PARTE 2: EL JEFE DE LA MAFIA DESCUBRIÓ QUE LA MUJER QUE AMABA ERA SU MAYOR DEBILIDAD

Sebastian permaneció en silencio mientras escuchaba a Mara al otro lado de la línea.

Su expresión cambió lentamente.

No era miedo.

Sebastian Ward no era un hombre que conociera el miedo.

Era algo peor.

Preocupación.

—Repítelo —dijo con voz baja.

Me quedé observándolo desde la cama.

El hombre que podía hacer temblar a empresarios y criminales con una sola llamada parecía haberse olvidado completamente de mí durante unos segundos.

—¿Qué ocurrió? —preguntó nuevamente.

Hubo una pausa.

Entonces su mandíbula se tensó.

—No hagas nada hasta que llegue.

Colgó.

Por primera vez desde que lo conocía, vi algo que casi nadie había visto.

Vulnerabilidad.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Sebastian me miró.

Durante un instante pareció debatirse entre ocultármelo o decirme la verdad.

Finalmente eligió la segunda opción.

—Alguien entró al edificio anoche.

Sentí un escalofrío.

—¿Aquí?

Asintió.

—No llegaron hasta esta planta por casualidad.

Miré alrededor del enorme dormitorio.

De repente, todo aquel lujo dejó de parecer impresionante.

Solo parecía una jaula demasiado hermosa.

—¿Me estás diciendo que estoy en peligro?

Sebastian se acercó lentamente.

—Te estoy diciendo que yo cometí un error.

Fruncí el ceño.

—¿Cuál?

Bajó la mirada.

—Pensé que mantenerte cerca de mí era la forma de protegerte.

Una amarga sonrisa apareció en mi rostro.

—Y ahora resulta que estar contigo es lo que me pone en peligro.

Sus ojos se cerraron un segundo.

Porque sabía que tenía razón.

Durante años, Sebastian Ward había construido un imperio basado en una regla sencilla:

No permitir que nadie fuera importante para él.

Porque las personas importantes podían ser utilizadas.

Pero conmigo había roto esa regla.

Y alguien más lo había notado.


Dos horas después, Mara Feldman llegó a la torre.

Era una mujer elegante de unos cincuenta años, con una mirada que parecía capaz de descubrir una mentira antes de que terminara de pronunciarse.

Entró en la habitación con una carpeta en la mano.

Pero antes de hablar, me miró.

No a Sebastian.

A mí.

—Así que tú eres Valeria.

Sebastian se colocó ligeramente delante de mí.

Un movimiento pequeño.

Pero Mara lo notó.

—Interesante.

—¿Qué significa eso? —preguntó Sebastian.

Mara dejó la carpeta sobre la mesa.

—Que nunca te había visto proteger a alguien de ti mismo.

El silencio llenó la habitación.

Abrí la carpeta.

Dentro había fotografías.

Mías.

Saliendo del trabajo.

Entrando a una cafetería.

Caminando por la calle.

Sentí que mi estómago se cerraba.

—¿Desde cuándo?

Mara respondió:

—Tres semanas.

Miré a Sebastian.

—¿Lo sabías?

Negó inmediatamente.

—No.

Y por la forma en que lo dijo, supe que era verdad.

Sebastian podía mentir perfectamente.

Pero no conmigo.

—Alguien quiere llegar a mí usando tu nombre.

Me levanté lentamente.

—Entonces soy un objetivo.

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Eres la razón por la que alguien cree que puede destruirme.

Sus palabras quedaron suspendidas.

Porque esa era la verdad que ninguno de los dos quería aceptar.

Yo importaba.

Y para un hombre como Sebastian Ward, eso era peligroso.


Esa tarde descubrimos quién estaba detrás.

Un antiguo socio de Sebastian llamado Victor Kane.

Un hombre que había esperado años para encontrar una debilidad.

Y finalmente la había encontrado.

