—Cierren todas las puertas —ordenó el director.
Dos guardias bloquearon inmediatamente la entrada principal. El sonido seco de los cerrojos hizo desaparecer la sonrisa del agresor.
—¿Qué significa esto? —preguntó él, intentando recuperar su arrogancia—. No pueden retenerme aquí.
El director se acercó despacio.
—Claro que puedo, señor Ramiro Salcedo.
Al escuchar aquel nombre, el hombre palideció aún más.
La mujer herida observó al director con desconcierto. Hasta ese momento, todos pensaban que se trataba únicamente de una discusión provocada por un cliente violento.
Pero el director conocía perfectamente a Ramiro.
—Hace seis años trabajabas en esta sucursal —continuó—. Fuiste despedido por alterar documentos y vaciar cuentas de personas mayores.
La anciana que había defendido a la víctima se llevó una mano al pecho.
—¿Este hombre robaba a los clientes?
—Nunca pudieron demostrarlo —interrumpió Ramiro—. No inventes historias para humillarme.
El director hizo una señal a uno de los empleados.
En las pantallas del banco apareció la grabación de las cámaras de seguridad. Las imágenes mostraban claramente cómo Ramiro se colaba en la fila, empujaba a la mujer y después le golpeaba el rostro cuando ella protestaba.
—Ahora sí tenemos pruebas —dijo el joven que lo había acusado.
Ramiro miró alrededor buscando una salida. La multitud que antes le temía ahora cerraba filas a su alrededor.
—Esto no tiene nada que ver con mi antiguo empleo —respondió—. Fue un accidente.
La mujer herida dio un paso al frente.
—Me pegaste porque te reconocí.
Todos guardaron silencio.
Ella abrió su bolso y sacó una carpeta azul.
—Mi madre perdió todos sus ahorros hace seis años. Tú eras el empleado que gestionaba su cuenta.
Ramiro dejó de respirar por un instante.
La mujer había acudido al banco para entregar nuevos documentos relacionados con aquella antigua investigación. Al verlo entrar, pronunció su nombre. Él intentó silenciarla antes de que pudiera explicar quién era.
El director tomó la carpeta y revisó rápidamente las primeras páginas.
—Transferencias falsas, firmas modificadas y cuentas vinculadas a una misma empresa —murmuró.
Ramiro retrocedió.
—Esos papeles son falsos.
—Entonces no te molestará esperar a la policía —respondió el director.
El agresor perdió el control.
Agarró una silla metálica y la levantó sobre su cabeza. Los clientes gritaron y se apartaron. El joven valiente se colocó delante de la mujer herida para protegerla.
Antes de que Ramiro pudiera atacar, los guardias lo derribaron contra el suelo.
La carpeta cayó abierta.
Una fotografía antigua salió de su interior y se deslizó hasta los pies del director.
Él la recogió y quedó inmóvil.
En la imagen aparecían Ramiro y otro empleado frente a una caja fuerte. Junto a ellos estaba el anterior director de la sucursal.
El padre del actual director.
—¿De dónde sacó esta fotografía? —preguntó con la voz quebrada.
—Mi madre la guardó antes de morir —respondió la mujer—. Decía que Ramiro no actuaba solo.
Las sirenas comenzaron a escucharse fuera del edificio.
Ramiro, todavía inmovilizado, soltó una carcajada amarga.
—Tu padre diseñó todo —le dijo al director—. Yo solo obedecía sus órdenes.
El director apretó la fotografía entre sus dedos.

Durante años había creído que su padre era un hombre honrado que murió defendiendo la reputación del banco. Ahora comprendía que aquella historia podía ser una mentira.
La policía entró y esposó a Ramiro.
Antes de ser llevado, él miró al director con una sonrisa siniestra.
—Revisa la caja fuerte número treinta y siete —susurró—. Allí encontrarás la razón por la que tu padre murió.
El director se quedó paralizado.
La caja fuerte número treinta y siete llevaba sellada más de seis años.
Y solamente él poseía la llave para abrirla.