PARTE 2: LA ANCIANA BAJÓ DEL AUTOBÚS Y REVELÓ POR QUÉ NOS HABÍA SEGUIDO

Apenas habíamos avanzado dos calles cuando escuché el sonido de unos pasos apresurados detrás de nosotros.

Me giré con el corazón acelerado.

Era la anciana del autobús.

Caminaba bajo la lluvia sujetando a su nieto de la mano. Ya no mostraba aquella expresión arrogante. Su rostro estaba pálido y respiraba con dificultad.

—¡Espere! —gritó—. No siga caminando.

Apreté a mi hijo contra el pecho.

—No quiero más problemas.

Ella se detuvo a pocos metros de mí y bajó la mirada.

—El hospital no está por esa calle.

La observé con desconfianza.

—Sé perfectamente adónde voy.

—No —respondió—. La entrada de urgencias infantiles cambió hace dos semanas. Si continúa por aquí, tardará casi media hora más.

El bebé volvió a gemir.

Su cuerpo ardía otra vez.

La tranquilidad que había sentido al bajar del autobús desapareció de inmediato.

La anciana se acercó con cautela.

—Déjeme tocarle la frente.

—No se acerque.

Ella retiró la mano lentamente.

—Trabajé cuarenta años como enfermera pediátrica.

Sus palabras me dejaron inmóvil.

No podía creer que la misma mujer que había ignorado el sufrimiento de mi hijo ahora intentara ayudarme.

—Entonces debería haber entendido desde el principio que estaba enfermo —repliqué.

La anciana cerró los ojos.

—Lo entendí.

—¿Y aun así quiso quitarme el asiento?

Su nieto comenzó a llorar.

—Abuela, dile la verdad.

La mujer apretó los labios, como si aquella confesión le resultara insoportable.

—El niño no es mi nieto.

Miré al pequeño.

Él tendría unos seis años y sostenía con fuerza una mochila azul demasiado grande para su cuerpo.

—Lo encontré solo en la estación central —continuó ella—. Estaba llorando y decía que un hombre lo seguía. Intenté sacarlo de allí antes de que nos alcanzaran.

Sentí un escalofrío.

La anciana abrió su bolsa pesada.

Dentro había documentos, medicamentos y una fotografía del niño junto a una mujer joven.

—Su madre está ingresada en el mismo hospital al que usted se dirige —explicó—. Me pidió que lo protegiera.

—¿Quién lo seguía?

La anciana miró hacia la avenida.

El autobús del que habíamos bajado acababa de detenerse al otro lado de la calle.

Las puertas se abrieron.

Un hombre descendió y comenzó a caminar directamente hacia nosotros.

—Ese hombre —susurró el niño.

La anciana me tomó del brazo.

—Tenemos que entrar en algún sitio.

Corrimos hacia una farmacia cercana.

La dependienta cerró la puerta cuando le contamos lo ocurrido. Mientras llamaba a la policía, la anciana se arrodilló junto a mi hijo y observó su respiración.

—Necesita atención inmediata —dijo—. La fiebre está subiendo demasiado.

Sacó un pequeño termómetro de su bolsa.

El resultado hizo desaparecer cualquier rastro de color de su rostro.

—Debemos llevarlo a urgencias ahora.

El desconocido golpeó la puerta de cristal.

—¡Abran! ¡Ese niño está conmigo!

El pequeño de la mochila se escondió detrás de la anciana.

—No es mi padre —dijo temblando.

La dependienta nos condujo por una salida trasera.

Un vehículo de reparto esperaba en el callejón. El conductor aceptó llevarnos al hospital después de ver el estado de mi bebé.

Durante el trayecto, la anciana sostuvo a mi hijo mientras yo le humedecía la frente.

—¿Por qué fue tan cruel conmigo en el autobús? —pregunté.

Ella bajó la mirada.

—El hombre estaba sentado al fondo. Si yo mostraba interés por ustedes, habría sospechado que intentaba ayudarla. Necesitaba crear una discusión para que bajara del autobús antes de que él pudiera acercarse.

La miré sin poder pronunciar palabra.

Toda aquella humillación había sido una actuación desesperada.

—Podría haberme dicho la verdad.

—No sabía quién estaba colaborando con él.

Recordé a los pasajeros que habían permanecido en silencio.

Quizá la anciana había desconfiado de todos.

Al llegar al hospital, los médicos se llevaron rápidamente a mi hijo. Después de varios minutos de angustia, una doctora salió para informarme que la fiebre estaba bajo control.

Sentí que las piernas me fallaban.

La anciana me sostuvo antes de que cayera.

—Su hijo estará bien.

Entonces apareció una mujer con una bata de hospital.

El pequeño de la mochila corrió hacia ella.

—¡Mamá!

Ambos se abrazaron entre lágrimas.

La mujer agradeció a la anciana por haber protegido a su hijo. Explicó que su expareja había intentado llevárselo contra su voluntad después de amenazarla durante meses.

La policía llegó poco después.

El hombre fue detenido cuando intentaba entrar por la zona de ambulancias.

Creí que todo había terminado.

Pero mientras los agentes revisaban la mochila del niño, encontraron un teléfono escondido en el forro interior.

En la pantalla había varias fotografías tomadas dentro del autobús.

Una de ellas mostraba a la anciana discutiendo conmigo.

Otra mostraba al conductor hablando con el hombre que nos había seguido.

El agente amplió la última imagen.

—Este conductor trabaja con él —dijo con gravedad—. La discusión del asiento no fue una coincidencia. Querían obligarlas a bajar en un lugar donde nadie pudiera ayudarlas.

La anciana se quedó paralizada.

Ella había creído que estaba engañando al perseguidor.

Pero en realidad, alguien había planeado cada uno de nuestros movimientos desde el principio.

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