Parte 2: LA VERDAD DETRÁS DE LOS VEINTE MIL PESOS

Mi cuñado, Javier, volvió a preguntar con el ceño fruncido.

—Patricia… ¿por qué te pusiste así?

El salón entero quedó en silencio.

Los villancicos seguían sonando desde la bocina, pero ahora parecían venir de muy lejos.

Mi padre dio un paso hacia Javier.

—No es momento para hablar de dinero.

—Al contrario —respondí sin apartar la vista de la pantalla de mi celular—. Creo que es exactamente el momento.

Presioné “Confirmar”.

La transferencia automática de 20,000 pesos mensuales desapareció de la aplicación bancaria.

Mi madre soltó un jadeo.

—Mariana…

—Hace cuatro meses me dijeron que necesitaban ayuda para pagar medicamentos, consultas con el cardiólogo y un tratamiento urgente.

Miré directamente a mi madre.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a ese cardiólogo?

Ella abrió la boca.

No respondió.

Fue Patricia quien habló primero.

—No tienes derecho a interrogarnos en Navidad.

Javier giró lentamente hacia ella.

—Contesta la pregunta.

Mi hermana comenzó a ponerse nerviosa.

—Eso no importa.

—Sí importa.

Porque yo también llevo meses depositándoles diez mil pesos.

Los invitados empezaron a mirarse entre sí.

Mi tía dejó el plato sobre la mesa.

Mi primo dejó de servir ponche.

Nadie esperaba aquella conversación.

Respiré profundamente.

—Papá me dijo que los gastos médicos habían aumentado después del fallecimiento de Daniel.

Que apenas podían comprar medicinas.

Que incluso pensaban vender parte del terreno familiar.

Mi padre evitó mirarme.

Eso bastó para confirmar lo que ya sospechaba.

Javier sacó su teléfono.

Abrió su banca móvil.

—Yo hice cuarenta y ocho transferencias este año.

Todas para ustedes.

Miró a mi madre.

—¿Dónde está ese dinero?

Mi madre comenzó a llorar.

Pero aquellas lágrimas no parecían de enfermedad.

Parecían de culpa.

Entonces Patricia levantó la voz.

—¡Basta!

Todos volteamos hacia ella.

Respiraba agitadamente.

Sabía que la mentira estaba a punto de romperse.

—No fue idea de mamá.

Fue de papá.

Mi padre giró bruscamente.

—¡Cállate!

—¡No!

Por primera vez en años, Patricia lo desafió.

—Estoy cansada de cubrirte.

Javier la observaba sin entender.

—¿Cubrir qué?

Patricia respiró hondo.

—Mi papá nunca necesitó ese dinero para medicamentos.

El silencio cayó sobre toda la casa.

—Entonces… ¿para qué era?

Ella cerró los ojos.

—Para pagar las deudas de su negocio.

Mi padre golpeó la mesa.

—¡Eso no es asunto de nadie!

—Claro que sí.

Respondí con una calma que incluso a mí me sorprendió.

—Porque utilizaste la enfermedad de mamá para conseguir dinero de tus propias hijas.

Mi madre rompió a llorar.

—Yo no quería…

Pero él decía que era temporal…

Que después nos devolvería todo…

Javier retrocedió un paso.

—¿Ni siquiera estabas enferma?

Ella negó lentamente.

—Tengo hipertensión…

Pero nunca necesité esa operación.

Mi estómago se encogió.

Durante cuatro meses había dejado de ahorrar para la universidad de Mateo.

Había cancelado vacaciones.

Había trabajado fines de semana.

Todo porque creía que mi madre estaba luchando por su vida.

Mi padre seguía sin mostrar arrepentimiento.

—Era dinero de la familia.

Mariana gana muy bien.

Patricia también.

Solo estaba equilibrando las cosas.

Lo miré fijamente.

—¿Equilibrando?

—Después de todo lo que hice por ustedes…

Levanté la mano.

—No.

No vuelvas a decir eso.

Porque el hombre que acaba de excluir a su único nieto huérfano de la cena de Navidad no puede hablarme de familia.

Los invitados comenzaron a recoger discretamente sus cosas.

Nadie quería permanecer allí.

Javier volvió a mirar a Patricia.

—¿Tú sabías todo esto?

Ella tardó varios segundos en responder.

Finalmente asintió.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde el principio.

Él cerró los ojos.

Aquella respuesta le dolió más que cualquier cifra.

—¿Y aun así me pediste que siguiera enviando dinero?

Patricia comenzó a llorar.

—Papá decía que era la única forma de salvar el negocio.

Mi padre seguía completamente inmóvil.

Sin disculparse.

Sin avergonzarse.

Como si todavía creyera tener razón.

Tomé mi bolso.

Ya no tenía nada que hacer allí.

Antes de llegar a la puerta, mi tío Ernesto me detuvo.

—Mariana…

Lo miré.

Él suspiró profundamente.

—Hay algo que debes saber.

Mi padre levantó la cabeza de golpe.

—¡No te metas!

Mi tío lo ignoró.

—Hace ocho meses…

El mismo día que murió Daniel…

Tu padre vino a buscarme.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

—Quería que convenciera al abogado de tu esposo para vender inmediatamente la participación que Daniel tenía en la empresa constructora.

Fruncí el ceño.

—Pero esa sucesión todavía no terminaba.

—Exactamente.

Mi tío tragó saliva.

—Y cuando me negué…

Tu padre dijo que tú nunca entenderías de negocios y que él administraría ese dinero mejor que tú.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Daniel había fallecido hacía solo unas horas aquel día.

Y mientras yo identificaba su cuerpo en el hospital…

Mi padre ya estaba pensando en su herencia.

Saqué lentamente el teléfono otra vez.

Esta vez no abrí la aplicación bancaria.

Abrí el contacto de mi abogado.

Escribí una única frase.

“Necesito revisar inmediatamente toda la sucesión de Daniel. Creo que alguien intentó apropiarse de bienes que pertenecen a Mateo.”

Presioné enviar.

Entonces levanté la vista hacia mi padre.

Por primera vez desde que era niña…

Vi miedo en sus ojos.

Porque acababa de comprender que cancelar veinte mil pesos al mes…

Solo había sido el principio.

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