La anciana levantó el teléfono con una sonrisa fría.
—Una llamada bastará para que ninguno de vosotros vuelva a ver a esa niña.
Carlos se acercó de inmediato.
—¿A quién piensas llamar?
—A la policía. Les diré que Elena se llevó a la bebé sin autorización.
Elena abrazó a Sofía con más fuerza.
—Soy su madre. No puedes acusarme de secuestrar a mi propia hija.
La anciana soltó una carcajada.
—Eso tendrás que demostrarlo.
El abuelo palideció al comprender el significado de aquellas palabras.
—¿Qué has hecho, Mercedes?
La mujer marcó un número, pero Carlos le arrebató el teléfono antes de que alguien respondiera.
—Habla ahora.
Mercedes guardó silencio.
Entonces el abuelo caminó hacia el antiguo escritorio familiar y abrió un compartimento oculto. Sacó una carpeta que había encontrado días antes entre los documentos de su esposa.
Dentro había análisis médicos, formularios hospitalarios y una partida de nacimiento con varios datos tachados.
Elena reconoció el nombre de la clínica donde había dado a luz.
—¿Por qué tienes estos documentos?
Mercedes intentó recuperar la carpeta.
—No significan nada.
El abuelo apartó su mano.
—Llevas semanas investigando a la niña a nuestras espaldas.
Carlos revisó los papeles con desesperación.
Uno de los informes indicaba que, durante el parto, se había realizado una prueba genética sin el consentimiento de los padres.
El resultado confirmaba que Sofía era hija de Carlos.
Sin embargo, otro nombre aparecía repetidamente en los documentos.
Adriana Montes.
—¿Quién es esa mujer? —preguntó Elena.
Mercedes dejó de fingir.
—La verdadera madre de Carlos.
El silencio golpeó la sala.
Carlos la miró sin comprender.
—Tú eres mi madre.
—Yo te crié —respondió ella—. No es lo mismo.
El abuelo cerró los ojos, devastado.
Durante más de treinta años había guardado aquel secreto.
Adriana había sido una joven empleada de la familia. Cuando quedó embarazada, Mercedes decidió quedarse con el bebé para evitar que su esposo descubriera que ella no podía tener hijos.
Pagó a un médico, alteró documentos y expulsó a Adriana de la ciudad.
—¿Por qué odias a Sofía? —preguntó Carlos con la voz quebrada.
Mercedes señaló a la bebé.
—Porque tiene los mismos ojos que aquella mujer.
Elena sintió un escalofrío.
El rechazo nunca había sido solamente porque Sofía fuera niña.
La anciana veía en ella el rostro de la madre biológica de Carlos y temía que alguien reconociera el parecido.
—Querías echarlas antes de que descubriéramos la verdad —dijo el abuelo.
Mercedes levantó la barbilla.
—Protegí a esta familia durante décadas.
—Destruiste la vida de una madre —respondió Carlos—. Y ahora intentabas destruir la de mi hija.

En ese momento llamaron con fuerza a la puerta.
Dos policías esperaban afuera acompañados por una mujer de cabello blanco y mirada cansada.
Mercedes retrocedió al verla.
—Tú deberías estar muerta.
La desconocida entró lentamente.
Sus ojos se clavaron en Carlos y comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Te he buscado durante treinta y dos años.
Carlos comprendió la verdad antes de que ella pronunciara su nombre.
Era Adriana.
Su verdadera madre.
Pero Adriana no había llegado sola para recuperar a su hijo.
Llevaba una orden judicial y una grabación antigua en la que Mercedes confesaba que Carlos no había sido el único bebé robado por aquella familia.