Parte 2: LA CUENTA SECRETA QUE CAMBIÓ TODA LA VERDAD

Alejandro permaneció inmóvil mientras observaba la fotografía.

Lucía aparecía frente a su antigua casa hablando con Héctor Zúñiga y Esteban Paredes, dos hombres que durante años habían sido sus socios más cercanos. Ambos habían vendido sus acciones apenas unos meses después del divorcio y desaparecido del país.

—¿Cuándo fue tomada? —preguntó con la voz seca.

Mateo deslizó otro documento.

—Tres días antes de que Lucía te pidiera el divorcio.

Alejandro sintió un nudo en el estómago.

Aquella misma noche recordó que Lucía había regresado a casa con los ojos hinchados de llorar. Él había supuesto que discutían por sus constantes viajes de negocios. Ella intentó abrazarlo, pero él respondió revisando unos contratos y apenas levantó la vista.

Ahora comprendía que aquella tristeza escondía algo mucho más profundo.

—Hay más.

Mateo abrió otra carpeta.

Dentro aparecía un estado de cuenta bancario.

Una cuenta abierta a nombre de Lucía nueve meses atrás.

Saldo inicial: 3,800,000 pesos.

Saldo actual: 214 pesos.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Gastó todo ese dinero?

—No.

Mateo señaló los movimientos.

—Míralos con atención.

Había decenas de transferencias.

Hospitales.

Laboratorios.

Despachos jurídicos.

Empresas de seguridad privada.

Y un mismo destinatario que aparecía una y otra vez.

Fundación Vida Nueva.

—¿Qué es eso?

—No es una fundación.

Mateo respiró hondo.

—Es el nombre falso que utilizaba una red dedicada a lavar dinero mediante clínicas privadas.

Alejandro levantó la vista.

—¿Y Lucía les enviaba dinero voluntariamente?

—Eso creíamos.

Mateo colocó un sobre amarillo sobre el escritorio.

—Hasta que encontramos esto.

Dentro había copias de correos electrónicos.

Todos enviados desde cuentas anónimas.

El primero decía únicamente:

“Si quieres que Alejandro siga respirando, mañana presentarás la demanda de divorcio.”

El segundo era aún peor.

“Si le cuentas la verdad, el siguiente funeral será el suyo.”

Alejandro sintió que el pecho le ardía.

No podía apartar la vista de aquellas líneas.

—¿Quién los envió?

—Todavía no lo sabemos.

Pero encontramos algo interesante.

Mateo abrió una fotografía ampliada.

Era una cámara de seguridad del estacionamiento donde Lucía había recogido el dinero.

Frente a ella aparecía un hombre entregándole un maletín.

Su rostro estaba parcialmente cubierto.

Sin embargo…

En su muñeca brillaba un reloj exclusivo.

Alejandro reconoció inmediatamente aquel modelo.

Solo existían cincuenta piezas en todo el mundo.

Él mismo había regalado uno igual a Héctor durante el aniversario de la empresa.

—Fue él…

—Eso parece.

Alejandro cerró los ojos.

Durante meses había odiado a Lucía.

La había imaginado feliz con otro hombre mientras él destruía lentamente su vida trabajando día y noche.

Y mientras tanto…

Ella vivía escondida.

Amenazada.

Embarazada.

Trabajando hasta el límite de sus fuerzas.

Solo para mantenerlo vivo.


A la mañana siguiente Alejandro regresó al restaurante.

Lucía seguía trabajando.

Su rostro estaba más pálido que el día anterior.

Cuando lo vio entrar, intentó desaparecer hacia la cocina.

Él la alcanzó antes.

—Necesitamos hablar.

—Estoy trabajando.

—Ya no.

Rogelio apareció inmediatamente.

—Señor Cárdenas…

Alejandro dejó un sobre sobre la barra.

—Aquí hay suficiente dinero para cubrir el sueldo de todos los empleados durante seis meses.

El gerente abrió los ojos.

—Pero…

—Lucía termina su turno ahora mismo.

Nadie discutió.

Ella caminó lentamente hasta el estacionamiento.

Solo cuando estuvieron completamente solos habló.

—No debiste venir.

—¿Por qué me mentiste?

Lucía permaneció callada.

—No existió ningún empresario español.

Ella cerró los ojos.

—Alejandro…

—Nunca dejaste el país.

Silencio.

—Los tres millones ochocientos mil pesos…

Lucía comenzó a temblar.

—¿Quién te contó eso?

—¿Quién te obligó a dejarme?

Una lágrima resbaló por su mejilla.

—No puedo decirte nada.

—¡Casi das a luz trabajando doce horas diarias!

Ella bajó la cabeza.

—Era la única forma.

—¿De qué?

Lucía levantó lentamente la vista.

Por primera vez en nueve meses dejó de fingir.

—De mantenerte con vida.

Alejandro sintió que el tiempo se detenía.

Ella rompió a llorar.

—Entraron a nuestra casa cuando tú estabas en Monterrey.

Me enseñaron fotografías tuyas.

Conocían todos tus movimientos.

Sabían dónde desayunabas.

Dónde corrías.

Dónde dormías.

Me dijeron que, si seguía siendo tu esposa, te matarían delante de mí.

Cada palabra era un golpe.

—Entonces…

—Me dieron dos opciones.

Alejarte de mí…

O elegir el ataúd donde quería enterrarte.

Alejandro sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—Por eso acepté el dinero.

No era para mí.

Era el precio para que te dejaran vivir.

Ella sacó una pequeña carpeta de su bolso.

Dentro había recibos.

Denuncias.

Solicitudes rechazadas.

Informes policiales.

—Intenté pedir ayuda.

Nadie quiso escucharme.

Todos tenían miedo de las personas que estaban detrás.

Alejandro tomó los documentos con manos temblorosas.

En ese instante sonó el teléfono de Lucía.

Ella palideció al ver la pantalla.

Número oculto.

Contestó con manos temblorosas.

No habló.

Solo escuchó.

Su rostro perdió completamente el color.

La llamada terminó.

—¿Quién era?

Lucía guardó lentamente el teléfono.

Las lágrimas volvieron a aparecer.

—Ya saben que te conté una parte de la verdad.

—¿Quiénes?

Ella respondió con un hilo de voz.

—Los mismos hombres que pagaron para destruir nuestro matrimonio.

En ese instante, un automóvil negro sin placas se detuvo lentamente al otro lado de la calle.

Las ventanas polarizadas descendieron apenas unos centímetros.

Y Alejandro reconoció, sentado en el asiento trasero, el rostro de un hombre que había asistido a su boda… y que llevaba nueve meses fingiendo ayudarlo a encontrar las razones del divorcio.

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