.
Alejandro se colocó inmediatamente delante de su esposa.
—Inspector Ramírez, no esperaba verlo aquí un domingo.
El hombre de la placa cerró la puerta detrás de él.
—No he venido como inspector.
Aquella respuesta hizo que Alejandro apretara la mandíbula.
Sofía observó la escena sin comprender.
—¿Qué está pasando?
Ramírez miró las fotografías esparcidas sobre la mesa y luego el documento de identidad falso.
—Veo que ya ha empezado a descubrirlo.
—Quiero saber quién es mi esposo —exigió Sofía.
El inspector guardó silencio durante unos segundos.
—El hombre al que usted conoce como Alejandro murió hace quince años.

Sofía sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Alejandro intentó acercarse, pero ella levantó una mano para detenerlo.
—Entonces dime tu verdadero nombre.
Él cerró los ojos.
—Gabriel Montes.
El apellido atravesó la memoria de Sofía como una descarga.
Montes era el nombre de la familia acusada de organizar el fraude bancario más grande de la ciudad. Todos sus miembros habían desaparecido después de que un incendio destruyera la residencia familiar.
—Tú pertenecías a esa familia —susurró ella.
—Yo fui el único que sobrevivió.
Ramírez soltó una risa seca.
—Eso es lo que él quiere que usted crea.
Uno de los hombres que acompañaba al inspector dejó el maletín negro sobre la mesa y lo abrió.
Dentro había cientos de documentos, pasaportes falsos y fotografías antiguas.
En una de ellas aparecía la madre de Sofía abrazando a Gabriel cuando ambos eran jóvenes.
Sofía tomó la imagen con las manos temblorosas.
—Mi madre te conocía.
Gabriel bajó la mirada.
—Ella fue quien me dio la identidad de Alejandro y me ayudó a desaparecer.
—¿Por qué haría algo así?
Antes de que él pudiera responder, Ramírez sacó una grabadora.
La voz de la madre de Sofía llenó la sala.
—Si mi hija descubre quién es Gabriel, también descubrirá quién fue su verdadero padre.
Sofía dejó caer la fotografía.
El secreto no había comenzado con su marido.
Toda su familia había participado en aquella mentira.
Entonces escucharon un golpe procedente del sótano.
Tres golpes lentos y perfectamente separados.
Gabriel palideció.
—Eso no es posible.
—¿Qué hay ahí abajo? —preguntó Sofía.
Él miró la puerta cerrada al final del pasillo.
—El hombre que todos creen muerto desde hace quince años.