PARTE 2: ABRÍ LAS PERSIANAS QUE EL JEFE DE LA MAFIA HABÍA PROHIBIDO TOCAR Y DESCUBRÍ POR QUÉ SEIS ENFERMERAS HABÍAN HUIDO DE SU MANSIÓN

Mi mano seguía sujetando el cordón de las persianas.

Liam me observaba desde la cama.

—No lo hagas.

Esta vez no sonaba furioso.

Sonaba asustado.

Tiré del cordón.

Las persianas comenzaron a levantarse lentamente.

Una franja de luz atravesó la habitación.

Liam giró la cara.

Y entonces vi algo que no esperaba.

No había odio en sus ojos.

Había lágrimas.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué ocurre?

—Ciérralas.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que lo veas.

Miré hacia la ventana.

Afuera había un jardín enorme, cubierto por árboles y nieve.

Pero entre los árboles distinguí una pequeña estructura de piedra.

Parecía una capilla.

—¿Qué hay allí?

Liam cerró los ojos.

—Mi hermano.

La palabra quedó suspendida en el aire.

—¿Está muerto?

—Hace cinco años.

Bajó la voz.

—Murió allí.

No pregunté más.

Cerré parcialmente las persianas, dejando entrar suficiente luz para que la habitación ya no pareciera una prisión.

—No voy a volver a cerrarlas por completo.

Liam abrió los ojos.

—Te dije que no tocaras las persianas.

—Y yo te dije que necesito trabajar en condiciones razonables.

Durante unos segundos ninguno habló.

Entonces Liam soltó una pequeña risa.

Era débil, pero real.

—Eres la primera persona que me contradice sin miedo.

—Probablemente porque necesito los diez mil dólares.

—¿Para qué?

Me quedé callada.

No tenía intención de contarle la verdad.

Pero aquella noche, mientras cambiaba sus vendajes, mi teléfono comenzó a sonar.

Recordé inmediatamente que no debía tenerlo.

Leo apareció en la puerta.

—¿De dónde salió eso?

—Es mi hermano.

Liam levantó la mirada.

—Déjala contestar.

Leo negó.

—Las reglas son claras.

Liam habló con una autoridad que hizo que Leo se detuviera.

—He dicho que la deje contestar.

Leo salió.

Contesté.

Era el hospital.

—Señorita Miller, necesitamos saber si puede cubrir el costo de la siguiente fase del tratamiento de su hermano.

Miré a Liam.

—Estoy trabajando en ello.

—Necesitamos una respuesta antes del lunes.

Colgué.

Liam me observaba.

—¿Tu hermano está enfermo?

Asentí.

—Leucemia.

Su expresión cambió.

—¿Cuánto necesitas?

—No importa.

—Te hice una pregunta.

—Más de lo que puedo conseguir.

Liam permaneció en silencio.

Después dijo:

—Leo.

El hombre apareció nuevamente.

—A partir de ahora, ella puede usar su teléfono una hora al día.

Leo abrió la boca.

—Pero…

—¿Quieres discutir conmigo?

Leo negó.

—No.

Cuando se marchó, miré a Liam.

—Gracias.

—No me agradezcas.

—¿Por qué?

—Porque sé lo que significa no poder pagar para salvar a alguien que amas.

Aquella frase cambió algo entre nosotros.

Al día siguiente Liam aceptó comer.

Al siguiente permitió que el médico lo examinara.

Y al cuarto día, incluso pidió caminar unos pasos con ayuda.

Pero también descubrí algo extraño.

Cada noche, exactamente a las diez, alguien entraba en la mansión.

Siempre el mismo hombre.

Traje oscuro.

Guantes negros.

Nunca hablaba conmigo.

Una noche lo vi entregar un sobre a Leo.

Esperé hasta que se marchó.

—¿Quién era?

Leo me miró.

—No hagas preguntas.

Recordé la regla número tres.

No hacer preguntas.

Pero yo nunca había sido buena obedeciendo reglas que no entendía.

Aquella madrugada encontré a Liam despierto.

—¿Quién es el hombre de los guantes?

Su expresión se endureció.

—¿Lo viste?

—Sí.

—Entonces olvídalo.

—No.

Liam se incorporó.

—No sabes en qué estás metiéndote.

—Entonces explícame.

Por primera vez me contó parte de la verdad.

—Mi hermano no murió por accidente.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién lo mató?

—Alguien dentro de mi organización.

—¿Y todavía está aquí?

Liam asintió.

—Por eso no confío en nadie.

Miró hacia la puerta.

—Ni siquiera en Leo.

Entonces comprendí por qué las enfermeras no duraban.

No era solo Liam.

Era el miedo.

Aquella casa estaba llena de secretos.

Y alguien quería asegurarse de que Liam permaneciera aislado.

A la mañana siguiente encontré una nota debajo de mi puerta.

Solo decía:

“No abras las persianas otra vez si quieres volver a casa.”

La guardé.

No se la mostré a Liam.

Porque quería saber quién la había escrito.

Esa misma tarde, mientras revisaba los medicamentos, descubrí una irregularidad.

Uno de los frascos tenía una etiqueta diferente.

No coincidía con la receta del médico.

Se lo mostré a Liam.

Su rostro se volvió frío.