Mara colocó un documento frente a nosotros.

—Victor no quiere dinero.

Sebastian observó el papel.

—Entonces, ¿qué quiere?

Mara respondió:

—Que recuerdes quién eres.

No entendí.

Sebastian sí.

Su rostro se volvió frío.

La versión de él que todos temían regresó.

—Quiere que abandone la parte humana.

Me quedé mirándolo.

—¿Y si no quieres hacerlo?

Sebastian me miró.

—Entonces intentará quitarme todo lo que me recuerda que todavía soy humano.

Esa noche pensé que vería al verdadero Sebastian.

El hombre poderoso.

El hombre peligroso.

Pero vi algo diferente.

Lo encontré sentado solo en la sala, mirando la ciudad desde los ventanales.

—¿No duermes? —pregunté.

No se giró.

—Hace años que no duermo profundamente.

Me acerqué.

—¿Por qué?

Tardó varios segundos en responder.

—Porque cuando duermes, olvidas que hay personas esperando que cometas un error.

Me senté a su lado.

—Yo no estoy esperando eso.

Por primera vez en mucho tiempo, Sebastian pareció perdido.

—Valeria, no entiendes.

—Entonces explícame.

Respiró profundamente.

—Toda mi vida me enseñaron que amar a alguien era darle a otra persona un arma contra ti.

Lo miré.

—¿Y ahora?

Sus ojos encontraron los míos.

—Ahora entiendo que vivir sin amar a nadie también es una forma de perder.


Al día siguiente, Sebastian hizo algo que sorprendió incluso a Mara.

Convocó una reunión con todos sus aliados.

Pero yo fui con él.

—No tienes que hacer esto —le dije antes de entrar.

—Sí tengo.

—Porque ellos necesitan verme.

Negó.

—Porque yo necesito dejar de esconderte.

Entramos juntos.

Todos quedaron en silencio.

Sebastian caminó hasta el centro de la sala.

—Durante años creyeron que mi mayor fuerza era no tener debilidades.

Pausa.

—Estaban equivocados.

Me tomó la mano.

—Mi mayor fuerza es tener algo que proteger.

Algunos hombres intercambiaron miradas.

Pero nadie habló.

Porque todos entendieron lo que significaba.

Sebastian Ward había elegido.

Y nadie se atrevía a desafiar una decisión así.


Victor intentó atacar esa misma noche.

Pero no esperaba una cosa.

Que Sebastian ya no estuviera actuando solo.

La información que Victor había usado durante años para manipular a otros terminó volviéndose contra él.

Mara había preparado todo.

Los registros.

Los movimientos financieros.

Las pruebas.

Cuando la policía llegó, Victor perdió el poder que creía tener.

Y Sebastian finalmente cerró una etapa de su vida.


Semanas después, regresamos al mismo dormitorio donde todo había comenzado.

Pero esta vez no había miedo.

Ni secretos.

Ni distancia.

Sebastian dejó dos tazas de café sobre la mesa.

Sonreí.

—¿Todavía recuerdas aquella mañana?

Él soltó una pequeña risa.

—Cada segundo.

—Pensaste que habías cometido el peor error de tu vida.

Me miró.

—No.

Se acercó.

—Pensé que había encontrado algo que no sabía cómo proteger.

—¿Y ahora?

Tomó mi mano.

—Ahora sé que no tengo que encerrarlo para mantenerlo a salvo.

Sonreí.

Porque el hombre que todos temían había aprendido algo que nadie esperaba.

No necesitaba controlar todo.

No necesitaba estar solo.

Porque la verdadera fuerza no estaba en no tener nada que perder.

Estaba en encontrar algo que valiera la pena cuidar.

Y por primera vez en su vida, Sebastian Ward no tenía miedo de perder su corazón.

Porque finalmente había encontrado a alguien que no quería el poder que él tenía.

Solo quería al hombre que había detrás.

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