—No llames a nadie —ordenó mi suegra.
Su voz ya no sonaba arrogante. Por primera vez, parecía verdaderamente aterrorizada.
Mateo mantuvo el teléfono junto a su oído.
—Es demasiado tarde, madre.
Ella corrió hacia la puerta del pasillo, pero él se interpuso en su camino.
—¿Adónde vas?
—Necesito mis medicamentos.
—Tus medicamentos están arriba.
Mi suegra se quedó inmóvil.
Yo apoyé una mano sobre mi vientre cuando otro dolor agudo me obligó a inclinarme. Mateo corrió hacia mí y me sostuvo antes de que cayera.
—Tenemos que llevarte al hospital.
—Primero sáquenla de mi casa —dijo la anciana con desprecio.
Mateo la miró como si acabara de escuchar algo imperdonable.
—Esta mansión no es tuya.
El rostro de mi suegra perdió el color.
—¿Qué acabas de decir?
—El abogado de mi padre me entregó esta mañana el testamento original. La casa me pertenece desde hace tres años.
Ella retrocedió lentamente.
—Tu padre nunca habría hecho eso.
—Lo hizo después de descubrir que falsificabas sus firmas.
El silencio se volvió insoportable.
Entonces escuchamos un golpe metálico procedente del sótano.
Mi suegra giró la cabeza hacia el pasillo con demasiado miedo.
Mateo también lo notó.
—¿Qué escondes ahí abajo?
—Nada.
Otro golpe resonó bajo el suelo.
Esta vez fue seguido por una voz débil.
—¡Ayuda!
Se me heló la sangre.
Mateo corrió hacia la puerta del sótano. Estaba cerrada con una cadena gruesa y un candado nuevo.
—Dame la llave —exigió.
—No sabes lo que estás haciendo.
Mateo tomó una pesada escultura de bronce y golpeó el candado hasta romperlo.
Mi suegra intentó detenerlo.
—¡Si abres esa puerta, destruirás a toda la familia!
La puerta se abrió.
Un olor a humedad y medicamentos llenó el pasillo.
Bajamos lentamente por las escaleras. En el fondo encontramos una habitación iluminada por una sola bombilla.
Había una cama, varias cajas de documentos y una mujer anciana sentada en una silla de ruedas.
Mateo quedó paralizado.
—Tía Clara…
La mujer levantó la mirada con enorme esfuerzo.
Todos creían que la hermana de su padre había muerto hacía cinco años en una clínica privada.
Pero estaba viva.
—Ella me encerró —susurró Clara señalando a mi suegra—. Quería quedarse con mis acciones y con la herencia de tu padre.
Mi suegra comenzó a negar desesperadamente.
—Está enferma. No sabe lo que dice.
Clara abrió la mano.
Dentro sostenía una pequeña grabadora.
—Lo grabé todo.
Las sirenas comenzaron a escucharse frente a la mansión.
Mi suegra corrió escaleras arriba, pero dos agentes ya entraban por la puerta principal.

La encontraron intentando quemar varios documentos en la chimenea.
Entre las hojas rescatadas aparecieron firmas falsificadas, transferencias y certificados médicos manipulados.
Mientras la esposaban, ella me miró con odio.
—Todo esto comenzó cuando llegaste embarazada.
—No —respondí—. Terminó cuando dejé de tenerte miedo.
Una ambulancia trasladó a Clara y a mí al hospital.
Horas después, el médico confirmó que mi bebé estaba fuera de peligro.
Mateo se sentó junto a mi cama y me tomó la mano.
—Pensé que por fin habíamos descubierto toda la verdad.
En ese momento, un agente entró con una carpeta sellada.
—Encontramos esto detrás de la pared del sótano.
Mateo abrió el expediente.
En la primera página aparecía una prueba de ADN.
El resultado demostraba que él no era hijo biológico del hombre al que había llamado padre toda su vida.
Debajo figuraba el nombre del verdadero progenitor.
Era el abogado que acababa de entregarle el testamento.