—¿Quién te entregó esto?

—Lo encontré en el carro de medicamentos.

Liam llamó a Leo.

—Trae al médico.

El doctor llegó diez minutos después.

Revisó el frasco.

—Esto no fue prescrito.

Liam lo miró.

—¿Quién tiene acceso a mis medicamentos?

El médico enumeró a varias personas.

Leo.

Dos enfermeros.

El personal de seguridad.

Y una persona más.

—¿Quién?

El médico dudó.

—La enfermera anterior.

—Ella renunció hace semanas.

—Sí.

Liam se quedó inmóvil.

—¿Dónde está ahora?

Nadie respondió.

Esa noche ocurrió algo todavía peor.

Escuché pasos en el pasillo.

Abrí la puerta.

Un hombre de seguridad estaba entrando en la habitación de Liam.

—¿Qué haces?

Se giró.

—Me dijeron que revisara la medicación.

—No tienes autorización.

Su mano fue hacia su chaqueta.

Retrocedí.

—¡Liam!

La voz de Liam resonó desde la cama.

—Sal de mi habitación.

El hombre se quedó congelado.

—Señor Mercer…

—Ahora.

El guardia salió.

Liam esperó hasta que la puerta se cerró.

—Cierra con llave.

Lo hice.

—¿Quién era?

—Uno de los hombres de mi padre.

—¿Tu padre sigue vivo?

Liam no respondió.

Lo miré.

—¿Está vivo?

Finalmente dijo:

—Sí.

Aquello explicaba muchas cosas.

—Pensé que eras el jefe.

—Lo soy.

—Entonces, ¿por qué tu padre controla a tus hombres?

Liam miró hacia la ventana.

—Porque mi padre nunca aceptó que yo heredara el negocio.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Y tu hermano?

—Era su hijo favorito.

Silencio.

—Cuando murió, todos asumieron que yo lo había reemplazado.

Liam apretó la mandíbula.

—Pero yo descubrí que mi padre había ordenado su muerte.

Me quedé helada.

—¿Tienes pruebas?

—Sí.

—¿Dónde?

Liam miró hacia las persianas.

—En la capilla.

Entendí entonces por qué nadie podía tocar las persianas.

Desde aquella ventana se veía directamente la pequeña capilla.

—¿Quieres que vaya allí?

—No.

—Entonces iré yo.

—Es demasiado peligroso.

—Liam, tu habitación está vigilada, tus medicamentos están manipulados y alguien dejó una amenaza debajo de mi puerta.

Lo miré.

—Creo que ya estoy metida en esto.

A la mañana siguiente, Leo me acompañó hasta la capilla.

Dentro había una fotografía de un joven.

El hermano de Liam.

Detrás del marco encontré una pequeña llave.

—¿Qué abre?

Leo palideció.

—No lo sé.

—Mientes.

Antes de que pudiera insistir, escuchamos un ruido afuera.

Leo cerró la puerta.

—Tenemos que volver.

—¿Por qué?

—Porque alguien sabe que encontraste la llave.

Regresamos a la mansión.

Cuando entramos en la habitación de Liam, encontramos una escena que me hizo detenerme.

Todos los medicamentos habían desaparecido.

Y sobre la cama había una fotografía.

Era una imagen mía con mi hermano Tommy.

Debajo habían escrito una sola frase:

“El dinero que necesitas puede salvarlo. Pero solo si haces exactamente lo que te digamos.”

Liam tomó la fotografía.

Su rostro cambió por completo.

—Ahora sí están muertos.

—¿Quiénes?

—Los hombres que hicieron esto.

—¿Qué quieren de mí?

Liam me miró.

—Quieren que yo les entregue algo que llevo cinco años protegiendo.

—¿Qué?

—La prueba de que mi padre ordenó la muerte de mi hermano.

Sentí que todo encajaba.

Pero entonces Liam añadió algo que jamás esperaba.

—Y tú eres la única persona que puede ayudarnos a encontrarla.

—¿Por qué yo?

Liam señaló la llave.

—Porque esa llave no abre una puerta.

La observé.

—¿Entonces qué abre?

Liam tragó saliva.

—Una caja de seguridad en Chicago.

—¿Y qué hay dentro?

Su mirada se clavó en la mía.

—El nombre del hombre que controla a mi padre.

En ese momento escuchamos un automóvil detenerse frente a la mansión.

Leo miró por la ventana.

—Señor Mercer…

—¿Qué?

—Hay tres vehículos.

Liam se puso de pie con dificultad.

—¿Quiénes son?

Leo observó la calle.

—No lo sé.

Entonces las puertas principales de la mansión se abrieron.

Entraron varios hombres.

Y detrás de ellos apareció un hombre mayor con cabello plateado.

Liam dejó de respirar.

—Papá.

El hombre levantó la mirada hacia la ventana.

Y sonrió.

—Hijo —dijo desde abajo—. He venido a llevarme a mi enfermera.

Liam me miró.

—No dejes que te lleven.

Apreté la llave dentro de mi mano.

Porque acababa de comprender que los diez mil dólares semanales nunca habían sido realmente el trabajo.

Habían sido el precio para mantenerme dentro de una guerra familiar que llevaba cinco años esperando comenzar.

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