Valeria permaneció inmóvil frente al teléfono.
El nombre que brillaba en la pantalla era suficiente para helarle la sangre.
Adrián Montenegro.
Durante cinco años creyó que aquel hombre solo era un inversionista intocable.
Ahora entendía que era quien había dirigido toda la conspiración.
El teléfono dejó de sonar.
Un segundo después llegó un mensaje.
“No celebres demasiado. Sebastián solo era un peón.”
Valeria sintió un escalofrío.
Sin pensarlo dos veces, abrió el dispositivo que había recuperado.
Entre cientos de archivos apareció una carpeta oculta.
Su nombre era Proyecto Eclipse.
Dentro había contratos, cuentas en paraísos fiscales y una lista de empresarios, jueces y funcionarios sobornados durante más de una década.
En el último documento apareció una fotografía.
Valeria dejó escapar el aire lentamente.
Era su padre.
Sonreía estrechando la mano de Adrián Montenegro.
—No… eso es imposible.
En ese instante uno de los guardaespaldas entró apresuradamente.
—Señorita, Sebastián exige hablar con usted. Dice que hay algo que no sabe.
Valeria aceptó.
Sebastián estaba sentado, esposado, con el rostro completamente derrotado.
Al verla levantó lentamente la cabeza.
—Si quieres destruir a Montenegro, primero tendrás que aceptar una verdad mucho peor.
Valeria lo miró sin pestañear.

—Habla.
Sebastián respiró hondo.
—Yo robé tu empresa… pero nunca ordené que te mataran en el acantilado.
El silencio se volvió insoportable.
—Fue Montenegro quien dio la orden.
Valeria sintió que el mundo comenzaba a tambalearse.
—¿Por qué?
Sebastián cerró los ojos.
—Porque tu padre estaba dispuesto a nombrarte heredera absoluta del grupo empresarial… y Montenegro llevaba años preparándose para quedarse con todo.
Antes de que pudiera continuar, un disparo atravesó el ventanal.
El cristal explotó en miles de fragmentos.
Uno de los guardaespaldas cayó al suelo.
Las luces de la mansión comenzaron a apagarse una tras otra.
Desde la oscuridad se escuchó una voz amplificada por un altavoz.
—Valeria… ya sobreviviste una vez.
No cometeré el mismo error dos veces.
Ella comprendió que la verdadera guerra acababa de empezar.
Y esta vez no solo estaba en juego su venganza.
También su vida.